Anna ha dado a luz

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Hace días que leemos en la prensa española detalles sobre las circunstancias que han obligado a una familia pre-adoptiva a entregar a su madre biológica al pequeño que cuidaban. Al parecer, los servicios de protección de la infancia y los jueces implicados han considerado, cuatro años después del nacimiento y la retirada inmediata del niño, que hay suficiente evidencia sobre la capacidad de su madre para ofrecer una crianza en seguridad material y afectiva. Más allá de este caso concreto, la noticia ha iluminado no solamente la incompetencia institucional de la que han sido víctimas esta madre biológica, este niño y esta familia pre-adoptiva, sino también y sobre todo la violencia institucional que padecen las personas en situación de pobreza y exclusión social.

A lo largo de los días, hemos sido testigos a través de la televisión, la prensa y las redes sociales del sufrimiento, sin duda natural y terrorífico, de la familia pre-adoptiva; hemos visto sus rostros de dolor repetidamente mostrados en los medios de comunicación, y sido testigos de la compasión que ha nacido en los que de una manera u otra se sienten identificados con esta pareja. Desde luego, es difícil imaginar nada peor que el dolor que ha de provocar una separación así. Pero lo hay, hay algo peor, mucho peor, y es justamente el dolor que, en nombre de la protección de la infancia, soportan miles de padres y madres en situación de pobreza en Europa, miles de hijos también; el dolor de una brutal separación, casi siempre definitiva y demasiado a menudo sustentada sólo sobre los prejuicios de los servicios de protección de la infancia y su incapacidad para comprender las circunstancias de crianza que rodean a las familias en situación de pobreza.

A lo largo de mis ocho años de trabajo en Londres en el seno de ATD Fourth World, inventamos numerosos proyectos para desafiar esta violencia que parecía inevitable en el Reino Unido: que la mayoría de los hijos de los padres y madres jóvenes en situación de pobreza que conocíamos fueran retirados de la guardia y custodia de sus padres y entregados en adopción en contra de su voluntad. Junto a estos padres y madres, inventamos maneras de desarrollar sus habilidades de crianza a pesar de las circunstancias adversas de pobreza, maneras de hacer visibles sus iniciativas para asegurar el bienestar de sus hijos, caminos de resistencia a la violencia institucional, lenguaje para defenderse frente a los tribunales, estrategias de protección de la familia pobre… Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, vi muchas veces con mis propios ojos y mi propio corazón el rostro totalmente roto de las madres viendo partir a sus hijos, a menudo recién nacidos, o de los hijos separándose de sus padres. Aquellos rostros adoloridos e impotentes —que sólo la rabia y las lágrimas que vuelven a mí en este mismo instante podrían describir— no aparecieron nunca en los medios de comunicación, no fueron nunca objeto de compasión o empatía, no hicieron nunca a los medios o a los ciudadanos de a pie señalar la incompetencia y violencia institucional. De la misma manera, hemos visto ahora el dolor de la familia pre-adoptiva, pero no vimos hace cuatro años el rostro de dolor de la madre biológica de este niño retirado y dado en adopción en España. Es escalofriante darnos cuenta de hasta qué punto el sufrimiento de los pobres es ignorado.

Sería justo dar ahora testimonio de todo lo que vi, pero no tengo las fuerzas —y me consuelo pensando que lo hicimos a lo largo de aquellos años y lo sigue haciendo hoy el equipo en Londres —. Hay, sin embargo, una noche que no deja de palpitarme desde el mismo momento en que leí la noticia que provocó en mí escribir. Anna tenía 22 años y había sido ella misma retirada de su madre y criada en una institución. Su primera hija, Mary, ya había sido retirada por los servicios sociales años antes y sin embargo, Anna deseaba tanto criar a un hijo, ofrecer algo. Los servicios sociales, que quitaron a Anna de su madre para salvarla, no consideraron en aquel primer embarazo que ella tenía el potencial de ser buena madre, no le dieron siquiera una oportunidad. Anna volvió a quedarse embarazada, y poco después yo, de mi primera hija. Muy rápidamente Anna preguntó a los servicios sociales qué debía hacer para guardar, cuando naciera, a su bebé con ella, pero todo el mecanismo se puso en marcha y la decisión de retirada y entrega en adopción fue tomada, como en tantos otros casos, antes del nacimiento del bebé. Cada día que pasaba para Anna, era un día más cerca del parto, un día más cerca del final, no del principio. Era muy difícil para mí estar cerca de ella, muchas veces sentí ganas de abandonarla en su dolor para estar yo sólo en mi ilusión de nacimiento, de principio. Anna ya había salido de cuentas, pero el bebé no nacía. Todo parecía de una sabiduría natural más allá de nuestro entendimiento. Casi quince días después, me llamó al final de una tarde la madre de Anna para decirme que era una niña y que Anna me pedía ir a visitarla aquella misma noche, la única que estarían juntas. Por supuesto, mi corazón se resistía a pasar por aquello. Llegué al hospital ya de noche, con una cámara de fotos, un regalito para la pequeña Sarah y unas flores para Anna. Estuve con ellas unas horas y tomé muchas fotos, muchísimas. A invitación de Anna, tomé también yo a Sarah en brazos unos minutos, sobre mi vientre embarazado de mi hija Lucía. Cada segundo que la sostenía me parecía estar robándoles algo, pero Anna me lo había pedido y quiso también tomarme una foto con Sarah.

