palabras para mañana, hoy

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Como suelo hacer dentro de mis labores de comunicación, buscaba entre las páginas del libro Palabras para mañana de Joseph Wresinski alguna frase para publicar por las redes sociales. Un párrafo me detuvo:

“Yo tengo tantísimos niños como él en mi recuerdo,
que murieron por culpa de la miseria.
Tal como esos dos niños que, estos mismos días,
a pocos pasos de allí,
murieron quemados vivos en una caravana.
Tantísimos niños que me hacen pensar en una madre
cuyo hijo también murió para ser testigo
de la miseria que pesa sobre los pobres,
y que, desde lo alto del cadalso, pedía perdón
para una humanidad ignorante e inconsciente”.

El miércoles 8 de marzo, un incendio provocado quemó a un grupo de niñas y adolescentes del Hogar Virgen de la Asunción en San José Pinula, Guatemala. Hoy, cuarenta de ellas murieron. A lo largo de las últimas semanas, de boca en boca o por medios de comunicación, escuchamos las historias de las chicas, una constante: la pobreza, ellas y sus familias privadas de poder acceder a sus derechos.

De mis ojos brotan de nuevo las lágrimas al leer el texto de Wresinski, publicado en 1986: “murieron quemados vivos”, “pedía perdón para una humanidad ignorante e inconsciente”. Ahora mismo, mientras escribo, otro grupo de jóvenes más de un penal para menores de edad se amotinan, dadas las precarias condiciones de vida. Ahora mientras escribo, un niño o niña muere a causa de la desnutrición; ahora, matan a un joven a punta de machete; ahora, muere una adolescente dando a luz; y me pregunto: ¿cuántos niños, niñas, adolescentes y jóvenes más veremos morir? ¿Estaremos 30 años más tarde leyendo sobre personas que mueren quemadas vivas?

En los últimos días, cientos de activistas y ciudadanos nos hemos movilizado exigiendo justicia, afirmamos que #FueElEstado, que a lo largo de la historia ha dejado a gran parte de la población viviendo en la exclusión y al margen del ejercicio de sus derechos. Además, quienes conocemos las complejidades de la vida en la pobreza, rechazamos enérgicamente que se señale a los padres y madres de las niñas o a las niñas mismas como culpables.

La vida de los más pobres no es nada sencilla de explicar, más bien pienso que se comprende mejor caminando a su lado, en estos momentos de más consternación invitamos al encuentro con los que tienen una vida más difícil, invitamos a la lucha por los derechos de la familia (de todo tipo), invitamos a la lectura de “Palabras para mañana”, invitamos a la movilización en los barrios, invitamos a la acción para que nunca vuelva a morir nadie a causa de la violencia de la miseria, #PobrezaNuncaMás.

Linda Gare, Guatemala

En twitter @lindagare

 

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construir juntos la palabra

02Don Quijote de la Mancha / Estampa de F. Bouttats en 1697

Un hombre y una mujer, los dos bastante mayores, duermen desde hace unos meses bajo un techo en un edificio abandonado muy cerca de donde yo vivo. Allí se resguardan por la noche y resguardan también un carro de supermercado lleno de cosas, sus cosas. Suelen llegar al final del día, a menudo cargados de cables eléctricos que les veo limpiar mientras conversan. Imagino que durante el día buscan comprador para el cobre que recuperan de los cables viejos, pero en realidad nunca les encuentro durante el día sino por las noches, con frecuencia compartiendo cena con otras personas que parecen también dormir en la calle. Como vecinos, solemos saludarnos, hablar un poquito del frío o del calor o de la lluvia, desearnos una buena noche.

Hace un par de semanas, vi como alguien les insultaba por tener su carro de supermercado todavía en medio de la acera —la banqueta, según decimos en México—. Vi al hombre retirar el carro sin decir nada y al otro hombre, el que les insultaba, gritar cada vez más fuerte. Quise hacer algo e inicié una frase con la intención de detener aquello que me parecía tan violento e injusto. El hombre del carro, mi vecino, me paró a través de un gesto hecho con los ojos y yo paré las palabras que se preparaban en mí. Había entendido que mi vecino me pedía no decir nada, y continué mi rumbo llena de desasosiego, incapaz de aceptar aquel silencio.

