soy varón y rechazo la discriminación de las mujeres

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“No conozco mujeres que sean buenas profesionales en programación o en el área de sistemas”, “las mujeres no son eficientes ni competentes cuando están embarazadas, “las mujeres son muy hormonales e impredecibles para dirigir”. Estas son algunas frases que se escuchando en diferentes espacios laborales, reforzando prejuicios y estereotipos de género.

En muchas empresas e instituciones los cargos de poder y decisión están en manos de hombres, incluso en aquellos que promueven el empoderamiento femenino o Derechos Humanos. Esta realidad muestra que todavía es difícil reconocer a las mujeres como profesionales competentes y capaces, debido a estereotipos que la relacionan con el carácter débil, con su capacidad de cuidar exclusivamente a la familia y ser el soporte principal de otros (esposo e hijos), creyendo consciente o inconscientemente que no puede ser una buena líder. Esta realidad hace que esté en constante evaluación, valorando las características más cercanas al comportamiento masculino, por ejemplo: la cantidad de tiempo extra que le dedique al trabajo, sin tomar en cuenta que para un hombre es más sencillo quedarse más tiempo en el trabajo, pero no es así para las mujeres, porque también debe cumplir con otras responsabilidades como la maternidad o el trabajo en casa, responsabilidades que muchas veces suelen ser impuestas.

¿Qué pasa con las mujeres en situación de pobreza? Ellas se encuentran en condiciones mucho más vulnerables, no sólo por su limitada formación educativa, sino porque están expuestas a trabajos que si bien coadyuvan a su autonomía e independencia, como: personal de limpieza, cocineras, vendedoras en puestos en la calle, entre otros, son ocupaciones que siguen reafirmando los estereotipos sexistas donde se considera que la mujer sólo es útil para cierto tipo de tareas. Hoy en día muchas de ellas van incursionando en trabajos tradicionalmente considerados masculinos como la construcción, la conducción de transporte público o la mecánica, pero se desvaloriza su esfuerzo pagándoles menos de la misma manera que se ignoran y quedan impunes las situaciones de violencia a las que a menudo están expuestas.

Estas realidades visibilizan claramente desigualdades e injusticias sociales que excluyen a las mujeres en base a prejuicios que subestiman sus capacidades. Es posible que esta desigualdad se mantenga a causa de un cierto privilegio que reciben los varones, entregándoles poder y autoridad en cualquier tipo de relación. Estás diferencias marcadas por la sociedad se inician desde la niñez, situaciones en que las niñas deben quedarse en sus hogares para apoyar las tareas domésticas mientras que muchos niños pueden salir a espacios libres de recreación; ya cuando son jóvenes ellas deben velar del cuidado y seguimiento de sus hermanos, como si fueran una especie de segunda madre. Pasando por una serie de etapas podemos ver como se consolidan estos estereotipos en los espacios laborales donde el trabajo de las mujeres no es reconocido o en el peor de los casos son los jefes los que se llevan dicho reconocimiento.

Una madre compartía en la Universidad Popular de ATD Cuarto Mundo las siguientes palabras: “hay todavía papás que crían a sus hijos diciendo que los varones tiene que seguir el apellido, hasta ahora sigue haciéndolo, por ejemplo mi papa era así, decía: ‘él es varón, él va seguir el apellido, el varón tiene que trabajar, nada más, en cambio a mi hija, ella es mujer, va perder el apellido, solo sirve para cocinar, para que sufra, para que tenga hijos, para nada más’. Eso decía, pero la mujer le alcanza todo a un hombre, la mujer sufre más, el varón no lleva niños cargados, no tiene que ir a la escuela, lavar, recoger, las mujeres tenemos mucho trabajo en la casa, en cambio los hombres solo tienen un solo trabajo, y eso para mí está mal. En estas épocas que hombres tienen que aprender a cocinar y no mirar a la mamá, tienen que saber trabajar como la mujer, sufrir como la mujer”. Esta señora no sólo trabajaba en su hogar sino que a la vez innovaba diferentes formas de trabajo para generar ingresos adicionales para el bienestar de su hogar.

Pero lamentablemente esta lógica de poder se consolida en todos los miembros de la sociedad, es así que a veces se puede ver a mujeres que reproducen estereotipos machistas de forma consciente e inconsciente debido a la naturalización de comportamientos, es decir que de alguna forma es visto como algo natural que sea el hombre el que tome las decisiones, o el que debe recibir un trato preferencial en muchos aspectos de la vida. No es extraño, que entre las mismas mujeres se vayan marcando más las brechas de entendimiento. Sin ir muy lejos podemos apreciar la actitud que toman algunas mujeres como jueces de la vida de otras mujeres marcado por frases como “esa mujer floja no atiende a mi hijo”, “mi hermano se merece una mejor mujer”, “pobre de su hijo con esta mujer que no sabe ni cocinar”, “seguro anda de coqueta buscando hombres”.

Se ha dicho mucho sobre el hecho de que las mujeres reproducen estas situaciones e incluso se las culpa por la educación que brindan a sus hijos e hijas, pero al realizar un análisis tan simple de esta situación estamos ignorando que los hombres somos los que nos beneficiamos de esta condición. Como varón pienso que debemos afirmar que no es justo que mujeres sean despedidas por estar embarazadas, que ganen menos por el mismo trabajo, que sean víctimas de acoso sexual por algún compañero, que en toda entrevista de trabajo se les tenga que preguntar si es soltera como requisito para obtener el empleo, que se les pida tener una buena presencia para acceder a mejores trabajos, etc. Y debemos analizar estas situaciones no sólo porque también tenemos una hija, una madre o una esposa, sino por el hecho de que todas las mujeres se merecen respeto, dignidad, pero sobre todo un trato justo y equitativo. Si superamos esta injusticia el mundo sería mejor para todos, no sólo para las mujeres.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz

construir juntos la palabra

02Don Quijote de la Mancha / Estampa de F. Bouttats en 1697

Un hombre y una mujer, los dos bastante mayores, duermen desde hace unos meses bajo un techo en un edificio abandonado muy cerca de donde yo vivo. Allí se resguardan por la noche y resguardan también un carro de supermercado lleno de cosas, sus cosas. Suelen llegar al final del día, a menudo cargados de cables eléctricos que les veo limpiar mientras conversan. Imagino que durante el día buscan comprador para el cobre que recuperan de los cables viejos, pero en realidad nunca les encuentro durante el día sino por las noches, con frecuencia compartiendo cena con otras personas que parecen también dormir en la calle. Como vecinos, solemos saludarnos, hablar un poquito del frío o del calor o de la lluvia, desearnos una buena noche.

