con hambre, la letra no entra

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Durante algunos años he formado parte del equipo permanente de ATD Cuarto Mundo en Guatemala, un movimiento de personas que cree que la miseria no es inevitable, sino que es causada por relaciones injustas y podemos destruirla. Antes de eso, ejercí la docencia durante siete años en el sector público y también privado, este ha sido un tiempo muy importante para mi formación.

En el marco de las acciones de carácter educativo que ATD Cuarto Mundo llevaba a cabo en un asentamiento de la costa sur del país, Francisco venía a nuestra sede tres veces a la semana por la tarde. Junto a él, otros niños también participaban. Entonces tenía doce años. Al iniciar el ciclo escolar, nuevamente podíamos ver en él su entusiasmo, la actitud positiva que lo caracterizaba a pesar de que era la cuarta vez que iniciaba el primer grado de primaria.

Las cosas no eran fáciles. Cada año era más evidente la diferencia entre sus compañeritos de clase y él. En realidad, así fue desde que a causa de la pobreza extrema de su familia, no fue posible para Francisco ingresar a la escuela a la edad establecida. En el salón, pero también en la comunidad, se burlan de él: ya todos saben la cantidad de años que ha estado en el mismo grado. Además, es uno de los primeros que ocupa los lugares del grupo C, en otras palabras, el grupo de los peores, o las tortugas, o los menos avanzados, o como quiera llamar la maestra a los que tienen dificultades para aprender.

Casi nunca pasa desapercibido dentro del grupo de niños. Algunos se quejan porque muy a menudo llega con olor muy fuerte en él, otros lo toman como una razón más para alejarse. En el recreo, casi siempre está solo, en una esquina. Viendo correr a todos los niños, simplemente sonríe. Sus ganas de seguir en la escuela son fuertes. Si se entera de que hay cambio de maestra, está aún más feliz, cree que esta vez las cosas van a cambiar. Un día llegó muy contento, diciendo que a su nueva maestra le gustaba cantar.

Lo que pocos saben de Francisco es la situación de precariedad en la que vive su familia. En su casa hay días en los que no hay nada para comer. Por lo regular, hace un solo tiempo de comida, si hay suerte dos, pero sólo si ocurre un milagro, podrán comer los tres tiempos. Por las fuertes lluvias en invierno, todo en su casa está mojado. En ocasiones, no hay calcetines ni limpios, ni secos. Él tiene una camisa y un pantalón para ir todos los días a la escuela. Su papá no tiene un trabajo estable. Hace mucho tiempo que dejó de tenerlo, ahora sale a buscar chatarra, o hace pequeños trabajos a los vecinos.

Lo cierto es que en Guatemala existen cientos, miles de niños con la misma historia que Francisco. Niños que tienen muchas ganas de aprender, cuyas ganas se irán desvaneciendo poco a poco, porque es necesario ser muy fuerte para resistir a la realidad de su familia, de su comunidad y de su escuela. “Con hambre, la letra no entra”, nos dijo un día una madre de familia; como aquella madre, la madre de Francisco sabe muy bien cuál es la causa de la problemática de la deserción y de la no promoción que afrontan muchos maestros en sus aulas, pero nunca es escuchada.

A lo largo de mis años de docencia y mi trabajo en el seno de ATD Cuarto Mundo, he aprendido, estando junto a la familia de Francisco y de otras cuantas más, que es necesario conocer para comprender la vida de los niños y sus familias, pues sólo esto permitirá que puedan avanzar y no ocupen las estadísticas de los excluidos del sistema educativo.

Elda García, Guatemala / Francia

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