Todos nosotros hemos sido alguna vez testigos de violencia contra personas pobres. Desde luego, yo me he visto muchas veces antes en situaciones parecidas a la del otro día, a veces en la calle o en un comercio, otras veces con personas verdaderamente cercanas. En particular, recuerdo aún con angustia lo que viví a menudo en Madrid o en Londres acompañando a personas en situación de pobreza durante sus encuentros con profesionales de los servicios sociales, y en cuántas ocasiones tuve que callarme ante la humillación a la que eran sometidos. Supongo que era natural, e incluso deseable, que yo iniciara algunas veces frases de protesta, y sin embargo aprendí a lo largo de los años que mi rebeldía no me ponía en riesgo a mí sino a ellos, no les defendía a ellos, sino que más bien terminaba defendiendo sólo mi propia imagen de mí misma —lo que es desde luego legítimo, pero inútil para los más pobres—.

Hace unos años, los trabajos de investigación que miembros de ATD Cuarto Mundo desarrollaron alrededor de la violencia en la pobreza me permitieron entender mejor el uso que los más pobres hacen del silencio y lo que es necesario para salir de él, para romperlo. A menudo he leído o escuchado que los pobres se callan por desconocimiento de sus derechos o, peor aún, porque, a fuerza de golpes, ya no son conscientes de estar recibiendo un trato injusto o violento. Sin embargo, ellos dijeron entonces de manera muy firme “nos callamos para que la situación no empeore” y lo que es todavía más importante para mí: “Aun confrontados a todo tipo de injusticias, queda en nosotros la conciencia plena de que lo que vivimos constituye una violencia”.

Habitada todavía por estas reflexiones y el desasosiego de aquel momento de silencio compartido con mi vecino de calle, llegué pocas noches después a un pasaje de Don Quijote de la Mancha que resultó absolutamente conmovedor para mí en aquel momento:

—Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondió el muchacho—; pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.

—¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—.Luego ¿no te pagó el villano?

—No sólo no me pagó —respondió el muchacho—, pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un San Bartolomé desollado; y a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa; porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito, y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y como no lo pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo, que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.

Me estremece tomar conciencia de esta larguísima historia de silencios para la supervivencia, de la larguísima historia de los que no pueden defenderse y no pueden dejarse defender, de la larguísima historia de los que no logran defender a otros. Mucho antes de don Quijote, en el mismo tiempo del caballero andante y hoy, cuatrocientos años después, siguen los pobres obligados al silencio, y en nosotros el miedo de ponerles en riesgo con nuestras valentías.

Desde luego, podemos fácilmente caer en la tentación de la desesperanza o en la trampa de concluir que debemos aceptar la violencia sin hacer nada. Hay sin embargo un camino posible y necesario que tiene que ver con crear las condiciones para romper el silencio de manera colectiva, que tiene que ver con el reconocimiento de la experiencia y el conocimiento de las personas a las que se les ha impuesto el silencio, con tomar las rutas que a ellos les parecen posibles y suficientemente seguras. No es el camino de la urgencia —aunque es urgente—, ni tampoco el que nos salva del desasosiego y la impotencia de no poder defender al hombre del carro de supermercado o al muchacho al que trató de salvar don Quijote. No es tampoco el camino que salva inmediatamente a los más pobres de la violencia —lo que sería lo único verdaderamente aceptable—. Se trata más bien de un proyecto a largo plazo —más lento, pero más seguro—, una invitación a unirnos a personas en situación de pobreza y a otros para construir juntos la palabra.

Como no dudo de la buena voluntad de don Quijote y no lo hago de mi buena voluntad al iniciar mi frase de defensa aquel día con mis vecinos de calle, no dudo tampoco de la buena voluntad de la mayoría de los académicos, los profesionales del sector social, los activistas, los intelectuales o incluso los burócratas o políticos dedicados a la defensa de los derechos de todos y la erradicación de la pobreza. Pero hay a menudo una distancia demasiado grande con la realidad. Falta, sin lugar a dudas, en sus mesas de trabajo, en esa palabra y acción que ellos construyen y difunden, la experiencia y el pensamiento de las personas en situación de pobreza, del muchacho, de mi vecino de calle y de todos los pobres que no dejan de reflexionar sobre su propia realidad y sobre cómo hacerle frente de manera segura. —El daño estuvo—dijo don Quijote—en irme yo de allí”. Falta quedarnos allí, estar a largo plazo para pensar y construir juntos la palabra y la acción que servirá para romper de una vez por todas el silencio, para construir de una vez por todas la justicia que necesitan los más pobres, y con ellos necesitamos todos.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México
en twitter @beatriz_monje_