Hace un par de semanas, vi como alguien les insultaba por tener su carro de supermercado todavía en medio de la acera —la banqueta, según decimos en México—. Vi al hombre retirar el carro sin decir nada y al otro hombre, el que les insultaba, gritar cada vez más fuerte. Quise hacer algo e inicié una frase con la intención de detener aquello que me parecía tan violento e injusto. El hombre del carro, mi vecino, me paró a través de un gesto hecho con los ojos y yo paré las palabras que se preparaban en mí. Había entendido que mi vecino me pedía no decir nada, y continué mi rumbo llena de desasosiego, incapaz de aceptar aquel silencio.

Todos nosotros hemos sido alguna vez testigos de violencia contra personas pobres. Desde luego, yo me he visto muchas veces antes en situaciones parecidas a la del otro día, a veces en la calle o en un comercio, otras veces con personas verdaderamente cercanas. En particular, recuerdo aún con angustia lo que viví a menudo en Madrid o en Londres acompañando a personas en situación de pobreza durante sus encuentros con profesionales de los servicios sociales, y en cuántas ocasiones tuve que callarme ante la humillación a la que eran sometidos. Supongo que era natural, e incluso deseable, que yo iniciara algunas veces frases de protesta, y sin embargo aprendí a lo largo de los años que mi rebeldía no me ponía en riesgo a mí sino a ellos, no les defendía a ellos, sino que más bien terminaba defendiendo sólo mi propia imagen de mí misma —lo que es desde luego legítimo, pero inútil para los más pobres—.

Hace unos años, los trabajos de investigación que miembros de ATD Cuarto Mundo desarrollaron alrededor de la violencia en la pobreza me permitieron entender mejor el uso que los más pobres hacen del silencio y lo que es necesario para salir de él, para romperlo. A menudo he leído o escuchado que los pobres se callan por desconocimiento de sus derechos o, peor aún, porque, a fuerza de golpes, ya no son conscientes de estar recibiendo un trato injusto o violento. Sin embargo, ellos dijeron entonces de manera muy firme “nos callamos para que la situación no empeore” y lo que es todavía más importante para mí: “Aun confrontados a todo tipo de injusticias, queda en nosotros la conciencia plena de que lo que vivimos constituye una violencia”.

Habitada todavía por estas reflexiones y el desasosiego de aquel momento de silencio compartido con mi vecino de calle, llegué pocas noches después a un pasaje de Don Quijote de la Mancha que resultó absolutamente conmovedor para mí en aquel momento:

“—Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondió el muchacho—; pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.

—¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—.Luego ¿no te pagó el villano?

—No sólo no me pagó —respondió el muchacho—, pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un San Bartolomé desollado; y a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa; porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito, y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y como no lo pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo, que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.”

Me estremece tomar conciencia de esta larguísima historia de silencios para la supervivencia, de la larguísima historia de los que no pueden defenderse y no pueden dejarse defender, de la larguísima historia de los que no logran defender a otros. Mucho antes de don Quijote, en el mismo tiempo del caballero andante y hoy, cuatrocientos años después, siguen los pobres obligados al silencio, y en nosotros el miedo de ponerles en riesgo con nuestras valentías.

Desde luego, podemos fácilmente caer en la tentación de la desesperanza o en la trampa de concluir que debemos aceptar la violencia sin hacer nada. Hay sin embargo un camino posible y necesario que tiene que ver con crear las condiciones para romper el silencio de manera colectiva, que tiene que ver con el reconocimiento de la experiencia y el conocimiento de las personas a las que se les ha impuesto el silencio, con tomar las rutas que a ellos les parecen posibles y suficientemente seguras. No es el camino de la urgencia —aunque es urgente—, ni tampoco el que nos salva del desasosiego y la impotencia de no poder defender al hombre del carro de supermercado o al muchacho al que trató de salvar don Quijote. No es tampoco el camino que salva inmediatamente a los más pobres de la violencia —lo que sería lo único verdaderamente aceptable—. Se trata más bien de un proyecto a largo plazo —más lento, pero más seguro—, una invitación a unirnos a personas en situación de pobreza y a otros para construir juntos la palabra.

Como no dudo de la buena voluntad de don Quijote y no lo hago de mi buena voluntad al iniciar mi frase de defensa aquel día con mis vecinos de calle, no dudo tampoco de la buena voluntad de la mayoría de los académicos, los profesionales del sector social, los activistas, los intelectuales o incluso los burócratas o políticos dedicados a la defensa de los derechos de todos y la erradicación de la pobreza. Pero hay a menudo una distancia demasiado grande con la realidad. Falta, sin lugar a dudas, en sus mesas de trabajo, en esa palabra y acción que ellos construyen y difunden, la experiencia y el pensamiento de las personas en situación de pobreza, del muchacho, de mi vecino de calle y de todos los pobres que no dejan de reflexionar sobre su propia realidad y sobre cómo hacerle frente de manera segura. “—El daño estuvo—dijo don Quijote—en irme yo de allí.” Falta quedarnos allí, estar a largo plazo para pensar y construir juntos la palabra y la acción que servirá para romper de una vez por todas el silencio, para construir de una vez por todas la justicia que necesitan los más pobres, y con ellos necesitamos todos.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México
en twitter @beatriz_monje_