No estoy segura si fue en ese mismo momento o de camino a casa o unos días después, pero entendí que Anna quiso que yo fuera esa noche al hospital para hacerme testigo, para fijar memoria con otros de que eso había ocurrido: Anna había dado a luz a Sarah, había sido madre, había dado un nombre a su hija; Sarah había llegado al mundo. Al día siguiente, Anna salió del hospital sin su hija, bajo la custodia de los servicios sociales desde esa misma mañana. No recuerdo nada de lo que nos dijimos Anna y yo la primera vez que nos vimos después de aquello, pero no olvido el rostro de dolor y de vergüenza. A lo largo de los años siguientes, alrededor de mi hija ya nacida, Anna me pidió muchas veces hablar de aquella noche con Sarah de la que yo había sido testigo, hablar de aquella noche para que no pudieran ser ignorados ni el nacimiento, ni la maternidad, ni el dolor.

Para esto mismo escribo hoy: contra el dolor ignorado de los pobres, a favor de nuestra humanidad compartida.

Beatriz Monje Barón, Londres/Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

 

La cabecera de este post es un fotograma de la extraordinaria película de Ken Loach Ladybird, Ladybird (1994). Vi la película en Madrid en el 94, seis años antes de llegar a vivir y trabajar en Londres; entonces pensé que seguramente se trataba de una exageración para servir al cineasta; después supe que la realidad podía ser mucho más cruda.

el valor de la vida

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Vi morir a personas en la calle”, es una cruda frase que confieso cuando alguien me pregunta sobre por qué “querer cambiar el mundo”. La repito, para mí o en voz alta, para saber que esa situación no es normal. También recuerdo nombres: Alberto, Cristóbal, Willy, Érica… porque son personas, humanos, los que han dejado su vida a causa de la miseria de vivir o trabajar en la calle.

Atrás dejé los días en los que cada martes caminaba a la zona 3, en los alrededores del basurero municipal, para colorear con los muchachos. En los que mi amigo Mansor me advertía y describía lo que significaba para una mujer compartir con personas que están en las drogas, por ejemplo. Volvía agotada, pero esos días me permitieron descubrir lo que vale la vida en un país como el mío.

Llamaron a los bomberos, pero no vinieron”, ya no entraban al barrio, era peligroso y si la persona que había perdido el conocimiento vivía en la calle, no importaba tanto, según ellos. Estas duras afirmaciones vinieron a mi mente al leer en diferentes medios de comunicación sobre una serie de asesinatos de personas que viven en la indigencia. En realidad no es nada nuevo, solo cobró importancia mediática, que pone sobre la mesa la situación de vida de estas personas ¿cómo nos solidarizamos?, ¿qué medidas tomamos como sociedad civil?, ¿qué exigimos a las autoridades?, ¿qué instituciones trabajan en el tema?, ¿nuestras vidas valen lo mismo?

No tener qué comer y tomar algo de la basura, o pasar las noches lluviosas completamente empapados bajo un camión recolector, son sin lugar a dudas momentos difíciles de vivir. Sin embargo, hay algo que pesa mucho más: saber que para el otro no valés nada. A este propósito aprendí, en ATD Cuarto Mundo y en el Movimiento de Jóvenes de la Calle -Mojoca-, que no importa mucho si tenés talentos o no, siempre hay algo que ofrecer a los demás: vos mismo, tu amistad, tu solidaridad. Sin lugar a dudas, en ese camino descubrimos que nuestras vidas valen exactamente lo mismo.