Anna ha dado a luz

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Hace días que leemos en la prensa española detalles sobre las circunstancias que han obligado a una familia pre-adoptiva a entregar a su madre biológica al pequeño que cuidaban. Al parecer, los servicios de protección de la infancia y los jueces implicados han considerado, cuatro años después del nacimiento y la retirada inmediata del niño, que hay suficiente evidencia sobre la capacidad de su madre para ofrecer una crianza en seguridad material y afectiva. Más allá de este caso concreto, la noticia ha iluminado no solamente la incompetencia institucional de la que han sido víctimas esta madre biológica, este niño y esta familia pre-adoptiva, sino también y sobre todo la violencia institucional que padecen las personas en situación de pobreza y exclusión social.

A lo largo de los días, hemos sido testigos a través de la televisión, la prensa y las redes sociales del sufrimiento, sin duda natural y terrorífico, de la familia pre-adoptiva; hemos visto sus rostros de dolor repetidamente mostrados en los medios de comunicación, y sido testigos de la compasión que ha nacido en los que de una manera u otra se sienten identificados con esta pareja. Desde luego, es difícil imaginar nada peor que el dolor que ha de provocar una separación así. Pero lo hay, hay algo peor, mucho peor, y es justamente el dolor que, en nombre de la protección de la infancia, soportan miles de padres y madres en situación de pobreza en Europa, miles de hijos también; el dolor de una brutal separación, casi siempre definitiva y demasiado a menudo sustentada sólo sobre los prejuicios de los servicios de protección de la infancia y su incapacidad para comprender las circunstancias de crianza que rodean a las familias en situación de pobreza.

A lo largo de mis ocho años de trabajo en Londres en el seno de ATD Fourth World, inventamos numerosos proyectos para desafiar esta violencia que parecía inevitable en el Reino Unido: que la mayoría de los hijos de los padres y madres jóvenes en situación de pobreza que conocíamos fueran retirados de la guardia y custodia de sus padres y entregados en adopción en contra de su voluntad. Junto a estos padres y madres, inventamos maneras de desarrollar sus habilidades de crianza a pesar de las circunstancias adversas de pobreza, maneras de hacer visibles sus iniciativas para asegurar el bienestar de sus hijos, caminos de resistencia a la violencia institucional, lenguaje para defenderse frente a los tribunales, estrategias de protección de la familia pobre… Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, vi muchas veces con mis propios ojos y mi propio corazón el rostro totalmente roto de las madres viendo partir a sus hijos, a menudo recién nacidos, o de los hijos separándose de sus padres. Aquellos rostros adoloridos e impotentes —que sólo la rabia y las lágrimas que vuelven a mí en este mismo instante podrían describir— no aparecieron nunca en los medios de comunicación, no fueron nunca objeto de compasión o empatía, no hicieron nunca a los medios o a los ciudadanos de a pie señalar la incompetencia y violencia institucional. De la misma manera, hemos visto ahora el dolor de la familia pre-adoptiva, pero no vimos hace cuatro años el rostro de dolor de la madre biológica de este niño retirado y dado en adopción en España. Es escalofriante darnos cuenta de hasta qué punto el sufrimiento de los pobres es ignorado.