reciclaje en la pobreza: entre la sobrevivencia y la conciencia

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Mucho se lee o se escucha de los grandes eventos que tratan sobre el tema del cambio climático. Luego de la COP21 en París en diciembre 2015, ahora se habla de la Cumbre Climática COP22 que se desarrolla en Marruecos estos días de noviembre 2016. Entre los objetivos de la COP22 está el de ayudar a los países en vías de desarrollo a elaborar programas contra el cambio climático. Al mismo tiempo de este evento mundial, en Guatemala, mi país, se presenta la iniciativa de ley que prohibirá el uso de las bolsas plásticas, un primer paso en esta responsabilidad ambiental asumida por los Estados.

La mayoría de veces, las frases y conceptos técnicos se pierden en los documentos; nadie desconoce que la mayoría de los desechos y de las conductas consumistas vienen de los países “desarrollados”, que si bien es cierto proponen medidas para reducir los impactos ambientales, también son los primeros en evidenciar la falta de un compromiso real. Eso puedo verlo en el día a día y es una de las cosas que siguen impactándome desde que vivo en Francia.

Más allá de estas cumbres internacionales, están los esfuerzos cotidianos invisibilizados que llevan a los habitantes de ciudades, de barrios y de los más sencillos lugares habitados, a realizar cosas concretas para hacer frente a esta problemática mundial.

Caminando un día por la calle en Francia, me encontré con una cantidad de muebles en buen estado. No entendí qué hacían en las puertas de las casas hasta que alguien me explicó que son las cosas que las personas tiran porque ya no son útiles. No entiendo bien cómo las personas pueden tirar estos muebles y objetos. En mi país es casi imposible ver esto. Los objetos se venden como de segunda mano o se tiran cuando verdaderamente ya no pueden servir. Otros se comparten entre nuestra familia o se ofrecen a alguien muy cercano. Pero claro, Francia es un país donde cada día hay algo nuevo para comprar.

Viendo esta realidad no dejo de pensar en Guatemala, donde muy a menudo nos encontramos con personas que están recuperando lo que se estropea. Es tan difícil obtener todo, que no podríamos desecharlo tan fácilmente. Hasta lo que parece ya inservible ¡puede ser rescatado! Para unos, recuperar o reciclar es un trabajo, para otros simplemente es una manera de ahorrar.

Viene a mi memoria un hombre cuyo trabajo es hacer reparaciones de todo lo que encuentra. Cuando lo veía, siempre estaba con algún proyecto en sus manos: una plancha, las láminas de su casa, el radio del vecino, etc. Un día que vino a nuestra casa porque el ventilador se había descompuesto, rápidamente nos dijo: “eso es fácil de arreglar”. Y claro, lo hizo funcionar luego de un rato trabajando. Para él era difícil imaginar que un objeto fuera a la basura; sabía muy bien cómo sacar provecho de todas las cosas que para algunos “ya no tenían solución”. Era de esa manera como lograba obtener algunos quetzales para la comida del día. Todo en su casa había sido recuperado: la televisión, la radio, la plancha, las camas, realmente todo ¡Y lo contaba con orgullo! Lo que me parecía increíble, era que muchas veces elaboraba el producto que necesitaba para la reparación. Cuando le preguntaba ¿cómo ha aprendido esto?, siempre me contestaba: ¡la vida me ha enseñado!

Otro joven que trabaja todos los días vendiendo cosas de segunda mano en un mercado popular me explicaba cómo lograba rescatar algunas cosas: a veces recogía de la basura muñecas viejas que sabía que podían reparar. Con mucho cuidado desarma cada pieza. Si tienen ropa, la lava y la plancha. Las que son de tela, hay que descoserlas con cuidado. Algunas necesitan cambio. Las partes que son de plástico las limpia muy bien y luego la arma. La muñeca vuelve al mercado, donde alguien podrá pagar por ella un precio cómodo. Es un trabajo artesanal que requiere de mucho cuidado. También es claro que la mayoría de personas no lo hace por una conciencia ecológica, sino más bien por sobrevivencia.

Para los más pobres reutilizar es la única opción. Y así nos encontramos frente a los verdaderos expertos, aquellos que resisten, descubren y ponen en práctica mecanismos certeros para frenar la destrucción acelerada de nuestra tierra. Inconscientemente se declaran como los primeros colaboradores de esta limpieza mundial,  ¿a qué esperamos entonces para tomarlos en cuenta y enriquecer esta búsqueda de las soluciones para salvar nuestro planeta?

Elda García, Francia / Guatemala

En la portada: doña Ester Hernández con una de sus creaciones. Taller ‘Trabajar y Aprender Juntos’, artesanías hechas de papel reciclado. Guatemala.

‘mejorar la raza’

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“Hay que mejorar la raza” son las palabras que usan muchas señoritas y jóvenes de Bolivia al momento de referirse a su búsqueda de pareja, personas de piel morena que quieren verse más blancos o que al menos aspiran que sus próximas generaciones sí puedan verse “mejor”.

Bolivia es el país con el mayor porcentaje de población indígena de Latinoamérica y el único con un presidente indígena, el señor Evo Morales Ayma —usamos el término indígena para referirnos a las culturas, pueblos y naciones originarias de este territorio, también conocidas como pueblos amerindios y pre coloniales— . El 22 de febrero del 2010 Bolivia es refundado como un estado plurinacional a través de su Nueva Constitución Política del Estado (NCPE), ley fundamental que reconoce 36 pueblos o naciones indígenas originarias; entre ellas, la afroboliviana, descendientes de los esclavos traídos de África en la época de la colonia que son hoy reconocidos bolivianos originarios por el dolor y sufrimiento compartido pero también por la lucha de lo que se constituye como su nueva cultura en Bolivia.

