hojas en blanco para la supervivencia

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Desde hace algunas semanas, leo unos textos de Joseph Wresinski que me llevan de un lado a otro en mis recuerdos y de un lado a otro sobre textos o reflexiones de otras personas. Así llegué de nuevo a unas palabras sobre una hoja en blanco que había pronunciado el activista y artista guatemalteco Guillermo Díaz durante un tiempo de trabajo conjunto en México en el mes de Mayo. Son su palabras las que me empujan hoy a tratar de escribir sobre lo que presencié una mañana en Puerto Príncipe en el 2013 durante mi participación en el encuentro semanal del equipo de ATD Cuarto Mundo con un grupo de niños que viven —luchan por la supervivencia y la vida— en la calle.

ATD Cuarto Mundo desarrolla proyectos en Haití desde el año 1981: entre otros, un proyecto nutricional y de estimulación temprana para apoyar a las madres en la crianza de sus bebés, una escuela para niños de tres a seis años, un taller de informática para jóvenes, un sistema de atención médica para familias… En realidad, el hilo conductor de todos ellos no es otro si no el tratar de llegar a las familias más duramente castigadas por la pobreza, aquellos que difícilmente tienen acceso a los programas de ayuda convencionales. Construyendo los proyectos y revisándolos día a día junto a los más pobres, ATD Cuarto Mundo asegura caminos de participación plena necesarios para cualquier iniciativa de lucha contra la pobreza y en favor de los derechos humanos. En el momento del terremoto en el año 2010, está búsqueda que fue siempre, y continúa siendo, brújula para cada proyecto fue la clave para lograr que la ayuda de emergencia alcanzará también a las personas y familias más pobres, a los más excluidos o los que vivían en las llamadas zonas rojas de peligro, allí donde otros no llegaban.

Con esta brújula en la mano, una parte del equipo de ATD Cuarto Mundo —en aquel momento Rosanna, Mogene y David— se encuentra todas las semanas con un grupo de niños que viven en las calles de la capital haitiana. Sus historias son muy diversas, pero se sabe que el número de niños en la calle se multiplicó de manera notable tras el terremoto. Aquella mañana en la que yo tuve oportunidad de encontrarles, los niños se reunían alrededor de un tiempo de biblioteca en la calle. No deja de emocionarme a lo largo de los años como todos los niños del mundo, sean cuales sean sus circunstancias, desean el encuentro con los libros, con la ilustración y la palabra, con la posibilidad de mirar a través de una ventana, con la alegría y la paz. Participé maravillada de aquel tiempo de lectura y después, maravillada y profundamente conmovida, del tiempo que se dedicaba a la posibilidad de dibujar. Uno por uno, los niños fueron tomando una hoja en blanco y un lapicero, algunos ya muy pequeños de tanto haberse usado, y de la manera más meticulosa y pausada que una pueda imaginar empezaron cada uno a dibujar, primero muy lentamente los trazos y después el color. He visto a lo largo de mi vida a muchos niños dibujar, pero nunca nunca nunca de manera tan extraordinaria, tan llenos de mirada sobre el mundo, tan cargados de proyecto visual y de cuidado, tan plenos de deseo de expresión, tan llenos de infancia.

La verdad es que había tratado muchas veces de poner palabras sobre aquello que vi —y con tanto empeño quise retener en mí—, pero siempre había desistido. Como antes, ahora tampoco me parece posible hacer justicia a lo extraordinario de aquella manera de dibujar, de aquellas manos y ojos, de tanta infancia resistiendo, pero me decido, empujada por las palabras de Guillermo, a compartir algunas de las fotografías que tomé aquella mañana.

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Guillermo es originario de una de las aldeas del municipio de San Jacinto en Chiquimula, Guatemala, y fue esto lo que dijo en Ciudad de México y yo pude escuchar: “Yo fui un niño de la biblioteca de calle en mi aldea en los años 70, cuando Guatemala se encontraba en guerra. Gracias a las bibliotecas que llegaban yo podía dibujar en una hoja en blanco. Era un momento de paz. Mi país sufría mucho y nosotros los niños no teníamos una luz. Esta hoja en blanco me abrió muchos caminos, me dio muchas luces. Muchos niños en el mundo necesitan esa luz. El simple hecho de tener una hoja en blanco era mucho para mí. Ver esos libros hermosos que llevaban era para mí soñar… era soñar en un mundo diferente, era soñar que, como niño, yo tenía derechos también. Puedo decir que gracias a esa biblioteca soy quien soy: soy un profesor de escuela primaria… me gusta pintar… y fue la biblioteca de calle la que me enseñó eso, la que me dio muchas luces para seguir. Si nos unimos, podemos llegar a muchos niños”.

Supongo que pueden imaginar hasta qué punto sus palabras iluminaron aquel momento que yo había atesorado durante tanto tiempo. No las comparto ahora a modo de conclusión: no concluyen, no explican, no nos permiten estar en paz con lo intolerable, no justifican lo que hacemos, no acaban con nuestras preguntas sobre nuestros pasos, no nos quitan de la impaciencia, no nos calman… pero iluminan, dan luz, nos animan a seguir ofreciendo hojas en blanco a la esperanza, nos animan, sobre todo, a mirar a cada niño dibujar con la misma pausa que ellos dibujan, a mirar cada dibujo con la pausa de las manos de nuestros niños de la supervivencia, con la lucidez de sus ojos: un niño, un niño enfermo y un amigo llevándole flores, una escuela, dos coches, un terreno de juegos, un campo de fútbol y una casa, un niño y una niña de la mano, un trazo, una hoja en blanco, una hoja en blanco.