Sería justo dar ahora testimonio de todo lo que vi, pero no tengo las fuerzas —y me consuelo pensando que lo hicimos a lo largo de aquellos años y lo sigue haciendo hoy el equipo en Londres —. Hay, sin embargo, una noche que no deja de palpitarme desde el mismo momento en que leí la noticia que provocó en mí escribir. Anna tenía 22 años y había sido ella misma retirada de su madre y criada en una institución. Su primera hija, Mary, ya había sido retirada por los servicios sociales años antes y sin embargo, Anna deseaba tanto criar a un hijo, ofrecer algo. Los servicios sociales, que quitaron a Anna de su madre para salvarla, no consideraron en aquel primer embarazo que ella tenía el potencial de ser buena madre, no le dieron siquiera una oportunidad. Anna volvió a quedarse embarazada, y poco después yo, de mi primera hija. Muy rápidamente Anna preguntó a los servicios sociales qué debía hacer para guardar, cuando naciera, a su bebé con ella, pero todo el mecanismo se puso en marcha y la decisión de retirada y entrega en adopción fue tomada, como en tantos otros casos, antes del nacimiento del bebé. Cada día que pasaba para Anna, era un día más cerca del parto, un día más cerca del final, no del principio. Era muy difícil para mí estar cerca de ella, muchas veces sentí ganas de abandonarla en su dolor para estar yo sólo en mi ilusión de nacimiento, de principio. Anna ya había salido de cuentas, pero el bebé no nacía. Todo parecía de una sabiduría natural más allá de nuestro entendimiento. Casi quince días después, me llamó al final de una tarde la madre de Anna para decirme que era una niña y que Anna me pedía ir a visitarla aquella misma noche, la única que estarían juntas. Por supuesto, mi corazón se resistía a pasar por aquello. Llegué al hospital ya de noche, con una cámara de fotos, un regalito para la pequeña Sarah y unas flores para Anna. Estuve con ellas unas horas y tomé muchas fotos, muchísimas. A invitación de Anna, tomé también yo a Sarah en brazos unos minutos, sobre mi vientre embarazado de mi hija Lucía. Cada segundo que la sostenía me parecía estar robándoles algo, pero Anna me lo había pedido y quiso también tomarme una foto con Sarah.

No estoy segura si fue en ese mismo momento o de camino a casa o unos días después, pero entendí que Anna quiso que yo fuera esa noche al hospital para hacerme testigo, para fijar memoria con otros de que eso había ocurrido: Anna había dado a luz a Sarah, había sido madre, había dado un nombre a su hija; Sarah había llegado al mundo. Al día siguiente, Anna salió del hospital sin su hija, bajo la custodia de los servicios sociales desde esa misma mañana. No recuerdo nada de lo que nos dijimos Anna y yo la primera vez que nos vimos después de aquello, pero no olvido el rostro de dolor y de vergüenza. A lo largo de los años siguientes, alrededor de mi hija ya nacida, Anna me pidió muchas veces hablar de aquella noche con Sarah de la que yo había sido testigo, hablar de aquella noche para que no pudieran ser ignorados ni el nacimiento, ni la maternidad, ni el dolor.

Para esto mismo escribo hoy: contra el dolor ignorado de los pobres, a favor de nuestra humanidad compartida.

Beatriz Monje Barón, Londres/Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

 

La cabecera de este post es un fotograma de la extraordinaria película de Ken Loach Ladybird, Ladybird (1994). Vi la película en Madrid en el 94, seis años antes de llegar a vivir y trabajar en Londres; entonces pensé que seguramente se trataba de una exageración para servir al cineasta; después supe que la realidad podía ser mucho más cruda.

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Es una de las horas más concurridas, la hora pico. El tren y el metro están llenos.

El ir y venir de la gente hace que este lugar sea de un corre corre particular. Es el metro de París y sus pasillos reciben a miles y miles de personas todo el día.

Una rutina específica me permite hacer el recorrido casi a la misma hora, dos veces a la semana. Me tomo el tiempo para ver detalles que quizá otros pasan desapercibidos. Soy una de las pocas que camina sin tanta prisa.

En una esquina, varios músicos ponen a disposición de nuestros oídos, las hermosas notas de una melodía. Es agradable escucharlos en medio de toda la presión que una ciudad como ésta ofrece.

Al bajar las escaleras del pasillo, allí está de nuevo, justo en medio. A la misma hora y en el mismo lugar. Su presencia se pierde entre los pasos de la gente y de las notas de la melodía que ahora se escucha a lo lejos. Es un hombre relativamente joven. De rodillas, con una mano sostiene un rótulo, del que puedo leer “Tengo hambre” (J´ai faim). La otra mano permanece extendida, esperando que alguien le deje algo. Estando yo más cerca, trato de encontrarlo con la mirada, pero la suya está lejos, perdida. Cada vez que lo veo, casi las mismas preguntas están en mi cabeza: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuántos años tiene? ¿Cuánto tiempo pasa sobre sus rodillas? ¿Hasta qué hora espera? esos pensamientos pasan tan rápido como mis pasos. Lo dejo atrás. Así como yo, muchos seguimos el camino, sin detenernos.