Alrededor de un 66% de la población boliviana es indígena o descendiente de indígenas, una población indígena mayoritaria que ha sido sin embargo históricamente explotada, denigrada y humillada. Previo a la aprobación de la NCPE en el año 2008, los indígenas fueron perseguidos, golpeados y desnudados en las ciudades de Santa Cruz y Sucre, e incluso fueron asesinados en la masacre de Porvenir en el departamento de Pando. A la vez, un periodista de Beni lanzaba sus gritos de amenaza por la radio: “Raza maldita, tienen 24 horas para salir de Riberalta”. Esta violación de los derechos humanos de los indígenas no es más que el reflejo del fuerte racismo que se vive en Bolivia. La fundación de un Estado Plurinacional es apenas el primer auténtico esfuerzo para luchar contra el racismo y la humillación que sin embargo se mantienen presentes en Bolivia.

Si bien la presencia de un presidente indígena contribuyó de manera simbólica a la aceptación del indígena en el imaginario de las personas, se percibe a la vez un desprecio y rechazo al indio que se va consolidando. Al mínimo error del presidente, escuchamos frases como “este indio de mierda”, o en la redes sociales leemos frases como “imilla perra”, “aunque el mono se vista de seda, mono se queda” para mencionar a la hija de presidente. El mensaje es claro: nos referimos de manera general al presidente como “el Evo”, igual que si se tratara de tu mascota “el pulgas” o “el firulais”.

Desde mi punto de vista, en Bolivia existe una relación directa entre racismo y pobreza. Si bien el colonialismo español terminó en Bolivia el año 1825 no podemos negar que las raíces coloniales y sus consecuencias siguen presentes en Bolivia. Durante todos estos años de independencia se mantuvo una estructura elitista donde unos eran preparados para dirigir y gobernar, mientras que el resto debía obediencia y respeto a los primeros. Un aspecto que marcaba esta posibilidad dentro de la sociedad era el aspecto racial de las personas. Los barrios donde viven personas con mayor poder adquisitivo son habitados, casi en su totalidad, por personas blancas; al mismo tiempo, contratan personas de piel morena para que trabajen de seguridad durante el día y la noche. En estos lujosos barrios aún escuchamos como las mujeres, hombres e incluso los jóvenes y niños se refieren a esos rostros morenos como el “doncito” o el “hombrecito”. ¡Qué desprecio! Pequeños e insignificantes seres humanos, expresiones que revelan el dominio o la superioridad de unos sobre otros; entonces sucede que es aceptable explotar a esos rostros humildes y dar oportunidades a los rostros más claros.

Al mismo tiempo, podemos ver rostros morenos discriminando otros rostros morenos, tal vez porque estos últimos son ligeramente más morenos. Una madre me compartía como entre sus mismos hijos se discriminan, uno de ellos tiene la piel un poco más oscura razón por la cual sus otros dos hermanos le llaman negro. Estas mismas formas de maltrato y humillación se repiten en las escuelas, colegios, universidades, trabajos y espacios públicos. Aquel que en su momento fue tratado de indio ignorante ahora llama indio estúpido a su vecino, a su compañero de trabajo, a su hermano.

La cara triste de la historia sucede cuando todos estos mensajes de inferioridad se reproducen dentro de las personas humilladas y menospreciadas. Una persona en situación de pobreza decía: “nos daña en lo que se llama autoestima, en nuestro sentido de valor, de cuanto valemos, nos hace pensar que no valemos nada, de que vivir a veces no vale nada porque se ha hablado incluso de casos de suicidio, cuando la vida debería ser el valor más elevado”. De alguna forma, la historia se reproduce, ahora las palabras de desprecio a tu piel surgen de tu misma mente o de tu boca, y la esperanza se manifiesta desde la negación de uno mismo, expresada en la frase “hay que mejorar la raza”, y se consolida en costosos productos de belleza que prometen aclarar tu tono de piel y se reproduce con la negación de tus raíces culturales e incluso la negación de tus propios padres.

Es así como vivimos en Bolivia: un país con mayoría indígena que se niegan a aceptarse como personas bellas e inteligentes. Nos negamos a ver al otro como un ser humano que se merece respecto y trato digno, no queremos aceptar su opinión porque son ignorantes, flojos o pobres. De manera personal puedo decir que a mí me han llamado de manera despectiva como cholo, indio o tara (palabra en lengua indígena quechua que significa cargador pero que es usada de manera despectiva), y que hoy yo sigo luchando por amar los rostros morenos de mi gente. Es a esa lucha interna, individual y social a la que llamamos descolonización.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz

donde por luz te tengo

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Georgina Simmonds

 

Algunas personas creen que la magia no es real,
pero un pájaro canta: ¿qué hay acerca de los sueños?

Quizá me puedas decir que un unicornio es falso,
pero un niño dice: ¿qué hay acerca de los sueños?

What about the dreams? Draco Laca

Desde hace casi veinte años convivo con niños, adultos y familias enteras en situación de pobreza, primero en los barrios muy pobres de la periferia de Madrid, después en pleno corazón de Londres, y ahora en los diferentes países de América Latina y el Caribe en los que ATD Cuarto Mundo está presente.

