j´ai faim

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Es una de las horas más concurridas, la hora pico. El tren y el metro están llenos.

El ir y venir de la gente hace que este lugar sea de un corre corre particular. Es el metro de París y sus pasillos reciben a miles y miles de personas todo el día.

Una rutina específica me permite hacer el recorrido casi a la misma hora, dos veces a la semana. Me tomo el tiempo para ver detalles que quizá otros pasan desapercibidos. Soy una de las pocas que camina sin tanta prisa.

En una esquina, varios músicos ponen a disposición de nuestros oídos, las hermosas notas de una melodía. Es agradable escucharlos en medio de toda la presión que una ciudad como ésta ofrece.

Al bajar las escaleras del pasillo, allí está de nuevo, justo en medio. A la misma hora y en el mismo lugar. Su presencia se pierde entre los pasos de la gente y de las notas de la melodía que ahora se escucha a lo lejos. Es un hombre relativamente joven. De rodillas, con una mano sostiene un rótulo, del que puedo leer “Tengo hambre” (J´ai faim). La otra mano permanece extendida, esperando que alguien le deje algo. Estando yo más cerca, trato de encontrarlo con la mirada, pero la suya está lejos, perdida. Cada vez que lo veo, casi las mismas preguntas están en mi cabeza: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuántos años tiene? ¿Cuánto tiempo pasa sobre sus rodillas? ¿Hasta qué hora espera? esos pensamientos pasan tan rápido como mis pasos. Lo dejo atrás. Así como yo, muchos seguimos el camino, sin detenernos.

Al otro lado, casi al salir a la calle, otro hombre me hace volver la mirada. Con la mano extendida me sale al encuentro. Como ellos, a lo largo del camino, ya sea en una calle grande, con turistas o en una más pequeña, otros nos alcanzan con su mirada o con su voz. Todos son compañeros de la sobrevivencia, de las miradas frías que los atraviesan o de los murmullos de algunos molestos por su presencia. La diversidad me sorprende. Mujeres, hombres y jóvenes, de todas las edades, están allí, en las calles de esta ciudad famosa. No es fácil imaginar esta realidad.

Hay algo que empiezo a entender, la miseria a este otro lado del mundo no es la misma que yo conozco. No es solamente una pobreza material. Eso puede notarse a través de su presentación: ropa limpia y en buen estado. Si no es eso la miseria, ¿entonces qué es?

Ese rótulo en su mano me interpela y me cuestiona.

¿Qué es lo que realmente quieres? Porque el hambre física se quita con un poco de comida.

Elda García, Guatemala/Francia

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arte 2.18

Por soñar soñé que no amanecía,

por soñar soñé que no llegaba el día,

por soñar soñé que la luna se reía,

por soñar soñé que el sol era mi guía,

por soñar soñé que la tierra me acogía,

por soñar soñé

que los hombres vivirán un nuevo día.

Por soñar soñé.

Antonio Jiménez Gabarre, de su antología Av de la Gavia

mi nombre verdadero

Hace ya unos años —durante mi tiempo de trabajo en el centro internacional de ATD Cuarto Mundo en Méry sur Oise (Francia)— tuve la oportunidad de asociarme a la investigación-acción participativa que en aquel momento emprendía ATD Cuarto Mundo en 27 países. El objetivo de nuestra investigación era abordar la relación entre violencia, extrema pobreza y paz a partir de la experiencia y el pensamiento de quienes soportan el peso de la miseria.

Tres años de trabajo —con aproximadamente mil participantes en posición de co-investigadores— sirvieron para concluir que la miseria no es solamente una condición que acumula múltiples y sistemáticas violaciones de los derechos humanos, sino que es en sí misma violencia. Esta afirmación —la miseria es violencia— fue recibida y debatida durante una jornada abierta de diálogo en la Casa de la UNESCO en enero de 2012 en París. Desde entonces, ATD Cuarto Mundo ha podido, muy poco a poco, difundir las conclusiones de este trabajo de investigación y observar su impacto en los debates nacionales e internacionales sobre erradicación de la pobreza, en particular en las discusiones que han resultado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Naciones Unidas, 2015).

