¿acto de caridad, de justicia o de humanidad? ¡Las Patronas de Veracruz!

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Hace más de veinte años, unas niñas preguntaban a sus padres, trabajadores de la tierra, por las personas que viajaban encima de los techos de ese tren carguero que atraviesa México de Sur a Norte, ese que desde siempre pasaba cerca de La Patrona, su comunidad: ¿quiénes son, de dónde vienen? No pensaban entonces que esas sus preguntas de niñas las convertirían, años más tarde, en Las Patronas de Veracruz… No eran conscientes entonces de estar siendo testigos de una de las complejidades de la sociedad actual: «la migración no como derecho sino como un privilegio para quien lo pueda pagar», según ellas mismas lo dicen ahora.

Años más tarde, estas mismas niñas, ya jóvenes muchachas, caminaban cerca de las vías del tren cargando una bolsa de pan y leche. De pronto, una de aquellos que viajaban sobre el tren pidió lo que cargaban. Ellas, haciendo caso a ese llamado, aventaron su bolsa hacia él con la sola intención de ayudar. «Habíamos entendido, sorprendidas —según lo explican ahora—, que los viajeros traían hambre». Así empieza la historia de Las Patronas.

Después de aquello, las muchachas y otras mujeres de sus familias decidieron juntarse y organizarse. Eran campesinas que vivían en una comunidad que no destacaba por su bienestar material; sin embargo, decidieron actuar a sabiendas de que no recibirían nada a cambio… más aún, a sabiendas de que esa decisión las llevaría a compartir su compra del día, la que había de alimentar a sus propias familias. «Esas personas traen hambre, ¿qué vamos hacer?». Una dijo: «yo traigo un kilo de arroz»; otra: «yo los frijoles»; la otra: «yo las tortillas»… Así, sin escatimar esfuerzo alguno y con una enorme valentía, se precipitaron a apagar el hambre.

Desde entonces, ante el silbido del tren, las patronas se paran y se colocan a lo largo de la vía del tren todos los días; junto a ellas, las carretas que transportan las bolsas de comida que han preparado: un poco de arroz, frijoles, tortillas, pan y, sobre todo, botellas de agua. ¡Cada bolsa está preparada con mucho cuidado y esmero!, ¡cada bolsa es símbolo de una solidaridad profunda!

El tren, repleto de migrantes, se aproxima a gran velocidad… el ruido es estremecedor. Una concentración máxima se instala porque el más mínimo error puede traer graves consecuencias para ellas o los viajeros. Listas, con los brazos tendidos hacia arriba y las manos llenas de bolsas de comida y botellas de agua; los migrantes, encaramados en las escaleras del tren, toman lo que pueden. A menudo, el maquinista no reduce la velocidad, pero en cuestión de segundos, la increíble agilidad y admirable determinación de las patronas trata de cubrir el mayor número de vagones posible, ofreciendo un poco de alivio a los que llevan varios días sin probar alimento.

En medio del estruendo que provoca el tren, se dejan oír multitud de gritos de migrantes: «¡Gracias!», «¡Dios la bendiga, madre!». Ellas, en un respiro de alivio, sonríen por un instante y ven alejarse a la bestia que sigue su rumbo con el mismo ruido estremecedor.

Las patronas saben que no son esos pasajeros comunes: les espera todavía lo incierto. ¿Cuántos llegaran a destino, cuántos se quedaran en el camino? Todos ellos, incluso los muy jóvenes, son portadores de una historia de vida, portadores de esperanzas y sueños… Ellas saben que, durante ese trayecto incierto, algunos serán asaltados; otros, durmiéndose por el cansancio del viaje, serán mutilados o encontraran la muerte cayendo del tren; otros secuestrados o asesinados…

Ellas, ahí bien paradas, no se dejan desanimar por el paso de esa bestia; toman nuevamente sus carretas vacías y caminan de regreso a la comunidad a preparar el día siguiente, a seguir apagando el hambre sin desfallecer… ¡Así todos los días durante casi 22 años!

Junto a dos amigas, encontré a las Patronas hace solo unas semanas en un evento en la Ciudad de México organizado por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se empezó proyectando el documental «Héroes cotidianos». Al finalizar, podía sentirse el silencio absoluto y la emoción indescriptible de ese auditorio repleto de jóvenes universitarios y profesionales. Nora Romero, una de las niñas de entonces y hoy en día responsable de Las Patronas, introdujo el diálogo todavía invadida de la emoción del instante: «Nos debe lastimar en lo más hondo de nuestra humanidad cuando vemos alguien sufrir».

Hoy en día el grupo está formado por más de quince mujeres. A lo largo del tiempo, sus bolsas de comida se han ido enriqueciendo con una lata de atún, unos dulces y algunos pasteles… Ellas no han deseado constituirse como asociación u ONG, tampoco han querido recibir ayudas gubernamentales o de partidos políticos. «Queremos —Nora explica— seguir siendo lo que somos. Queremos seguir actuando con lo que tenemos y para eso hay que echarle ¡muchas ganas!»

Un escalofrío, mezcla de admiración y esperanza, me invadía al escuchar su testimonio. Me preguntaba si su labor representaría un acto de caridad, de justicia o de humanidad. Pensaba en el sentido de estas palabras, pero, sobre todo, aprendía que cualquiera que fuesen sus sentidos, cualquier acto de rebeldía ante el sufrimiento se desata en el momento mismo en el que decidimos dar un paso, por más sencillo que sea, en el momento en el que decidimos actuar como rebeldía… mezcla de humanidad, justicia e intolerancia al sufrimiento.

Nora continuó dirigiéndose al auditorio: «No tuvimos la suerte de hacer estudios universitarios, por eso yo hablo en sencillo, sin complicaciones. Hemos actuado de manera sencilla, hemos actuado por humanidad». Uno de los participantes aumentó: «Ese acto sencillo de ofrecer tortillas o simples frijoles, responde al derecho incondicional de comer todos los días».

¿Qué podemos hacer nosotros? preguntó después un joven estudiante universitario. «¡Sean buenos profesionales —respondió Nora— humanicémonos! No basta con estudiar, hacen falta ideas nuevas y humanizadas. La mayoría de las personas que viajan en La Bestia son jóvenes como ustedes. Para mí, una de las soluciones a la complejidad de este tipo de migración parte ante todo de nuestras comunidades ahí donde vivimos, aprendamos a comprometernos creativamente en ellas mismas».

Encontremos inspiración en los numerosos documentales que ponen en relieve esta hermosa y admirable experiencia. Conozcamos y multipliquemos el testimonio vivo de Las Patronas de Veracruz. En sencillo —lo dijo Nora— ¡humanicémonos y actuemos!

María Julia Pino, Ciudad de México

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