Al otro lado, casi al salir a la calle, otro hombre me hace volver la mirada. Con la mano extendida me sale al encuentro. Como ellos, a lo largo del camino, ya sea en una calle grande, con turistas o en una más pequeña, otros nos alcanzan con su mirada o con su voz. Todos son compañeros de la sobrevivencia, de las miradas frías que los atraviesan o de los murmullos de algunos molestos por su presencia. La diversidad me sorprende. Mujeres, hombres y jóvenes, de todas las edades, están allí, en las calles de esta ciudad famosa. No es fácil imaginar esta realidad.

Hay algo que empiezo a entender, la miseria a este otro lado del mundo no es la misma que yo conozco. No es solamente una pobreza material. Eso puede notarse a través de su presentación: ropa limpia y en buen estado. Si no es eso la miseria, ¿entonces qué es?

Ese rótulo en su mano me interpela y me cuestiona.

¿Qué es lo que realmente quieres? Porque el hambre física se quita con un poco de comida.

Elda García, Guatemala/Francia

mi nombre verdadero

Hace ya unos años —durante mi tiempo de trabajo en el centro internacional de ATD Cuarto Mundo en Méry sur Oise (Francia)— tuve la oportunidad de asociarme a la investigación-acción participativa que en aquel momento emprendía ATD Cuarto Mundo en 27 países. El objetivo de nuestra investigación era abordar la relación entre violencia, extrema pobreza y paz a partir de la experiencia y el pensamiento de quienes soportan el peso de la miseria.

Tres años de trabajo —con aproximadamente mil participantes en posición de co-investigadores— sirvieron para concluir que la miseria no es solamente una condición que acumula múltiples y sistemáticas violaciones de los derechos humanos, sino que es en sí misma violencia. Esta afirmación —la miseria es violencia— fue recibida y debatida durante una jornada abierta de diálogo en la Casa de la UNESCO en enero de 2012 en París. Desde entonces, ATD Cuarto Mundo ha podido, muy poco a poco, difundir las conclusiones de este trabajo de investigación y observar su impacto en los debates nacionales e internacionales sobre erradicación de la pobreza, en particular en las discusiones que han resultado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Naciones Unidas, 2015).

Desde entonces, en mí, seguramente también muy poco a poco, ha ido calando está afirmación, esta realidad insoportable, la conciencia de lo irreparable de esta  violencia que es la miseria. De todas las conclusiones alcanzadas, hay una que no ha dejado de revelarse ante mí, y golpearme: la violencia que es no ser ni reconocido ni tratado como un ser humano de igual dignidad.

Estos últimos días, he quedado de nuevo conmovida —y en pie de fraternal lucha— por esta violencia que tiene que ver con el reconocimiento de la dignidad humana. Les invito, antes de continuar leyendo, a mirar este breve fragmento de la serie documental “Pueblos Originarios” (Canal Encuentro. Ministerio de Educación. Argentina).

En remolino se quedaron conmigo todos esos nombres verdaderos —Karai, Vera Chunu, Jachuka Mirî, Karai Mirî, Vera Mirî, Karai Tataendy, Kuray Guyra, Jachuka Rete Jera’i—. En remolino, los nombres de mis hijos —Lucía, Maya, Oliver—, los míos, los de mis abuelas… En remolino, una comunidad que pregunta nombre a Ñanderu, esa búsqueda de nombre verdadero que emprende cada padre y cada madre como acto de amor y de derecho, la dignidad que se concentra en el instante en el que recibimos nuestro nombre… Por fin, la relación entre nuestro nombre propio y nuestra dignidad.

Inmediatamente recuerdo un mural pintado por un grupo de personas muy pobres en Londres. Se trataba de un gran código de barras y una sola la frase: “I am not a number” (“No soy un número”). Recuerdo también sus explicaciones: “Nunca nos llaman por nuestro nombre, como si no fuéramos seres humanos”.