No hay nada hermoso en la violencia que es la vida en la pobreza, y sin embargo, a lo largo de todos estos años, he sido testigo de cómo los más pobres buscan y crean la belleza en sí mismos y en el entorno hostil en el que viven. Mientras escribo, numerosos ejemplos vienen a mi mente: una mujer que cuida flores en la puerta de su vieja casa hecha de madera recuperada; un hombre que alegra la habitación de su hijo con pinturas encontradas en la basura; una anciana que hace ganchillo para vestir a sus niños Jesús; un padre que recupera del vertedero rollos de tetra-briks para hacer mantelitos para los estantes de su casa de lata; una familia entera que coloca la leña a modo de escultura dentro de la casa; otra familia que coloca las mantas durante el verano bien dobladas unas encima de otras, combinando los colores y a la vista de todos; unos niños que cuelgan sus dibujos en la parte más alta de las paredes de su casa, donde más se ven y parecen más a salvo; una madre que barre sin cesar su casa de piso de arena… Cuando los miramos desde lejos, es difícil encontrar belleza alguna en los hogares que se ven obligados a habitar las familias más pobres; desde cerca y al detalle, podemos notar fácilmente esa pulsión por la belleza que hay en cada uno de nosotros, ese deseo de lo hermoso que permanece en cada ser humano incluso en las circunstancias más adversas.

De todos esas cosas que sólo se ven de cerca, no ha dejado de maravillarme a lo largo de los años el deseo de escribir poesía de tantas personas pobres que he conocido, como si ellos —sin haber estudiado literatura o haber tenido oportunidad de aprender junto a otros, a veces incluso sin haber logrado leer o escribir— supieran más que nadie sobre la capacidad de un poema para trascender la realidad, para alcanzar en el otro un lugar verdadero, para permitirnos una forma particular de exactitud con la palabra.

Hace unos días, he recibido desde Madrid un libro de poemas escrito por Antonio Jiménez, a quien conocí hace veinte años en el barrio en el que vivió de niño. No olvido sus ojos apasionados y la fuerza de sus juegos y rebeldía, y recuerdo perfectamente el día en el que Antonio me dijo que por fin conocía todas las letras del abecedario, que ya solo le faltaba juntarlas. Algunos años después, celebramos que Antonio ha logrado juntar todas las letras y ofrecernos Avenida de la Gavia, un libro cargado de verdad y encuentros con la belleza.

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Los golpes que en medio de la noche hacen temblar mi puerta
vienen de la mano del frío.
Con el aliento congelado vienen
para arrancarme,
para arrastrarme las bestias al campo sembrado,
donde por luz
te tengo.

Avenida de la Gavia. Antonio Jiménez

La lectura del libro de Antonio me hace pensar de inmediato en otras personas que en medio de la pobreza buscan también la palabra y la belleza a través de la poesía: en Georgina Simmonds, mujer que camina Londres siempre con una libreta en la mano, que participa siempre en todo lo que ocurre a través de la escritura y la lectura de un poema, como única manera posible para ella de estar en un lugar desde la libertad de palabra; en Emilio ‘Draco Laca’, joven que conocí hace un tiempo en un penal de menores en México; en las mujeres y hombres pobres que quisieron salir de las sombras a través del libro de poemas Out of the Shadows; en Raquel Juárez, guatemalteca en resistencia sostenida a través de su trabajo mal pagado y su vocación de poeta, en busca de mi talento, según lo dice ella.

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Cuando miro que ya el sol se va metiendo,
pienso que pronto va a hacer frío
y me pongo a abrigar a mis pequeños
para que no tengan frío ni se enfermen.

Raquel Juárez

Cada uno de nosotros deberíamos tener los medios para desarrollar nuestro potencial, para salir al encuentro de nuestro talento, para dar lo mejor de nosotros mismos. Cada uno de nosotros deberíamos tener la posibilidad de realizar nuestra aspiración de belleza sin tener que agotarnos haciendo frente a los innumerables obstáculos que presenta la vida en la pobreza. Como millones de personas en el mundo, Georgina, Raquel, Emilio y Antonio lo tienen mucho más difícil que quienes no conocemos la pobreza, y sin embargo, en medio de la batalla por la supervivencia que se ven obligados a librar cada día —las interminables caminatas buscando chatarra para re-vender; las largas horas lavando ropa ajena; las humillaciones que vienen con las ayudas sociales; la energía necesaria para protegerse de la violencia de los barrios; los sacrificios para que el alimento alcance para todos; el peso del agua que es necesario cargar hasta el hogar… —, ellos buscan también la belleza y la realizan; obligados a convivir con tanta fealdad, ellos buscan la belleza como forma de resistencia, lo hermoso con la urgencia de los que saben que no les será regalado, que serán ellos mismos, sus manos hacedoras, quienes habrán de crearlo. Si miramos de cerca, podemos notar fácilmente esta búsqueda incansable, y ahí, en nuestra aspiración común, reconocer la humanidad que compartimos.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

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                                                                                                       Out of the Shadows. Georgina Simmonds.

 

 

con hambre, la letra no entra

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Durante algunos años he formado parte del equipo permanente de ATD Cuarto Mundo en Guatemala, un movimiento de personas que cree que la miseria no es inevitable, sino que es causada por relaciones injustas y podemos destruirla. Antes de eso, ejercí la docencia durante siete años en el sector público y también privado, este ha sido un tiempo muy importante para mi formación.

En el marco de las acciones de carácter educativo que ATD Cuarto Mundo llevaba a cabo en un asentamiento de la costa sur del país, Francisco venía a nuestra sede tres veces a la semana por la tarde. Junto a él, otros niños también participaban. Entonces tenía doce años. Al iniciar el ciclo escolar, nuevamente podíamos ver en él su entusiasmo, la actitud positiva que lo caracterizaba a pesar de que era la cuarta vez que iniciaba el primer grado de primaria.

Las cosas no eran fáciles. Cada año era más evidente la diferencia entre sus compañeritos de clase y él. En realidad, así fue desde que a causa de la pobreza extrema de su familia, no fue posible para Francisco ingresar a la escuela a la edad establecida. En el salón, pero también en la comunidad, se burlan de él: ya todos saben la cantidad de años que ha estado en el mismo grado. Además, es uno de los primeros que ocupa los lugares del grupo C, en otras palabras, el grupo de los peores, o las tortugas, o los menos avanzados, o como quiera llamar la maestra a los que tienen dificultades para aprender.

