lo vi de nuevo

Muy temprano por la mañana, suena el timbre de la casa. Es miércoles, el día en que la Casa Cuarto Mundo en Guatemala ciudad estaba abierta para permitir un respiro a las personas que viven y trabajan en la calle. Cargando un bolsa con su ropa para lavar y algunos alimentos que habían recuperado, algunos de los jóvenes que conocíamos se acercaban para tomar una taza de café, bañarse, escuchar música, utilizar la computadora o simplemente dormir por un momento: tiempo para descansar o retomar fuerzas.

A menudo, sus apariencia física era particular a causa del fuerte consumo de solventes que había provocado daños irreversibles en su cuerpo. Con frecuencia, las personas huyen de ellos nada más verlos. Cualquiera podía decir que pasaban todo el día tendidos en la calle, pero los que conocen su cotidianidad saben que también hacen esfuerzos para sobrevivir a través de pequeños trabajos que algunas personas del barrio les confían. A pesar de que no era fácil poder trabajar, se esfuerzan por conseguir para el día a día.

En aquella época, uno de ellos apoyaba a una mujer que salía todos los días a vender jugo de naranja en el barrio. Él se encargaba de sacar la mesa, los bancos y todo lo que ella necesitaba. Preparaba el lugar de la venta. Algunas veces, pudimos verlo cargar la carreta con todas las cosas. Se levantaba temprano para hacer su trabajo. Era lo que le permitía ganarse unos pocos quetzales al día. Luego se iba cerca de los camiones que traían la basura. Allí podía recuperar algunas cosas o simplemente encontrar algo para comer. Decir que “encontraba algo para comer” significa que rescataba aquello que otros habían desechado, por lo regular, la comida que estaba ya caducada.

Cuando en la casa Cuarto Mundo preparaba su comida, había que soportar el fuerte olor a descomposición que emanaba de su preparación. Era algo que me indignaba siempre, ¡qué injusticia que en este mundo muchos en la calle viven de las cosas que otros tiran, y no siempre en buen estado! No había manera de convencerlo de no comerla, aun cuando estaba descompuesta, para él aun era posible de rescatarla, y de todas maneras iba a comerla. En medio de esta dura e insoportable realidad este joven compartía la comida con sus amigos. Siempre lo veía sacar dos o tres platos para servir a los otros.

Hace unos días pensé nuevamente en él. En una calle de París, un grupo de seis o siete personas estaban casi dentro de un bote enorme de basura. Al principio no entendía bien qué hacían allí, tratando de dar vuelta al bote. Un minuto después lo supe: estaban queriendo sacar las frutas, verduras y el pan que los trabajadores de un supermercado cercano habían tirado. Seguramente era la hora habitual de hacerlo. Todos tenían sus bolsas listas para llenarlas. Pero también había algo de particular en la escena: se podía decir que estaban organizados de tal manera que se repartían lo que sacaban. En un momento, algunos de ellos tomaron su bicicleta y se fueron. Los que quedaron tomaron el tiempo para ordenar el producto y ponerlo en las bolsas y volver a poner el bote en su lugar. Después de unos minutos, el recipiente estaba completamente vacío.

No importa si es cerca de un basurero, a la puerta de un supermercado, o en una pequeña o gran ciudad; la misma escena, con diferentes protagonistas, será vista alrededor de los lugares destinados para la basura, lugares que se convierten en posibilidades inmediatas para sostener a gran cantidad de familias tocadas fuertemente por la miseria. Porque lo desechable para algunos será el rescate de otros.

Elda García, Guatemala/Francia

 

éramos aprendices

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Revista Educación y Biblioteca. Nº 48. Junio 1994

