resistencia & togetherness

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Conocí a Rita y Graham Edwards en Londres en el año 2000, al poco de llegar yo a vivir y trabajar a esa ciudad extraordinaria que tantas veces nos daba la impresión de poder albergar todos nuestros sueños.

Por aquel entonces, Rita y Graham ya eran miembros muy activos de ATD Cuarto Mundo en el Reino Unido. Ellos, que tenían que luchar tanto para sobrevivir a la pobreza, participaban llenos de entusiasmo en los numerosos proyectos que se inventaban con el objetivo de incidir en las políticas sociales del país, y eran de los que no perdían oportunidad de atraer a otros, personas pobres como ellos que podrían tomar fuerzas del combate colectivo. Aún hoy me acuerdo muchas veces de cuánto repetía Graham que todo se trataba de togetherness, un estado o sentimiento que tiene que ver con estar cerca los unos de los otros, con estar juntos… una de esas palabras en inglés que resultan tan difíciles de traducir al español y que una vez conocidas no dejamos de necesitar.

Muy poco tiempo después de mi llegada, Rita y Graham se mudaron en busca de una vida mejor a Hull, una ciudad al noreste de Inglaterra. Es difícil imaginar la desesperación que pudo haberles hecho creer que lograrían un mejor futuro allí, en la ciudad más pobre del Reino Unido según la mayoría de la mediciones.

En medio de aquel barrio asediado por la pobreza extrema en el que se instalaron, Rita y Graham crearon muchos vínculos, lazos de amistad que eran fuertes en solidaridad, pero también precarios, debilitados por las tensiones que provoca la supervivencia, por las necesidades de todos, por el hambre y el frío, ¡qué frío tan cortante en aquellas calles de vieja ciudad portuaria que ya no tiene trabajo que ofrecer a nadie!

A pesar de la fragilidad de aquellas relaciones incipientes, con el deseo de ser capaces de fortalecerlas, Rita y Graham compartían incansablemente con sus vecinos sobre ATD Cuarto Mundo y nuestra manera de concebir la lucha contra la pobreza: movimiento de unidad y combate fraternal y colectivo, movimiento de personas que pone el pensamiento de los más pobres en el centro de toda acción, lugar en el que cada uno puede dar lo mejor de sí mismo. Más allá de su vecindario, buscaron también alianzas con organizaciones locales, iglesias y movimientos sociales. A pesar de su vida cotidiana, fuertemente golpeada por la pobreza, ellos fueron capaces de construir togetherness y organizarse alrededor de varios proyectos de participación política que podrían cambiar algunas cosas.

Graham llamaba muchas veces a la sede en Londres para hablar de todos aquellos proyectos. Con el entusiasmo que le caracterizaba, decía siempre al principio y al final de cada conversación “Hull is growing!”. A través de aquella frase que repetía —”¡Hull está creciendo!”— Graham estaba hablado de ver crecer los lazos personales y lograr que otros se unieran al proyecto de ATD Cuarto Mundo, así medía él el crecimiento de la ciudad. Un día, Rita y Graham nos hablaron de un nuevo proyecto: unir personas y recaudar fondos para levantar en el cementerio de Hull una losa en memoria de todos los pobres que habían sido enterrados en una fosa común, sin losa que marcara su existencia con su nombre. Aunque decidimos desde el principio acompañarles en el proyecto, ahora no estoy segura de que entonces hubiéramos entendido realmente su profundidad. Han sido, creo yo, una serie de acontecimientos posteriores los que me lo han permitido y me motivan hoy a escribir.

Rita y Graham lograron convencer a otros y reunir el dinero necesario para inaugurar, el 17 de octubre de 2002, en el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, una losa en el cementerio que decía: “En homenaje a todas las personas de Kingston upon Hull enterradas en tumbas sin nombre”.