Casi nunca pasa desapercibido dentro del grupo de niños. Algunos se quejan porque muy a menudo llega con olor muy fuerte en él, otros lo toman como una razón más para alejarse. En el recreo, casi siempre está solo, en una esquina. Viendo correr a todos los niños, simplemente sonríe. Sus ganas de seguir en la escuela son fuertes. Si se entera de que hay cambio de maestra, está aún más feliz, cree que esta vez las cosas van a cambiar. Un día llegó muy contento, diciendo que a su nueva maestra le gustaba cantar.

Lo que pocos saben de Francisco es la situación de precariedad en la que vive su familia. En su casa hay días en los que no hay nada para comer. Por lo regular, hace un solo tiempo de comida, si hay suerte dos, pero sólo si ocurre un milagro, podrán comer los tres tiempos. Por las fuertes lluvias en invierno, todo en su casa está mojado. En ocasiones, no hay calcetines ni limpios, ni secos. Él tiene una camisa y un pantalón para ir todos los días a la escuela. Su papá no tiene un trabajo estable. Hace mucho tiempo que dejó de tenerlo, ahora sale a buscar chatarra, o hace pequeños trabajos a los vecinos.

Lo cierto es que en Guatemala existen cientos, miles de niños con la misma historia que Francisco. Niños que tienen muchas ganas de aprender, cuyas ganas se irán desvaneciendo poco a poco, porque es necesario ser muy fuerte para resistir a la realidad de su familia, de su comunidad y de su escuela. “Con hambre, la letra no entra”, nos dijo un día una madre de familia; como aquella madre, la madre de Francisco sabe muy bien cuál es la causa de la problemática de la deserción y de la no promoción que afrontan muchos maestros en sus aulas, pero nunca es escuchada.

A lo largo de mis años de docencia y mi trabajo en el seno de ATD Cuarto Mundo, he aprendido, estando junto a la familia de Francisco y de otras cuantas más, que es necesario conocer para comprender la vida de los niños y sus familias, pues sólo esto permitirá que puedan avanzar y no ocupen las estadísticas de los excluidos del sistema educativo.

Elda García, Guatemala / Francia

cuando las ganancias están por encima del ser humano

Periódico Los Tiempos (07-09-2016)

En septiembre de este año, productores de leche de Bolivia empezaron a realizar protestas y bloqueos debido a que la empresa recolectora tuvo que reducir, por la falta de demanda, la cantidad de litros que compraba. Esto quería decir que la cantidad de leche producida superaba la cantidad vendible en el mercado interno boliviano.

Luego sucedió algo que molestó mucho a nuestra población: los productores de leche decidieron tirar este alimento a la calle como acto de protesta. ¿Cómo se explica que en un país con una importante tasa de desnutrición infantil se realicen este tipo de actos?

Escuché esta noticia justamente cuando me encontraba comiendo en la mesa de una persona que vivió de manera muy fuerte la pobreza, ella me había invitado a almorzar pero yo sabía que no tenía lo suficiente. ¿Por qué las personas que tienen poco o casi nada son tan solidarias? Luego de recibir varias invitaciones de esta misma persona, me atreví a preguntar: ¿Por qué lo haces si sabes que no tienes lo suficiente?, y la respuesta fue impactante: “Porque sé lo que es no tener y lo importante que es compartir lo poco que uno tiene”.

Muchas veces me topé con esa realidad: que las personas que viven la pobreza son las primeras en ayudarte compartiendo los pocos alimentos que tienen. En mi experiencia, las personas que conocen lo que es pasar hambre no se fijan si tienes o no tienes dinero, simplemente comprenden que en ese momento es necesario compartir.

Los productores de leche en Bolivia no son empresarios con grandes capitales, al menos no en sus orígenes. Es verdad que poco a poco la realidad rural de mi país va mejorando y los productores de leche ahora tienen cierta estabilidad económica, pero sus raíces están en hogares rurales humildes o precarios. Entonces, ¿cómo se explica que gente con fuertes raíces en esta realidad termine tirando la leche a la calle? Seguro existen muchas causas, pero para mí es claro que una de las principales es el interés por el dinero sobreponiéndose a nuestro sentido humano de solidaridad.

La leche es muy importante para la nutrición de los niños, pero para las familias pobres de mi país es un bien de lujo que pocas veces pueden dar a sus hijas o hijos. Perdidos de alguna forma entre volúmenes de producción que incrementen las ganancias, los productores de leche terminan olvidando los principios de la comunidad de los que provienen y son capaces de desperdiciar alimentos o simplemente dejarlos sin compartir. Como lo hizo la mujer que me invitó a su mesa, ¿soy yo capaz de compartir incluso cuando mi situación económica es totalmente adversa? ¿Cuántos somos capaces de hacer de nuestra vida diaria un conjunto de actos que nos permitan construir humanidad en cada uno de nosotros? Aún si no sé si yo tendría el valor de compartir en circunstancias tan adversas, estoy seguro de que es necesario aprender de la solidaridad de las personas en pobreza y practicarla en nuestro diario vivir; no como un acto de bondad sino como un acto de justicia.

Marcelo Vargas, La Paz

 

resistencia & togetherness

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Conocí a Rita y Graham Edwards en Londres en el año 2000, al poco de llegar yo a vivir y trabajar a esa ciudad extraordinaria que tantas veces nos daba la impresión de poder albergar todos nuestros sueños.

Por aquel entonces, Rita y Graham ya eran miembros muy activos de ATD Cuarto Mundo en el Reino Unido. Ellos, que tenían que luchar tanto para sobrevivir a la pobreza, participaban llenos de entusiasmo en los numerosos proyectos que se inventaban con el objetivo de incidir en las políticas sociales del país, y eran de los que no perdían oportunidad de atraer a otros, personas pobres como ellos que podrían tomar fuerzas del combate colectivo. Aún hoy me acuerdo muchas veces de cuánto repetía Graham que todo se trataba de togetherness, un estado o sentimiento que tiene que ver con estar cerca los unos de los otros, con estar juntos… una de esas palabras en inglés que resultan tan difíciles de traducir al español y que una vez conocidas no dejamos de necesitar.