Me cuenta al teléfono Carola Diez —promotora de lectura y colaboradora de la magnífica Biblioteca Vasconcelos de Ciudad de México— que prepara junto a otros una Biblioteca Humana que tendrá lugar el sábado 19 de noviembre. Me explica que se trata de un rato de encuentro entre personas que se convierten en libros y lectores que los toman prestados por 15 o 20 minutos. En esta ocasión buscan “libros humanos” para una sesión que titulan “Cuando las pequeñas bibliotecas tienen algo que contarte”; nos pide compartir la experiencia de Bibliotecas de Calle de ATD Cuarto Mundo… ponerme a mí misma un título, escribir una sinopsis… De inmediato, vienen a mi mente recuerdos de rostros, cuentos, manitas y ojos eligiendo historias para leer juntos… Me titulo “De Madrid a México: 20 años leyendo libros sobre un plástico” y me regocijo recordando, inevitablemente, mi primera Biblioteca de Calle cada lunes en el Pozo del Huevo en Madrid, aquel “érase una vez” de un cuento verdadero del que no he dejado de disfrutar hasta hoy, nuestro madrileño “érase una vez” de la lucha por construir juntos la belleza y los derechos humanos que había iniciado Joseph Wresinski en los años 60 en Francia.

La Biblioteca Vasconcelos nos recibe con toda su belleza y amplitud, con la energía de los lugares vivos, con pulso, con ser humano… La sensación al llegar evoca en mí el gusto que sentía siempre al entrar en la Tate Modern en Londres, la antigua central de energía que es hoy el Museo Nacional Británico de Arte Moderno. Tiene que ver, creo yo, con esa magia que se da cuando hay encuentro entre edificios extraordinarios y personas que saben provocar a otros para habitarlos. Camino por la galería central de la biblioteca celebrando interiormente esa evocación que me devuelve también los recuerdos de la Doorstep Library que inventamos en el sur de Londres, una biblioteca semanal que empezó ofreciendo lectura puerta a puerta, alcanzó después la calle y provocó finalmente el encuentro entre los vecinos de un barrio londinense verdaderamente pobre y la también vivísima Biblioteca de Peckham. Rodeada ya de otros muchos “libros humanos”, me recibe Carola y unos minutos después Ramón Salaberria, subdirector de la biblioteca. Ramón me cuenta que conoce nuestra Biblioteca de Calle desde los años 90 y promete enviarme el artículo que publicó en el 94, siendo él director de la hoy desparecida revista española “Educación y Biblioteca”. No tardo en acomodarme en mi lugar y esperar a los que deseaban escucharme. Como lo son las Bibliotecas de Calle, la mañana en la que me hago “libro prestado” y converso con los muchos que se sentaban a mi alrededor es también una celebración de la oralidad y la escucha.

Yo había conocido ATD Cuarto Mundo y la Biblioteca de Calle a través de Bruno Couder, quien escribe el artículo del que me habla Ramón. Recibo el texto prometido —pueden ahora los nostálgicos y los curiosos leerlo aquí, a partir de la página número 18— y encuentro de nuevo aquel español afrancesado con el que Bruno nos hablaba de la pedagogía y la política de nuestras Bibliotecas de Calle. Admito haber aprendido también algo de la teoría y la práctica de la promoción de los Derechos Humanos a través de algunos textos especializados; sin embargo, el recuerdo de la manera de hablar de Bruno me hace tomar conciencia y celebrar haber aprendido el oficio junto a él y a Yolaine Couder, con quienes hice mis primeras Biblioteca de Calle; tomar conciencia de la suerte que fue para mí aquel espíritu de aprendices que habitaba a los jóvenes que habíamos sido reclutados como animadores de la Biblioteca de Calle, el espíritu de observarlo todo —mirar con la nariz adentro, como los niños—, de escucharlo todo del que ya conoce el oficio, del maestro. Como lo hacen los aprendices de carpintero, observábamos las maneras de los que ya sabían hacer: la precisión, el cuidado… y Bruno y Yolaine nos contaban los porqués de cada pequeña madera que construía la Biblioteca de Calle: elegir bien los libros, conocerlos y entusiasmarse; sentarse en la calle, a la vista de todos; invitar a cada niño, pero ir personalmente a buscar a los más pobres y rechazados, decirles cuánto contábamos con ellos, hacerlo sin desfallecer, a veces durante meses antes de que se animaran a participar; acompañar a los niños de regreso a casa y hablar a sus padres de sus éxitos en la biblioteca de aquel día; no intimidarles con preguntas sobre si sabían leer o no, animarles en sus esfuerzos y celebrar sus logros; permitirles escoger sus lecturas, y leer en voz alta para ellos o acompañarles en su leer incipiente, o las dos cosas, según pareciera mejor… Y en medio de todo eso, sobre todo, ver  los esfuerzos de los adultos de aquellos barrios, tan castigados por la pobreza y la exclusión, para que sus niños tuvieran un mejor futuro; reconocer los esfuerzos y los logros de aquellos padres a menudo acusados de no escolarizar a sus hijos, de no dar importancia a la escuela, de no saber nada… Llegábamos, decían Bruno y Yolaine, para compartir nuestro saber-leer, pero sobre todo para advertir, reconocer y unirnos a los innumerables esfuerzos que los padres hacían, en medio de la supervivencia, para permitir a sus hijos aprender más allá de los saberes que ellos podían transmitirles. Se trataba de una pedagogía, pero sobre todo de una opción política, de una manera muy particular de estar en la lucha contra la pobreza y la promoción de los Derechos Humanos. Éramos aprendices, ¡y cuántisimo aprendimos!