En ese desasosiego, quise encontrar herramienta para el combate en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Naciones Unidas, 1948). Estaba segura de recordar el derecho al nombre en uno de sus primeros artículos. He releído todos ellos varias veces y re-descubierto la belleza de su preámbulo. Desde luego, puede encontrarse implícito este derecho en algunos de los treinta artículos que conforman la Declaración, pero no como tal. Ciertamente confundida, pero aún convencida de la pertinencia de mi búsqueda, acudí a la Declaración de los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 1959). Ahí, en el principio número tres, está lo que me pareció evidente en esos dos minutos y medio de nombres verdaderos: “El niño tiene derecho desde su nacimiento a un nombre”. Es sin duda una osadía, pero de golpe me pareció insuficiente la Declaración de los Derechos Humanos. Inútilmente me consuela saber que la de los derechos del niño es posterior —que lo hubiéramos hecho mejor once años más tarde— y  la plena conciencia de que el niño está contenido en el hombre, la niña contenida en la mujer. Sin embargo, en la honestidad de toda mi ambición para nuestra humanidad, echo en falta una expresión explícita del derecho a ser llamados por nuestro nombre.

Hay, creo yo, una violencia absolutamente inaceptable en la necesidad de renunciar a nuestro nombre propio, a nuestro nombre verdadero para existir “en documento”, frente a un Estado y los derechos que me corresponden. Esta comunidad Guaraní— los pueblos indígenas sistemáticamente ultrajados y desposeídos de sus bienes materiales e inmateriales—, las personas con nombre propio que nos hablan en este documental, las personas muy pobres con las que trabajé a lo largo de aquellos años de investigación, las personas que decían “Nunca nos llaman por nuestro nombre. Yo no soy un número”, todas ellas señalan el corazón de la dignidad humana y la violencia que hemos institucionalizado.

“Incluso en la muerte —explicaba Moraene Roberts (Reino Unido)—, cuando todos deberíamos ser iguales, la identidad de las personas pobres es negada. [Durante la investigación] visitamos un cementerio que, como la mayoría, tiene un área en la que los pobres son enterrados. A lo largo de los años, la tierra se ha ido asentando y podíamos ver filas y filas de montículos. No había lápidas, ni nombres, ni nada que hablara de las personas que ahí yacían. En la muerte, como en la vida, los pobres son convertidos en nada, como si nunca hubieran existido. En la muerte, como en la vida, toda elección y toda dignidad les es negada. Y sin embargo, eran seres humanos, como también lo somos quienes seguimos viviendo en la pobreza”.

La miseria es violencia, concluíamos. Rompamos el silencio, busquemos juntos la paz.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

el verdadero terror

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A inicios de este mes, explotó una bomba en un bus en Guatemala. El delito fue atribuido a las maras. En los medios, se hablar de terror.

En la cárcel, asesinaron a un miembro de la mara 18. Supuestamente por ordenar el bombazo sin autorización de los demás. Con su muerte, y la muerte de los presuntos autores materiales en distintos lugares de la ciudad, se van las probabilidades de conocer la verdad.

Por las noches, evito pasar por la Plaza Central, hay dos o tres muchachos asaltando, casi siempre. Todos los vecinos del centro lo sabemos. Lo sabe la mujer que vende atol en la esquina. Lo saben los niños que venden chicles por las noches. Unos días después del bombazo, la “inteligencia” policial del sector evitó que estallara otra bomba en un bus. El crimen se combate con selectividad ¿o forman parte del mismo plan?

Simultáneamente a los bombazos, dos eventos importantes se desarrollaban en el país. El primero, la elección de magistrados para la Corte de Constitucionalidad, máximo orden de resolución de conflictos legales. El segundo, las enmiendas en el Congreso a la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Dos hechos de suma importancia para reformar, de fondo, a este espacio de tierra llamado Guatemala. Pero las bombas en los buses, venden más.

Otro debate se reactiva: la pena de muerte, unos que sí, otros que no. Siempre de la mano con “el terrorismo”.