Unos meses después, tuve oportunidad de visitar con ellos el cementerio. Apenas llegando, vimos desde el portón de entrada a una anciana que caminaba muy lentamente unos metros delante de nosotros, tambaleándose levemente con un ramo de flores en su mano izquierda. Todavía desde lejos, vimos a la mujer dejar sus flores en una losa de color negro, junto a otras que ya estaban ahí. Estando ya lo suficientemente cerca como para leer, descubrí por fin que se trataba de la losa de los muertos sin nombre. Ahí vimos a la mujer hablar o rezar y ahí mismo me explicaron Rita y Graham cuantísimas personas llegaban para cuidar la losa, para ponerle flores, para tener por fin lugar en el que honrar a sus muertos. Después, en la capilla del cementerio, recorrí conmovida el libro de oro en el que se invitaba a los vecinos de Hull a escribir los nombres y apellidos de sus muertos, de los que habían sido enterrados sin nombre. Decenas de páginas con cientos de nombres de personas por fin nombradas y mensajes que repetían que aquella losa era un acto de justicia y reconocimiento que permitía a los familiares y amigos vivos un poco de paz.

Unos años después, Rita y Graham quisieron hacer un álbum que contara la historia de su combate personal y familiar contra la pobreza, como manera de dar testimonio y situar la historia de una familia pobre, la suya, en la historia de la humanidad. Un miembro del equipo de ATD Cuarto Mundo les acompañó en ese proyecto, invirtiendo juntos horas y horas para grabar y transcribir relatos. El resultado fue un álbum bellísimo del que se hicieron varias copias, y después momentos de difusión alrededor de ese álbum y de ellos mismos. Una noche, en nuestra casa, un pequeño grupo de personas nos reunimos para escuchar a Rita y Graham alrededor de su álbum. Aquella noche supe de la muerte prematura de uno de sus hijos, una niña que tuvieron que enterrar en una fosa común sin nombre. Nada habíamos sabido de la pequeña Amanda durante el año de unir personas alrededor de la losa del cementerio, pero allá estaba la fotografía de Amanda y, una páginas más tarde, la fotografía de la losa. Ahí estaban las dos en el álbum que contaba su historia, en el álbum que daba sentido a su sufrimiento y su lucha. Ahí estaba la justicia posible realizada, no sólo para la pequeña Amanda, sino para otros también.

Graham murió a los cincuenta y pocos años, no mucho después de haber acabado aquel álbum, era todavía demasiado joven, pero la muerte llega a menudo pronto a los cuerpos que han sido tan castigados por la precariedad. Rita y todos los miembros de ATD Cuarto Mundo en Londres nos movilizamos con el propósito de reunir el dinero para grabar su tumba, como forma visceral de oposición a la miseria sin fin, a la injusticia que no se acaba si no hay quien le pone freno. Poco después murió Rita, de nuevo sin haber pasado los sesenta. La enterramos junto a su esposo y logramos también entonces grabar su nombre en la losa.

Como círculo que se cierra, como final para mi propio entendimiento, como suerte de homenaje a la comprensión a la que me empujaban Rita y Graham, un trabajo de investigación me llevó de nuevo a un cementerio. Allí vi con mis propios ojos el lugar para la muerte de los pobres: ni tumbas, ni losas, ni nombres, ni el verdor de los cementerios de Inglaterra, solamente montículos de arena sin ningún tipo de marca, apenas perceptibles cuando ya había pasado algo de tiempo; una metáfora del abandono de parte de una ciudad que da la impresión de poder albergar todos los sueños.

Ahora me cuesta entender cómo no pude sentir desde el principio toda la profundidad del proyecto de Rita y Graham, todo lo que había de resistencia en aquel proyecto. En realidad, me doy cuenta de lo invisible que es a nuestros ojos esta resistencia que practican los más pobres a lo largo de su vida, para sí mismos y para otros; de lo invisible que nos resulta esta cultura de resistencia a la injusticia y la violencia, esta cultura que es hilo conductor para sus vidas, manera de seguir en pie y construir togetherness.

A pocos días de un nuevo 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, escribo sobre Rita y Graham Edwards para subrayar la vida y no la muerte, para decir que hay en esta resistencia a la injusticia y a la violencia una cultura que yo anhelo para cada uno de nosotros, un don del que el mundo no puede prescindir, un motor de cambio que puedo elegir yo también poner en marcha.