La mañana de Biblioteca Humana en la Biblioteca Vasconcelos trajo a mí el deseo de detenerme en esta suerte de hilo conductor recorriéndome en las que han sido mis ciudades, en las bibliotecas y los lugares de la cultura que me han entusiasmado, en el encuentro con la comunidades y personas muy pobres con las que he hecho camino, en mi trabajo junto a otros voluntarios permanentes de ATD Cuarto Mundo…: ser aprendiz de quienes ya lo eran de las personas en situación de pobreza. Así, la Biblioteca Humana, como expresión de la historia compartible que hay en cada uno de nosotros, realizó en mí algo mucho más hermoso: volver al recuerdo de los que me iniciaron en esta lucha contra la pobreza y a la importancia de aprender el arte o el oficio practicádolo con quienes ya lo dominan, la inmensa suerte de ser aprendices.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

el valor de la vida

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Vi morir a personas en la calle”, es una cruda frase que confieso cuando alguien me pregunta sobre por qué “querer cambiar el mundo”. La repito, para mí o en voz alta, para saber que esa situación no es normal. También recuerdo nombres: Alberto, Cristóbal, Willy, Érica… porque son personas, humanos, los que han dejado su vida a causa de la miseria de vivir o trabajar en la calle.

Atrás dejé los días en los que cada martes caminaba a la zona 3, en los alrededores del basurero municipal, para colorear con los muchachos. En los que mi amigo Mansor me advertía y describía lo que significaba para una mujer compartir con personas que están en las drogas, por ejemplo. Volvía agotada, pero esos días me permitieron descubrir lo que vale la vida en un país como el mío.

Llamaron a los bomberos, pero no vinieron”, ya no entraban al barrio, era peligroso y si la persona que había perdido el conocimiento vivía en la calle, no importaba tanto, según ellos. Estas duras afirmaciones vinieron a mi mente al leer en diferentes medios de comunicación sobre una serie de asesinatos de personas que viven en la indigencia. En realidad no es nada nuevo, solo cobró importancia mediática, que pone sobre la mesa la situación de vida de estas personas ¿cómo nos solidarizamos?, ¿qué medidas tomamos como sociedad civil?, ¿qué exigimos a las autoridades?, ¿qué instituciones trabajan en el tema?, ¿nuestras vidas valen lo mismo?

No tener qué comer y tomar algo de la basura, o pasar las noches lluviosas completamente empapados bajo un camión recolector, son sin lugar a dudas momentos difíciles de vivir. Sin embargo, hay algo que pesa mucho más: saber que para el otro no valés nada. A este propósito aprendí, en ATD Cuarto Mundo y en el Movimiento de Jóvenes de la Calle -Mojoca-, que no importa mucho si tenés talentos o no, siempre hay algo que ofrecer a los demás: vos mismo, tu amistad, tu solidaridad. Sin lugar a dudas, en ese camino descubrimos que nuestras vidas valen exactamente lo mismo.