Muy poco tiempo después de mi llegada, Rita y Graham se mudaron en busca de una vida mejor a Hull, una ciudad al noreste de Inglaterra. Es difícil imaginar la desesperación que pudo haberles hecho creer que lograrían un mejor futuro allí, en la ciudad más pobre del Reino Unido según la mayoría de la mediciones.

En medio de aquel barrio asediado por la pobreza extrema en el que se instalaron, Rita y Graham crearon muchos vínculos, lazos de amistad que eran fuertes en solidaridad, pero también precarios, debilitados por las tensiones que provoca la supervivencia, por las necesidades de todos, por el hambre y el frío, ¡qué frío tan cortante en aquellas calles de vieja ciudad portuaria que ya no tiene trabajo que ofrecer a nadie!

A pesar de la fragilidad de aquellas relaciones incipientes, con el deseo de ser capaces de fortalecerlas, Rita y Graham compartían incansablemente con sus vecinos sobre ATD Cuarto Mundo y nuestra manera de concebir la lucha contra la pobreza: movimiento de unidad y combate fraternal y colectivo, movimiento de personas que pone el pensamiento de los más pobres en el centro de toda acción, lugar en el que cada uno puede dar lo mejor de sí mismo. Más allá de su vecindario, buscaron también alianzas con organizaciones locales, iglesias y movimientos sociales. A pesar de su vida cotidiana, fuertemente golpeada por la pobreza, ellos fueron capaces de construir togetherness y organizarse alrededor de varios proyectos de participación política que podrían cambiar algunas cosas.

Graham llamaba muchas veces a la sede en Londres para hablar de todos aquellos proyectos. Con el entusiasmo que le caracterizaba, decía siempre al principio y al final de cada conversación “Hull is growing!”. A través de aquella frase que repetía —¡Hull está creciendo!— Graham estaba hablado de ver crecer los lazos personales y lograr que otros se unieran al proyecto de ATD Cuarto Mundo, así medía él el crecimiento de la ciudad. Un día, Rita y Graham nos hablaron de un nuevo proyecto: unir personas y recaudar fondos para levantar en el cementerio de Hull una losa en memoria de todos los pobres que habían sido enterrados en una fosa común, sin losa que marcara su existencia con su nombre. Aunque decidimos desde el principio acompañarles en el proyecto, ahora no estoy segura de que entonces hubiéramos entendido realmente su profundidad. Han sido, creo yo, una serie de acontecimientos posteriores los que me lo han permitido y me motivan hoy a escribir.

Rita y Graham lograron convencer a otros y reunir el dinero necesario para inaugurar, el 17 de octubre de 2002, en el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, una losa en el cementerio que decía: “En homenaje a todas las personas de Kingston upon Hull enterradas en tumbas sin nombre”.

Unos meses después, tuve oportunidad de visitar con ellos el cementerio. Apenas llegando, vimos desde el portón de entrada a una anciana que caminaba muy lentamente unos metros delante de nosotros, tambaleándose levemente con un ramo de flores en su mano izquierda. Todavía desde lejos, vimos a la mujer dejar sus flores en una losa de color negro, junto a otras que ya estaban ahí. Estando ya lo suficientemente cerca como para leer, descubrí por fin que se trataba de la losa de los muertos sin nombre. Ahí vimos a la mujer hablar o rezar y ahí mismo me explicaron Rita y Graham cuantísimas personas llegaban para cuidar la losa, para ponerle flores, para tener por fin lugar en el que honrar a sus muertos. Después, en la capilla del cementerio, recorrí conmovida el libro de oro en el que se invitaba a los vecinos de Hull a escribir los nombres y apellidos de sus muertos, de los que habían sido enterrados sin nombre. Decenas de páginas con cientos de nombres de personas por fin nombradas y mensajes que repetían que aquella losa era un acto de justicia y reconocimiento que permitía a los familiares y amigos vivos un poco de paz.

Unos años después, Rita y Graham quisieron hacer un álbum que contara la historia de su combate personal y familiar contra la pobreza, como manera de dar testimonio y situar la historia de una familia pobre, la suya, en la historia de la humanidad. Un miembro del equipo de ATD Cuarto Mundo les acompañó en ese proyecto, invirtiendo juntos horas y horas para grabar y transcribir relatos. El resultado fue un álbum bellísimo del que se hicieron varias copias, y después momentos de difusión alrededor de ese álbum y de ellos mismos. Una noche, en nuestra casa, un pequeño grupo de personas nos reunimos para escuchar a Rita y Graham alrededor de su álbum. Aquella noche supe de la muerte prematura de uno de sus hijos, una niña que tuvieron que enterrar en una fosa común sin nombre. Nada habíamos sabido de la pequeña Amanda durante el año de unir personas alrededor de la losa del cementerio, pero allá estaba la fotografía de Amanda y, una páginas más tarde, la fotografía de la losa. Ahí estaban las dos en el álbum que contaba su historia, en el álbum que daba sentido a su sufrimiento y su lucha. Ahí estaba la justicia posible realizada, no sólo para la pequeña Amanda, sino para otros también.

Graham murió a los cincuenta y pocos años, no mucho después de haber acabado aquel álbum, era todavía demasiado joven, pero la muerte llega a menudo pronto a los cuerpos que han sido tan castigados por la precariedad. Rita y todos los miembros de ATD Cuarto Mundo en Londres nos movilizamos con el propósito de reunir el dinero para grabar su tumba, como forma visceral de oposición a la miseria sin fin, a la injusticia que no se acaba si no hay quien le pone freno. Poco después murió Rita, de nuevo sin haber pasado los sesenta. La enterramos junto a su esposo y logramos también entonces grabar su nombre en la losa.