Beatriz Monje Barón, Reino Unido / Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

 

 

 

culturalismo vs cultura de resistencia

Hace unos días escuchaba a Beatriz Aragón, médica de familia que desde hace años anda metida en el Equipo de Intervención con Población Excluida en el barrio Cañada Real (Madrid), citar a un autor que también me descubrió ella mucho antes, Didier Fassin, con una cita muy interesante sobre lo que se puede ocultar y distorsionar mediante el culturalismo, al atribuir las diferencias que encontramos con otros colectivos al ámbito cultural. Entre lo que encuentro anotado en mi cuaderno está esto:

  1. El culturalismo niega al otro la universalidad de sus aspiraciones, al encerrarlas en algo propio de una cultura, sin reconocer que pueden ser válidas más allá de ésta o tener puntos de conexión con las de otros colectivos. Por ejemplo, al quejarnos de que las familias gitanas acudan en pleno a acompañar a l@s suy@s cuando alguien está en el hospital. ¿De verdad es tan extraño que se no se quiera dejar a alguien solo en una situación difícil?
  2. El culturalismo niega al otro su derecho a la diferencia, ya que al mostrarla es enseguida apartado o encorsetado en un grupo aparte, extraño, separado. De ahí nuestro empeño en “integrar”, en que renieguen de lo que rechazamos de su cultura y acepten lo que desde el otro lado consideramos como “básico”.
  3. El culturalismo niega al otro el reconocimiento de su capacidad de razonar, de su inteligencia. Sus comportamientos terminan rodeados de un halo de misterio, como si obedecieran a motivaciones mágicas, esotéricas o aleatorias. Pero para todo hay una razón. El que no lleguemos a comprenderla no hace que ésta desaparezca.
  4. El culturalismo borra otros factores sociopolíticos que son parte importante de la realidad: la pobreza, la desigualdad, los conflictos de poder… Volviendo al ejemplo de las familias gitanas, más allá de sus pautas culturales en su forma de ser y estar inciden y mucho su situación económica, su nivel de formación, su experiencia de rechazo, etc.

Está claro, por lo menos para mí, que encerrar la diferencia y la desigualdad en una visión meramente “cultural” del tema es tremendamente peligroso. Porque además se apoya fundamentalmente en un análisis de carencias y déficits. Pero esto no es más que una visión muy sesgada del asunto.

Porque entre quienes viven en pobreza y exclusión hay también otro tipo de cultura que va más allá de lo étnico y/o racial. Existe una cultura de resistencia frente a la precariedad constante que permite que personas y familias de orígenes muy diferentes se reconozcan como parte del mismo colectivo. Al igual que se ha hablado siempre de una “cultura obrera”, existe también una “cultura de resistencia a la pobreza” entre quienes la sufren. Porque, pese a la imagen que suele dar de ést@s, sólo quienes están ya muy rot@s se rinden. Frente a la violencia de la miseria, hay una lucha constante por sobrevivir, por mantener la dignidad, por cuidar a l@s tuy@s, por sostener pese a todas las dificultades la esperanza. Y esta experiencia de lucha va construyendo un conocimiento propio y una práctica efectiva, y se intercambia y sostiene en redes que pese a que sean invisibles para quienes no viven en esas condiciones no por ello dejan de existir. Esta cultura de resistencia tiene sus propios valores y totems, aunque muchas veces se oculten por la experiencia previa de incomprensión y adoctrinamiento por parte de quienes quieren marcar las pautas de comportamiento social.

El otro día, una mujer de mi barrio me contaba: “Si te rindes un momento, si bajas la guardia y no luchas, ya no puedes luego levantarte. Tienes que estar de un lado a otro, haciendo papeles para pedir ayudas, viendo a ver qué facturas puedes pagar este mes y cuáles no, peleándote con todo el mundo. Son tantas las dificultades y tan constantes que no puedes dejar de luchar en ningún momento. Si no, estás perdida”.

Esto marca, a ella y a otras muchas personas. Por eso, cuando se encuentran y se miran a los ojos, se reconocen como parte del mismo pueblo: el pueblo que resiste, que reniega del sufrimiento al que la sociedad les condena, que busca construir una manera de estar en el mundo que permita que tod@s nos reconozcamos como iguales en dignidad y derechos a pesar de nuestras diferencias.

Dani García Blanco, Madrid