Linda Gare, Guatemala

aquellas madres niñas…

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Una casa bastante agradable albergaba a aproximadamente 12 niñas y jóvenes, la mayoría de ellas venía de vivir en la calle. Fue hace muchos años, a partir de un programa de práctica alternativa en la universidad, cuando tuve la oportunidad de apoyar en una institución que recibía a jóvenes, que por diferentes razones, eran madres a muy corta edad. El hogar tenía una dinámica bastante fuerte para permitir a cada una aprender a cuidar a su hijo, y cuando las circunstancias lo requerían, apoyar a otra compañera para permitirle que fuera a trabajar o a estudiar. Gestos de apoyo mutuo se vivían en la cotidianidad de la casa. Las “reglas” estaban pensadas para empujar a vivir una fuerte solidaridad. Cada fin de semana, cuando venía a su encuentro, era impactada por la realidad y la historia que cada jovencita portaba.

Guardo muy gratos recuerdos de mi estancia en ese lugar, que me permitió entender sobre lo que significa ser madre, cuando no importa la edad, las circunstancias adversas o la mirada de la gente. En una oportunidad, alguien sacó a luz el tema de “regalar a un hijo o abortarlo”. Casi en coro, todas estas chicas hablaron sobre lo importante que era este ser en su vida. Algunas aún no lo tenían, pero por nada del mundo estaban dispuestas a dejarlo.

Desde el otro lado del mundo donde yo vivía (con un trabajo y una familia estable, además de ser privilegiada para asistir a la universidad) no lograba entender por qué se aferraban a esa criatura, en medio de “una vida miserable” que difícilmente les iba a permitir dar lo básico a ese niño. Pero allí estaban ellas, con sus 14 o 15 años diciéndome que a pesar de toda circunstancia, iban a tener y mantener a su hijo. Y es que las situaciones que vivían no eran fáciles de entender, diría, ni por ellas mismas muchas veces.

Desde este tiempo han pasado casi 18 años. No es posible olvidar esta experiencia, pues en el archivo de mis recuerdos guardo los rostros de cada una de ellas, que me ayudaron a entrar a esta comprensión.

Sus rostros volvieron una y otra vez en mi cabeza, cuando de nuevo me encontré con jovencitas, que vivían en barrios pobres, donde teníamos una presencia cotidiana, a través de acciones culturales. Lo que se evidencia es que no se trata solamente de una problemática en familias pobres, se vive a todo nivel, en todo estrato social.

Muchas veces me pregunté ¿Qué es lo que se necesita para detener “este problema” en las familias pobres? La respuesta concretamente no la tengo, pero lo que aprendí de ellas, es que finalmente tener un niño permite tener un lugar en la sociedad, eres madre, y eso te hace existir, te hace tener un motivo para luchar, para sentirte útil. Porque cuando no es posible asistir a la escuela, acceder a un trabajo digno, a los servicios de salud, tampoco a los espacios de recreación, etc. ¿Qué rol juegas en una sociedad? Estás, pero no estás…

Elda García, Guatemala/Francia

* Cabecera: óleo sobre lienzo /César Plasencia

el verdadero terror

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A inicios de este mes, explotó una bomba en un bus en Guatemala. El delito fue atribuido a las maras. En los medios, se hablar de terror.

En la cárcel, asesinaron a un miembro de la mara 18. Supuestamente por ordenar el bombazo sin autorización de los demás. Con su muerte, y la muerte de los presuntos autores materiales en distintos lugares de la ciudad, se van las probabilidades de conocer la verdad.

Por las noches, evito pasar por la Plaza Central, hay dos o tres muchachos asaltando, casi siempre. Todos los vecinos del centro lo sabemos. Lo sabe la mujer que vende atol en la esquina. Lo saben los niños que venden chicles por las noches. Unos días después del bombazo, la “inteligencia” policial del sector evitó que estallara otra bomba en un bus. El crimen se combate con selectividad ¿o forman parte del mismo plan?

Simultáneamente a los bombazos, dos eventos importantes se desarrollaban en el país. El primero, la elección de magistrados para la Corte de Constitucionalidad, máximo orden de resolución de conflictos legales. El segundo, las enmiendas en el Congreso a la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Dos hechos de suma importancia para reformar, de fondo, a este espacio de tierra llamado Guatemala. Pero las bombas en los buses, venden más.

Otro debate se reactiva: la pena de muerte, unos que sí, otros que no. Siempre de la mano con “el terrorismo”.