Desde entonces, en mí, seguramente también muy poco a poco, ha ido calando está afirmación, esta realidad insoportable, la conciencia de lo irreparable de esta  violencia que es la miseria. De todas las conclusiones alcanzadas, hay una que no ha dejado de revelarse ante mí, y golpearme: la violencia que es no ser ni reconocido ni tratado como un ser humano de igual dignidad.

Estos últimos días, he quedado de nuevo conmovida —y en pie de fraternal lucha— por esta violencia que tiene que ver con el reconocimiento de la dignidad humana. Les invito, antes de continuar leyendo, a mirar este breve fragmento de la serie documental “Pueblos Originarios” (Canal Encuentro. Ministerio de Educación. Argentina).

En remolino se quedaron conmigo todos esos nombres verdaderos —Karai, Vera Chunu, Jachuka Mirî, Karai Mirî, Vera Mirî, Karai Tataendy, Kuray Guyra, Jachuka Rete Jera’i—. En remolino, los nombres de mis hijos —Lucía, Maya, Oliver—, los míos, los de mis abuelas… En remolino, una comunidad que pregunta nombre a Ñanderu, esa búsqueda de nombre verdadero que emprende cada padre y cada madre como acto de amor y de derecho, la dignidad que se concentra en el instante en el que recibimos nuestro nombre… Por fin, la relación entre nuestro nombre propio y nuestra dignidad.

Inmediatamente recuerdo un mural pintado por un grupo de personas muy pobres en Londres. Se trataba de un gran código de barras y una sola la frase: “I am not a number” (“No soy un número”). Recuerdo también sus explicaciones: “Nunca nos llaman por nuestro nombre, como si no fuéramos seres humanos”.

En ese desasosiego, quise encontrar herramienta para el combate en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Naciones Unidas, 1948). Estaba segura de recordar el derecho al nombre en uno de sus primeros artículos. He releído todos ellos varias veces y re-descubierto la belleza de su preámbulo. Desde luego, puede encontrarse implícito este derecho en algunos de los treinta artículos que conforman la Declaración, pero no como tal. Ciertamente confundida, pero aún convencida de la pertinencia de mi búsqueda, acudí a la Declaración de los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 1959). Ahí, en el principio número tres, está lo que me pareció evidente en esos dos minutos y medio de nombres verdaderos: “El niño tiene derecho desde su nacimiento a un nombre”. Es sin duda una osadía, pero de golpe me pareció insuficiente la Declaración de los Derechos Humanos. Inútilmente me consuela saber que la de los derechos del niño es posterior —que lo hubiéramos hecho mejor once años más tarde— y  la plena conciencia de que el niño está contenido en el hombre, la niña contenida en la mujer. Sin embargo, en la honestidad de toda mi ambición para nuestra humanidad, echo en falta una expresión explícita del derecho a ser llamados por nuestro nombre.

Hay, creo yo, una violencia absolutamente inaceptable en la necesidad de renunciar a nuestro nombre propio, a nuestro nombre verdadero para existir “en documento”, frente a un Estado y los derechos que me corresponden. Esta comunidad Guaraní— los pueblos indígenas sistemáticamente ultrajados y desposeídos de sus bienes materiales e inmateriales—, las personas con nombre propio que nos hablan en este documental, las personas muy pobres con las que trabajé a lo largo de aquellos años de investigación, las personas que decían “Nunca nos llaman por nuestro nombre. Yo no soy un número”, todas ellas señalan el corazón de la dignidad humana y la violencia que hemos institucionalizado.

“Incluso en la muerte —explicaba Moraene Roberts (Reino Unido)—, cuando todos deberíamos ser iguales, la identidad de las personas pobres es negada. [Durante la investigación] visitamos un cementerio que, como la mayoría, tiene un área en la que los pobres son enterrados. A lo largo de los años, la tierra se ha ido asentando y podíamos ver filas y filas de montículos. No había lápidas, ni nombres, ni nada que hablara de las personas que ahí yacían. En la muerte, como en la vida, los pobres son convertidos en nada, como si nunca hubieran existido. En la muerte, como en la vida, toda elección y toda dignidad les es negada. Y sin embargo, eran seres humanos, como también lo somos quienes seguimos viviendo en la pobreza”.

La miseria es violencia, concluíamos. Rompamos el silencio, busquemos juntos la paz.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_