Mientras tanto, en algún asentamiento de la ciudad, Erik intenta de nuevo mantenerse en el tercer grado. Ya casi tiene 12 y se empieza a sentir incómodo entre los niños más pequeños. La escuela es aburrida y poco útil. Por las mañanas intenta vender con su mamá, a pesar de las burlas y de los dolores de la mujer que le dio la vida por la artritis.

Finalmente, se eligió a los magistrados de la Corte de Constitucionalidad, no todos están limpios, de hecho, casi nadie. Y las reformas a la Ley Electoral pasaron sin pena, ni gloria, dejando fuera importantes demandas como la validez del voto nulo, el transfuguismo y la igualdad de género.

Los bombazos se vuelven a mencionar de vez en cuando. En la Plaza Central siguen asaltando. Las opiniones respecto a la pena de muerte, nos dividen. Entre todo hay algo que realmente me aterra: que Erik deje de ir a escuela. Que él y tantos niños, niñas, adolescentes y jóvenes, se sumen a los otros 4 millones de niños, niñas y adolescentes guatemaltecos al margen de la educación. Me aterra que la escuela no se adapte y haga lo imposible porque estos niños, niñas y adolescentes aprendan y desarrollen todo su potencial. Me aterra que no existan programas de Estado para que los jóvenes encuentren algo en lo que son buenos y encuentren oportunidades. Me aterra pensar que pueden terminar explotados por una bomba, o explotándola, asaltando en la Plaza, haciéndose de la vista gorda frente a la corrupción, votando por incapaces, que no ocupen cargos de elección popular, o los ocupen para oprimir, me aterra que crean en los medios de comunicación sin cuestionar o que mueran por una inyección letal. Este es el verdadero terror.

Linda Gare, Guatemala

¡…empezando a vivir!

foto: juegosdetiempolibre.org

Joaquín era uno más de los 4.9 millones de jóvenes de los que hablan las estadísticas en Guatemala. Lo encontré en mi camino de compromiso como maestra. Como muchos jóvenes en mi país, la vida no le correspondió de la mejor manera. Desde un inicio, la escuela para él fue difícil. Por eso muchas veces fui a su casa, para que junto a sus hermanos y algunos vecinos, tomaran un tiempo de repaso. Y es que a las dificultades de la escuela se sumaban también las de la comunidad, las de la misma familia. Aún con todo el peso del día a día, su madre estaba allí, pendiente de lo que necesitaban sus hijos. El día que yo llegaba todo estaba listo: la mesa, los cuadernos, los lápices..; y ella sentada junto a mí, atenta a lo que hacíamos.

¿Cómo olvidar el ayer? Si está lleno de miradas, de rostros, de desesperanza, de frustración, de luchas, de amor, pero sobre todo de sueños. Sí, de sueños de niños, de padres y de amigos.

La vida para las familias más pobres sigue siendo aún más dura. Ante la cruda realidad que a muchos les ha tocado enfrentar, uno de los amigos de infancia de Joaquín me decía: “Mejor nos hubiéramos quedado jugando cincos”. Pero, ¿por qué querer detener el tiempo?, podría preguntar alguien. Sólo puede entenderse cuando somos testigos de la violencia cotidiana que se vive en las comunidades, cuando por esa causa, es mejor quedarse dentro para no exponerse a las tantas sorpresas que puede vivirse afuera. Muchos padres buscan diferentes maneras para proteger a sus jóvenes: es triste decirlo, pero, muchas veces no funciona! Nada detiene a ese monstruo de la violencia, de la droga, de las maras, de la prostitución. Estando fuera de la escuela y no encontrando oportunidades que permitan una vida mejor para el presente y el futuro, lo más probable es caer en sus garras.

¿Dónde está el Estado? ¿Qué estrategias se les brindan para que su vida pueda cambiar? Urge la aprobación de la Ley Nacional de la Juventud que los reconozca como sujetos de derecho y que a través de su implementación se brinden condiciones dignas para su presente.

Joaquín ya no está, pero miles de jóvenes siguen de pie, en contra de la corriente, con fuerza, buscando caminos que les permitan cambiar su realidad, siguen soñando con un futuro mejor. Junto a ellos, sus familias seguirán con los esfuerzos cotidianos. Seguimos aprendiendo de ustedes. Que esa fuerza sea la luz en nuestro compromiso.