Mientras tanto, en algún asentamiento de la ciudad, Erik intenta de nuevo mantenerse en el tercer grado. Ya casi tiene 12 y se empieza a sentir incómodo entre los niños más pequeños. La escuela es aburrida y poco útil. Por las mañanas intenta vender con su mamá, a pesar de las burlas y de los dolores de la mujer que le dio la vida por la artritis.

Finalmente, se eligió a los magistrados de la Corte de Constitucionalidad, no todos están limpios, de hecho, casi nadie. Y las reformas a la Ley Electoral pasaron sin pena, ni gloria, dejando fuera importantes demandas como la validez del voto nulo, el transfuguismo y la igualdad de género.

Los bombazos se vuelven a mencionar de vez en cuando. En la Plaza Central siguen asaltando. Las opiniones respecto a la pena de muerte, nos dividen. Entre todo hay algo que realmente me aterra: que Erik deje de ir a escuela. Que él y tantos niños, niñas, adolescentes y jóvenes, se sumen a los otros 4 millones de niños, niñas y adolescentes guatemaltecos al margen de la educación. Me aterra que la escuela no se adapte y haga lo imposible porque estos niños, niñas y adolescentes aprendan y desarrollen todo su potencial. Me aterra que no existan programas de Estado para que los jóvenes encuentren algo en lo que son buenos y encuentren oportunidades. Me aterra pensar que pueden terminar explotados por una bomba, o explotándola, asaltando en la Plaza, haciéndose de la vista gorda frente a la corrupción, votando por incapaces, que no ocupen cargos de elección popular, o los ocupen para oprimir, me aterra que crean en los medios de comunicación sin cuestionar o que mueran por una inyección letal. Este es el verdadero terror.

Linda Gare, Guatemala

¡…empezando a vivir!

foto: juegosdetiempolibre.org

Joaquín era uno más de los 4.9 millones de jóvenes de los que hablan las estadísticas en Guatemala. Lo encontré en mi camino de compromiso como maestra. Como muchos jóvenes en mi país, la vida no le correspondió de la mejor manera. Desde un inicio, la escuela para él fue difícil. Por eso muchas veces fui a su casa, para que junto a sus hermanos y algunos vecinos, tomaran un tiempo de repaso. Y es que a las dificultades de la escuela se sumaban también las de la comunidad, las de la misma familia. Aún con todo el peso del día a día, su madre estaba allí, pendiente de lo que necesitaban sus hijos. El día que yo llegaba todo estaba listo: la mesa, los cuadernos, los lápices..; y ella sentada junto a mí, atenta a lo que hacíamos.

¿Cómo olvidar el ayer? Si está lleno de miradas, de rostros, de desesperanza, de frustración, de luchas, de amor, pero sobre todo de sueños. Sí, de sueños de niños, de padres y de amigos.

La vida para las familias más pobres sigue siendo aún más dura. Ante la cruda realidad que a muchos les ha tocado enfrentar, uno de los amigos de infancia de Joaquín me decía: “Mejor nos hubiéramos quedado jugando cincos”. Pero, ¿por qué querer detener el tiempo?, podría preguntar alguien. Sólo puede entenderse cuando somos testigos de la violencia cotidiana que se vive en las comunidades, cuando por esa causa, es mejor quedarse dentro para no exponerse a las tantas sorpresas que puede vivirse afuera. Muchos padres buscan diferentes maneras para proteger a sus jóvenes: es triste decirlo, pero, muchas veces no funciona! Nada detiene a ese monstruo de la violencia, de la droga, de las maras, de la prostitución. Estando fuera de la escuela y no encontrando oportunidades que permitan una vida mejor para el presente y el futuro, lo más probable es caer en sus garras.

¿Dónde está el Estado? ¿Qué estrategias se les brindan para que su vida pueda cambiar? Urge la aprobación de la Ley Nacional de la Juventud que los reconozca como sujetos de derecho y que a través de su implementación se brinden condiciones dignas para su presente.

Joaquín ya no está, pero miles de jóvenes siguen de pie, en contra de la corriente, con fuerza, buscando caminos que les permitan cambiar su realidad, siguen soñando con un futuro mejor. Junto a ellos, sus familias seguirán con los esfuerzos cotidianos. Seguimos aprendiendo de ustedes. Que esa fuerza sea la luz en nuestro compromiso.