Como círculo que se cierra, como final para mi propio entendimiento, como suerte de homenaje a la comprensión a la que me empujaban Rita y Graham, un trabajo de investigación me llevó de nuevo a un cementerio. Allí vi con mis propios ojos el lugar para la muerte de los pobres: ni tumbas, ni losas, ni nombres, ni el verdor de los cementerios de Inglaterra, solamente montículos de arena sin ningún tipo de marca, apenas perceptibles cuando ya había pasado algo de tiempo; una metáfora del abandono de parte de una ciudad que da la impresión de poder albergar todos los sueños.

Ahora me cuesta entender cómo no pude sentir desde el principio toda la profundidad del proyecto de Rita y Graham, todo lo que había de resistencia en aquel proyecto. En realidad, me doy cuenta de lo invisible que es a nuestros ojos esta resistencia que practican los más pobres a lo largo de su vida, para sí mismos y para otros; de lo invisible que nos resulta esta cultura de resistencia a la injusticia y la violencia, esta cultura que es hilo conductor para sus vidas, manera de seguir en pie y construir togetherness.

A pocos días de un nuevo 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, escribo sobre Rita y Graham Edwards para subrayar la vida y no la muerte, para decir que hay en esta resistencia a la injusticia y a la violencia una cultura que yo anhelo para cada uno de nosotros, un don del que el mundo no puede prescindir, un motor de cambio que puedo elegir yo también poner en marcha.

Beatriz Monje Barón, Reino Unido / Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

 

 

 

cuando recibir se convierte en una vergüenza

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Joseph Wresinski, fundador de ATD Cuarto Mundo, escribe en su texto Compartir: “Por pobres que fuésemos, si un pobre golpeaba la puerta me decían: mira, anda toma un trozo de pan y algunos céntimos y se los das a ese pobre que ha tocado la puerta.”

Cuando lo leo, no dejo de pensar en las palabras de doña Mónica: “Nosotros también podemos dar, porque los pobres no estamos solamente para poner la mano y recibir”. Esta afirmación de doña Mónica me trae al recuerdo la cantidad de veces que fui testigo de los gestos que se hacían entre las familias de la comunidad donde vivíamos en Guatemala. A menudo, no se trataba de que la familia que decidía apoyar a otra familia tuviera “mucho más”; muchas veces estaban en el mismo estado de precariedad y aun así se ponían al servicio de los otros. Estos gestos no solamente estaban relacionados con el dinero, con la ropa y la comida, iban más allá, sobrepasaban el presente, porque lograban proyectarse hacia el futuro, con el deseo de ver al otro en una mejor condición.

Uno de los muchos ejemplos que viene a mi memoria es el de Doña Julia. Ella vivía muy de cerca la dura realidad que afrontaba su vecina con sus hijos en la escuela. Estando sola, su vecina no había logrado que sus tres hijos mayores pudieran seguir estudiando, era imposible asumir los gastos que a diario necesitaba hacer. Ahora, su cuarto hijo había ganado sexto grado de primaria y estaba motivado para seguir sus estudios. Para ella era imposible inscribirlo, más aún sostenerlo en su camino de aprendizaje. Un día, platicando yo con doña Julia, me dijo que ella deseaba apoyar a este adolescente para que llegara a graduarse como lo habían hecho sus hijos. Yo la había visto en otras oportunidades organizando a la comunidad para hacer pequeñas cosas en la cotidianidad, aun cuando ella también viviera fragilidades. Sabía que haría todo lo posible para que Walter siguiera estudiando. La vi hablar con otras vecinas, buscando una mochila, un pantalón, unos zapatos… vi que ella quería lo mejor para esta familia. Algunos apoyaron la iniciativa y fue así que Walter comenzó la nueva etapa, un camino lleno de muchas dificultades, por supuesto.

¿Qué significan estos gestos en medio de la miseria, en medio de la búsqueda por subsistir cada día? Muchas veces presencié el inmenso esfuerzo que realizan las familias más pobres para hacer crecer sus vínculos, signos de una búsqueda por la sobrevivencia comunitaria. No era fácil, pues había infinidad de obstáculos cada día; normal en estas tierras de incertidumbre, de hambre, de dolor, pero también de lucha. Del mismo modo, presencié a menudo  como, en el afán de “ayudar a las familias” muchos proyectos o personas individuales ponían en fragilidad o rompían estos esfuerzos.

¿Cómo y qué podemos hacer para que los vínculos construidos en estos espacios puedan reafirmarse en lugar de fragilizarse? Ante una dificultad cotidiana, podemos tender a buscar  una solución “rápida” y  dejarnos arrastrar por “la urgencia”. Es verdad que muchas veces no se trata de pensar sino de actuar, pero ¿qué hacer cuando existen otros signos que demuestran la presencia de la colaboración y de la solidaridad entre las familias? Muy a menudo, un proyecto o una ayuda exterior llega una sola vez, pero los lazos fraternales y la búsqueda de sobrevivencia se quedarán allí anclados en el corazón mismo de la comunidad. Nuestra acción no debería nunca poner en riesgo estos lazos de solidaridad y ayuda mutua, sino más bien acompañarlos para reforzarlos. 

Elda García, Guatemala / Francia

2.24.-

Llegué tarde y cansado,

teniendo que echar el ancla,

desembarcando mi alma

a un puerto de neblina espesa.

Por más que me adentro,

más neblina encuentro.

Neblina espesa que privas de visión a mis ojos.

¿En qué puerto ha ido a desembarcar mi alma?

Llegué tarde y cansado,

porque se aterrorizaron mis ojos

por el peso de la balanza

que marcan unos y otros.

 

Antonio Jiménez Gabarre, de su antología Av de la Gavia