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A Juan

Según una publicación en el Diario de Centro América, a la fecha están abiertos 14 casos por corrupción de pasados funcionarios, de todos los Organismos del Estado. La situación es indignante, mientras tanto, los millones de quetzales presuntamente robados quedan en el aire, sin atender las necesidades de los guatemaltecos.

Por otra parte, hace unos días en una conversación con los amigos, cada uno hizo sus confesiones sobre las veces que había sido corrupto, es decir, las veces que había traicionado su ética y su moral. Pasarse un semáforo en rojo cuando vamos de prisa o jugarle una vuelta tecnológica a las personas mayores que no conocen del tema, entre un sinfín de microcorrupciones conforman el cotidiano de muchos guatemaltecos, nuestro cotidiano.

La corrupción está entre nosotros. A la costumbre de aplicarla se le suma que creemos que es “astucia” o “audacia” y que aquel que trata de mantenerse, con muchas dificultades, dentro de los límites de la moral es iluso o motivo de nuestras burlas.

La situación suele pasar desapercibida o solemos justificarla para no darnos cuenta de que contribuimos a la construcción de un sistema podrido, del que muchas veces nos quejamos. Hoy, como un ejercicio, deberíamos proponernos estar conscientes de estas microcorrupciones, reflexionar sobre ellas, pues cada una tiene consecuencias, por mínimas que parezcan. Y lo más grave: repercuten sobre otros. Cada vez que las cometemos nos acercamos más a la figura del político que despreciamos.

‘El cambio lo hacemos todos juntos y si no actuamos así, juntos, para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabamos formando parte de ella’.

Joan Baez

Linda Gare, Guatemala

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culturalismo vs cultura de resistencia

Hace unos días escuchaba a Beatriz Aragón, médica de familia que desde hace años anda metida en el Equipo de Intervención con Población Excluida en el barrio Cañada Real (Madrid), citar a un autor que también me descubrió ella mucho antes, Didier Fassin, con una cita muy interesante sobre lo que se puede ocultar y distorsionar mediante el culturalismo, al atribuir las diferencias que encontramos con otros colectivos al ámbito cultural. Entre lo que encuentro anotado en mi cuaderno está esto:

  1. El culturalismo niega al otro la universalidad de sus aspiraciones, al encerrarlas en algo propio de una cultura, sin reconocer que pueden ser válidas más allá de ésta o tener puntos de conexión con las de otros colectivos. Por ejemplo, al quejarnos de que las familias gitanas acudan en pleno a acompañar a l@s suy@s cuando alguien está en el hospital. ¿De verdad es tan extraño que se no se quiera dejar a alguien solo en una situación difícil?
  2. El culturalismo niega al otro su derecho a la diferencia, ya que al mostrarla es enseguida apartado o encorsetado en un grupo aparte, extraño, separado. De ahí nuestro empeño en “integrar”, en que renieguen de lo que rechazamos de su cultura y acepten lo que desde el otro lado consideramos como “básico”.
  3. El culturalismo niega al otro el reconocimiento de su capacidad de razonar, de su inteligencia. Sus comportamientos terminan rodeados de un halo de misterio, como si obedecieran a motivaciones mágicas, esotéricas o aleatorias. Pero para todo hay una razón. El que no lleguemos a comprenderla no hace que ésta desaparezca.
  4. El culturalismo borra otros factores sociopolíticos que son parte importante de la realidad: la pobreza, la desigualdad, los conflictos de poder… Volviendo al ejemplo de las familias gitanas, más allá de sus pautas culturales en su forma de ser y estar inciden y mucho su situación económica, su nivel de formación, su experiencia de rechazo, etc.

Está claro, por lo menos para mí, que encerrar la diferencia y la desigualdad en una visión meramente “cultural” del tema es tremendamente peligroso. Porque además se apoya fundamentalmente en un análisis de carencias y déficits. Pero esto no es más que una visión muy sesgada del asunto.

Porque entre quienes viven en pobreza y exclusión hay también otro tipo de cultura que va más allá de lo étnico y/o racial. Existe una cultura de resistencia frente a la precariedad constante que permite que personas y familias de orígenes muy diferentes se reconozcan como parte del mismo colectivo. Al igual que se ha hablado siempre de una “cultura obrera”, existe también una “cultura de resistencia a la pobreza” entre quienes la sufren. Porque, pese a la imagen que suele dar de ést@s, sólo quienes están ya muy rot@s se rinden. Frente a la violencia de la miseria, hay una lucha constante por sobrevivir, por mantener la dignidad, por cuidar a l@s tuy@s, por sostener pese a todas las dificultades la esperanza. Y esta experiencia de lucha va construyendo un conocimiento propio y una práctica efectiva, y se intercambia y sostiene en redes que pese a que sean invisibles para quienes no viven en esas condiciones no por ello dejan de existir. Esta cultura de resistencia tiene sus propios valores y totems, aunque muchas veces se oculten por la experiencia previa de incomprensión y adoctrinamiento por parte de quienes quieren marcar las pautas de comportamiento social.

El otro día, una mujer de mi barrio me contaba: “Si te rindes un momento, si bajas la guardia y no luchas, ya no puedes luego levantarte. Tienes que estar de un lado a otro, haciendo papeles para pedir ayudas, viendo a ver qué facturas puedes pagar este mes y cuáles no, peleándote con todo el mundo. Son tantas las dificultades y tan constantes que no puedes dejar de luchar en ningún momento. Si no, estás perdida”.

Esto marca, a ella y a otras muchas personas. Por eso, cuando se encuentran y se miran a los ojos, se reconocen como parte del mismo pueblo: el pueblo que resiste, que reniega del sufrimiento al que la sociedad les condena, que busca construir una manera de estar en el mundo que permita que tod@s nos reconozcamos como iguales en dignidad y derechos a pesar de nuestras diferencias.

Dani García Blanco, Madrid