Elda García, Guatemala/Francia

a veces, ganamos

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“A los chicos los encontré una noche en las calles, bajo los efectos de la droga. Me arriesgué mucho para poder conocerlos e invitarles a compartir algún día de la semana con un partido de fútbol… ¡y aceptaron, para sorpresa mía!” Así comienza Eiber Guarena su relato sobre los partidos de fútbol semanales que organiza en el centro de La Paz. “Son chicos lustrabotas, chicos muy pobres. En muchos casos, de familias enteras que trabajan lustrando calzados”. Mientras le escuchaba, volvían a mí las imágenes de todos los niños y todos los jóvenes que había cruzado durante mis recorridos por la ciudad, todos ellos trabajando con el rostro cubierto, a duras penas visibles en las aceras… “Así es —explica Eiber— los chicos lustrabotas se tapan la cara. Ronaldo, uno de los que viene a jugar, me decía “Los demás nos ven como basura en las calles”.

Eiber es estudiante de arquitectura y aliado del Movimiento ATD Cuarto Mundo en Bolivia. Cada semana, se une a la Secretaría Tapori hispanohablante para responder las cartas que reciben de niños del mundo que, como Eiber, tampoco aceptan la injusticia de la miseria. Como los niños Tapori, Eiber ha encontrado también un camino de compromiso personal extraordinario. Con toda la valentía, ha sabido crear las condiciones para un encuentro verdaderamente humano, rostro a rostro, verdaderamente joven, partido a partido: “Me acerqué a ellos con la esperanza de algún día verlos compartir algo sano y saludable, como es el deporte, y ahora tengo la gratitud de todos los jueves encontrarnos en la cancha para jugar al fútbol toda la tarde. Lo cual, me atrevo a decir, es una de las cosas más hermosas que podemos vivir como seres humanos”. De nuevo recuerda las palabras de Ronaldo: “Sí, los demás nos ven como basura en las calles, pero nos alegra mucho conocer a personas que nos quieren como somos, y que podamos aprender algo de ustedes”.

Eiber continúa hablado de sus motivaciones: “Si puedo ayudar a alguien, debo saber que tengo la obligación moral de hacerlo, y esa es mi más grande satisfacción conmigo mismo y mi felicidad encontrada a través de quienes muchas veces son apartados de la sociedad”.

En seguida pienso que deseo compartir con otros esa plática con Eiber, la profundidad de ese gesto, la maravilla de ese partido semanal DIGNIDAD contra MISERIA. Pido a Eiber escribir lo esencial en algunas frases y permiso para reproducirlas. Aquí las habéis leído. No cabe duda, es gol de Dignidad. En pleno centro de La Paz gana Dignidad y pierde Miseria. 0-9, resultado histórico.

¿Nos atrevemos con la Copa del Mundo?

Eiber Guarena y Beatriz Monje Barón, La Paz/Ciudad de México

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¿qué es el tiempo?

Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
van por la tenebrosa vía de los juzgados:
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan”.

MIGUEL HERNÁNDEZ. El hombre acecha

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¿Qué es el tiempo? / Una bestia”. Así iniciaba uno de sus poemas Emilio, uno de los 500 jóvenes en el penal de menores cercano a mi casa en la Ciudad de México.

Era jueves. Yo visitaba el centro por primera vez. Me sorprendió la apertura de su patio interior, que a la manera de las haciendas mexicanas, nos permitía ver el cielo desde el interior del edificio. Emilio nos guiaba a Julieta y a mí a lo largo de una muestra de poemas fruto de un taller de literatura. Nos paramos largo y tendido en sus poemas, leyéndolos en voz alta, disfrutando de la frescura de los versos del poeta incipiente, de la vida afirmándose en los versos del poeta preso, de la fuerza en los versos del poeta niño. “Soy inocente”, dijo Emilio en voz alta sin añadir nada más, como una plegaría a nuestra humanidad. Miré largo rato sus ojos grandes de sueños, de joven de quince años, de vida incierta… y regresamos juntos a la lectura de sus poemas y los de otros jóvenes, todos ellos presos de ese tiempo-bestia.