Un niño que dibuja en una hoja en blanco.

Hojas en blanco para los niños de la supervivencia.

Hojas para la esperanza, y seguir.

Seguimos.

Beatriz Monje Barón, Puerto Príncipe / Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

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no podemos dejarlos mirándolos solos

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Montagne Nicolas es una aldea en construcción. Se trata de un lugar con un acceso bastante difícil donde los servicios básicos no existen. No pueden acceder los vehículos. No hay agua, ni electricidad, ni colegio. Para muchas de las necesidades más básicas hay que salir de la aldea y tomar caminos realmente arduos.

Es en este contexto en el que decidimos animar una biblioteca bajos los árboles de mango. Desde que se inauguró la biblioteca en abril de 2015 vemos dos niños que cada “día de biblioteca” nos observan perplejos desde la valla de una casa vecina. Esta valla es de lona y telas, como las de hojear el libro.

Jean-Pierre, un niño de 10 años que nunca falta a la biblioteca con los animadores y los demás niños dijo de repente: « Toma, voy a ver los libros con aquellos niños, no podemos dejarlos mirándolos solos, puede que necesiten que les expliquemos». Entonces fue a hojearlos con ellos, les vimos a los tres hablando. Luego se unió otro niño. Ahora ya eran cuatro niños mirando los libros juntos, muy felices al otro lado de la valla que tenían prohibida atravesar a los dos niños de entre 6 y 8 años. Desde este día forman parte de la biblioteca y también de la comunicación con los demás niños. Del gesto de este niño podemos aprender que todo el mundo puede salir de la exclusión si alguien le tiende la mano. muchas de las casas de la aldea. Como no les permiten salir cuando la actividad no les interesa a los padres, apartan la tela y desgarran un poco la lona para poder ver. Un día, durante el “momento del libro”, los animadores les acercaron un libro para que también pudieran, por ellos mismos, viajar al mundo de la cultura, dondequiera que estuvieran. Se pusieron muy contentos y comenzaron a hojear el libro.

Solo esperamos que algún día estén con nosotros si valla de por medio, que sus padres puedan perder el miedo y no tener que tener encerrados a sus hijos detrás de una valla para protegerles del exterior. Que un día los libros y la cultura sean suficientes para romper las barreras y que aunque tarde en llegar, al menos, un niño nos haga ver y entender que hay otros detrás y que si les esperamos, todos ganamos.

Saint Jean Lhérissaint, Haití. [Traducción del original en francés publicado en el blog colectivo Pour un monde riche de tout son monde]

 

 

pobres avergonzados: una expresión de la dignidad humana

relief.medair.org

Pobres o ricos, todos tenemos un valor que preservar: la dignidad. Precisamente de la preservación de este valor surge la expresión «pauvres honteux» [pobres avergonzados] en Trou du Nord (al noreste de Haití).

El primer fin de semana de mayo de 2015, fui por primera vez a Trou du Nord con el objetivo de participar en la celebración de los 310 años de la Parroquia de Saint Jean-Baptiste y descubrir el potencial de esta zona. Así es como descubro la expresión «pobres avergonzados» durante una conversación con el cura. En toda la tierra, hay gente que se gana la vida a partir de nada, que depende de la solidaridad de los demás para poder vivir el día a día. No tienen qué comer, tan solo un lugar donde pasar la noche o a veces ni tan siquiera eso. En Trou du Nord, sucede lo mismo porque es un pequeño trozo de tierra.

Como había muchos pobres sin abrigo que montaban su tienda de campaña frente a la iglesia, la parroquia decidió construir una casa para alojar y alimentar a estos seres humanos de forma digna. «Kay pòv» (la casa de los pobres) es como se llama esta casa de acogida y de cuidado de personas sin recursos. Aquí duermen, reciben ropa y alimentos. A medida que pasan los días, el nombre «Kay pòv» se vuelve inadecuado porque no respeta demasiado la dignidad de las personas. «Podemos ser pobres, pero esa no es razón para ponernos etiquetas», murmuran los habitantes de la casa. La iglesia se da cuenta rápidamente de que es necesario cambiar el nombre a este lugar. De «Casa de los pobres» pasa a llamarse «Hogar de solidaridad . En este espacio, hay personas que se ocupan de los pobres, el cura los visita a menudo y habla con ellos, da misa.

A pesar de todo, hay pobres que no tienen nada y que se niegan a ir a vivir a la casa. El cura cuenta que uno de los hombres más pobres del barrio se presentó en la casa parroquial para pedirle un poco de comida. «Ve a vivir al hogar de solidaridad, allí encontrarás comida cada día para ti y para tu familia», le dice el cura. El hombre sacude la cabeza y responde: «no puedo vivir en esa casa, es demasiado humillante que todo el mundo sepa que eres pobre. En cuanto vives en la casa, ya se sabe que eres pobre. Soy un pobre avergonzado, si quieres ayudarme, vendré a la casa parroquial cada semana para buscar lo que quieras darme discretamente». El cura acepta la propuesta sin dudar. En la actualidad, hay un nutrido grupo de pobres que hacen el mismo camino que este hombre y reciben el apoyo de la parroquia sin estar viviendo en el hogar de solidaridad.

Saint Jean Lhérissaint, Haití. [Traducción del original en francés publicado en el blog colectivo Pour un monde riche de tout son monde]