Elda García, Guatemala/Francia

conocíamos nuestros nombres

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Ciudad de México. Siete y veinte de la mañana. Como cada día, caminito que se abre de regreso a casa tras despedir a mis hijos en la puerta de la escuela. Frescor de una ciudad que amanece, todavía tranquila, a penas el olor a mandarina en las manos del frutero. Camino.

En la acera de enfrente, un joven pierde piso y se derrumba, directo a la calzada. Imagino que es el joven del puesto de periódicos y mi imaginación le ve ya levantándose, de vuelta a sus periódicos. Pero no se levanta y un coche, y un segundo coche, se ven obligados a esquivarlo. Al instante, un hombre que anda le alcanza, alza su pierna derecha como el atleta que se dispone a saltar una barda, y le salta, primero la derecha y después la pierna izquierda. Le salta, y continúa su rumbo: ¿a dónde? ¿hacia qué humanidad se dirige? ¿hacia qué humanidad nos dirigimos?

Años atrás, yo había tenido la oportunidad de conversar en Dublín (Irlanda) con Keith. Él era uno de los mil actores de la investigación participativa en la que ATD Cuarto Mundo estaba trabajando, nos preguntábamos juntos qué significa la palabra violencia en el contexto de la pobreza. Tratábamos de romper el silencio, de buscar la paz. La miseria es violencia decíamos. Decía:

“A los diez años, escapando, logré llegar hasta la estación de policía, pensando que sería un lugar seguro. No pude entrar y me quedé en las escaleras esperando poder obtener ayuda. Nadie me hizo caso, y aún peor, los policías que entraban y salían del edificio me pasaban por encima. Nadie se preguntó que hacía ahí un niño y a nadie le importó. Si alguien pasa por encima de un niño que está solo recostado en una escalera, es que no está viendo en él a un pequeño ser humano, es que no está viendo a un ser humano en absoluto”.

A lo largo de aquellos trabajos de construcción colectiva de conocimiento, cientos de personas en situación de pobreza describieron el hecho de no ser considerados seres humanos como una violencia cotidiana e inherente a la vida en la pobreza: “eso es lo que más afecta a una persona, que te traten como a un animal”; “los más pobres fueron desplazados a otra parte, como basura que se recoge”; “no había nombres para nosotros, sino números”; “no sólo yo no tenía nada, sino que había sido reducido a nada”. Animales, basura, números, nada: “Como si para ellos no fuéramos seres humanos”.

Diálogo tras diálogo, a lo largo de toda la investigación, muchos dijeron: “¡yo soy un ser humano!”. Grito y resistencia del ser humano que tiene que afirmarlo, del que que no ha sido reconocido como tal. “En la muerte, como en la vida, toda dignidad nos es negada. Y sin embargo, somos seres humanos”.

¿Cómo sería posible una humanidad que marcha mientras un hombre, tendido en la calzada, se ve obligado a afirmar en silencio ¡yo soy un ser humano!? ¿Cómo sería posible una humanidad que no reconoce la dignidad humana a cada uno?

Como Keith, Guillermo es también un hombre pobre. Aquella mañana se había roto el tobillo. Si alguien pasa por encima de un hombre tendido en la calzada, es que no está viendo en él a un ser humano. Guillermo y yo nos encontramos de nuevo esa misma tarde, casi en la misma esquina con olor a mandarina y a periódico. Ya conocíamos nuestros nombres. Caminamos.

Beatriz Monje Barón, Dublín/Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

el cantar del pajarito

Oye mamá, el susurrar del río,
Oye mamá, el cantar del pajarito,
Oye mamá, el viento cómo silba,
Oye mamá, el llanto del niño.

Mira mamá, el tiempo ha cambiado,
ya no hay paz como cuando yo era chiquita.
Mira mamá, hay cada vez más miseria,
el pobre es más pobre que cuando yo era chiquita.
Mira mamá, ¡hay tanta violencia, no hay igualdad, ya no se ama como antes!

¿Sabes, mamá, qué es lo más hermoso?
¡Es que nuestro amor no ha cambiado!,
Ni cambiará, ¡porque madre sólo una hay!

Dios te bendiga, madre querida,
por enseñarme a amar
y aprender a escuchar al río,
cuando viene calmado o con furia.

Raquel Juárez, Guatemala