Habíamos llegado hasta ese patio por invitación de Juan Manuel, maestro en la escuela de mis hijos. Juan Manuel recorre todas las tardes las pocas calles que separan nuestra escuela del penal. Allá trabaja, junto a un grupo de profesionales, para convertir ese largo tiempo en una oportunidad para cada joven. Como en la escuela de mis hijos, el maestro imparte talleres de literatura, comparte su pasión y cuenta historias… Como en la escuela de mis hijos, el maestro dice  que alberga, en el penal también, esperanza para cada joven. Nos cuenta que nunca hablan de las razones que les llevaron hasta allí, sino de literatura. Pero nos cuenta también de la injusticia y el sinsentido. Con los ojos tristes, nos habla del círculo infernal de la violencia que arrastra a jóvenes y niños… de los indecibles delitos que nos rodean. De la misma manera, nos cuenta lo que es bien sabido por las autoridades judiciales y penitenciarias: que la gran mayoría de estos 500 presos de entre 12 y 17 años no han cometido sino pequeñas faltas, el robo de unas botellas en un supermercado, un enfrentamiento verbal con un oficial de la policía… Su delito, en realidad, no es otro sino el de provenir todos ellos de colonias y familias muy pobres, sin los medios para pagar abogados, para pagar fianzas, para hacer frente a los vericuetos y corrupciones del sistema judicial. “Ni un solo chavo de nuestra escuela hubiera llegado hasta aquí por la misma falta, lo más sería pasar unas horas en la policía. A veces, estos chavos [los del penal] pasan años aquí hasta que puede celebrarse un juicio, hasta que pueden defenderse”. Una vez más, como decía el poeta Miguel Hernández desde su propio encierro, las cárceles buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,/ lo absorben, se lo tragan.

Tras la muestra de poemas, visitamos también a algunos jóvenes en el taller de pintura, en la biblioteca, en sus dormitorios… Con los ojos doloridos, les vimos caminar de un lado a otro en fila y paso militar, vestir sus uniformes, a algunos de ellos, apoyar sus manos en los barrotes de un cuarto de aislamiento. Era muy difícil mirar. Yo quería también decirles, como Emilio a nosotras, “soy inocente”. Quería, de alguna manera, desligarme de una sociedad que condena brutalmente a tantos jóvenes en situación de pobreza.

Los oficiales nos fueron abriendo las puertas a lo largo de nuestro camino de salida. Antes de alcanzar la última, recuperamos nuestras cosas. Ya en la calle, a tan poca distancia de nuestras casas, sentí que recuperaba, muy poco a poco, el sosiego que había perdido en el mismo instante de nuestra llegada, del registro, de la primera puerta con llave… de la conciencia de que nos adentrábamos en otro mundo, el mismo, en realidad,  que amanece ardiendo de injusticia cada día.

Unas semanas después, Juan Manuel, en la puerta de la escuela de mis hijos, me entregó un libro de poemas de Emilio editado en la cárcel. Lo habían preparado juntos, y Emilio le había pedido entregarme una copia. Quedé profundamente conmovida. En secreto, pensé que quizás Emilio, como yo a él, me había oído desear ser inocente, que quizás Emilio, como yo en él, había tenido fe en mí.

Sólo unos días después, Juan Manuel me contó que Emilio había salido del penal esa misma mañana, declarado inocente y libre de todos los cargos. Fueron casi dieciocho meses en la cárcel, cada uno de esos meses, de esos días, de esos minutos injusto: “¿Qué es el tiempo? / Una bestia.”

Vivir es un don divino,/ ver es como poder volar./ Oler, el poder de la alegría. / Escuchar, el regalo del alma y del viento./ sentir para poder amar./ Saborear los pigmentos naturales./ vida, misterio indescifrable.”  Valgan, Emilio, estos versos tuyos repletos de vida, tus ojos grandes de sueños de niño de quince años, tu fe en la humanidad del otro… para ayudarte en tu libertad. Valgan tus versos para acompañarnos en nuestra lucha común por un mundo más justo y fraterno, liberado de la miseria.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_