Linda Gare, Guatemala

aquellas madres niñas…

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Una casa bastante agradable albergaba a aproximadamente 12 niñas y jóvenes, la mayoría de ellas venía de vivir en la calle. Fue hace muchos años, a partir de un programa de práctica alternativa en la universidad, cuando tuve la oportunidad de apoyar en una institución que recibía a jóvenes, que por diferentes razones, eran madres a muy corta edad. El hogar tenía una dinámica bastante fuerte para permitir a cada una aprender a cuidar a su hijo, y cuando las circunstancias lo requerían, apoyar a otra compañera para permitirle que fuera a trabajar o a estudiar. Gestos de apoyo mutuo se vivían en la cotidianidad de la casa. Las “reglas” estaban pensadas para empujar a vivir una fuerte solidaridad. Cada fin de semana, cuando venía a su encuentro, era impactada por la realidad y la historia que cada jovencita portaba.

Guardo muy gratos recuerdos de mi estancia en ese lugar, que me permitió entender sobre lo que significa ser madre, cuando no importa la edad, las circunstancias adversas o la mirada de la gente. En una oportunidad, alguien sacó a luz el tema de “regalar a un hijo o abortarlo”. Casi en coro, todas estas chicas hablaron sobre lo importante que era este ser en su vida. Algunas aún no lo tenían, pero por nada del mundo estaban dispuestas a dejarlo.

Desde el otro lado del mundo donde yo vivía (con un trabajo y una familia estable, además de ser privilegiada para asistir a la universidad) no lograba entender por qué se aferraban a esa criatura, en medio de “una vida miserable” que difícilmente les iba a permitir dar lo básico a ese niño. Pero allí estaban ellas, con sus 14 o 15 años diciéndome que a pesar de toda circunstancia, iban a tener y mantener a su hijo. Y es que las situaciones que vivían no eran fáciles de entender, diría, ni por ellas mismas muchas veces.

Desde este tiempo han pasado casi 18 años. No es posible olvidar esta experiencia, pues en el archivo de mis recuerdos guardo los rostros de cada una de ellas, que me ayudaron a entrar a esta comprensión.

Sus rostros volvieron una y otra vez en mi cabeza, cuando de nuevo me encontré con jovencitas, que vivían en barrios pobres, donde teníamos una presencia cotidiana, a través de acciones culturales. Lo que se evidencia es que no se trata solamente de una problemática en familias pobres, se vive a todo nivel, en todo estrato social.

Muchas veces me pregunté ¿Qué es lo que se necesita para detener “este problema” en las familias pobres? La respuesta concretamente no la tengo, pero lo que aprendí de ellas, es que finalmente tener un niño permite tener un lugar en la sociedad, eres madre, y eso te hace existir, te hace tener un motivo para luchar, para sentirte útil. Porque cuando no es posible asistir a la escuela, acceder a un trabajo digno, a los servicios de salud, tampoco a los espacios de recreación, etc. ¿Qué rol juegas en una sociedad? Estás, pero no estás…

Elda García, Guatemala/Francia

* Cabecera: óleo sobre lienzo /César Plasencia

las sombras

En medio de la noche,

en un viejo bidón oxidado,

la sombra de una mujer

tan transparente como el aire

hace fuego para calentarse.

La noche pasa rápido

y la mujer sombra se despierta.

La claridad del alba la ha despertado

y con los primeros rayos del sol

se dirige a las grandes avenidas de la ciudad.

Y su paso sólo es una sombra de edificios,

sombras para la sociedad,

sombras.

En nuestras calles sólo soy una sombra

de las sombras que en la noche

se calientan al lado de este bidón oxidado.

Antonio Jiménez Gabarre, de su antología Av de la Gavia

ante la precariedad, movilicémonos

“La precariedad aumenta a nuestro alrededor. En nuestro día a día, a veces parece que no podemos hacer nada. Pero atreverse a tomar la palabra en en un lugar público para expresar que esta realidad te duele y que no aceptas que nos acomodemos, es un acto político al alcance de todos. Quizás no cambie nada, pero hacer existir otro discurso en el silencio impuesto a nivel social desde el “así son las cosas”, es una invitación a la movilización… y eso, en realidad, lo puede cambiar todo.”

Álvaro Iniesta Pérez, Madrid

 

 

 

microcorrupciones

corrup

A Juan

Según una publicación en el Diario de Centro América1, a la fecha están abiertos 14 casos por corrupción de pasados funcionarios, de todos los Organismos del Estado. La situación es indignante, mientras tanto, los millones de quetzales presuntamente robados quedan en el aire, sin atender las necesidades de los guatemaltecos.

Por otra parte, hace unos días en una conversación con los amigos, cada uno hizo sus confesiones sobre las veces que había sido corrupto, es decir, las veces que había traicionado su ética y su moral. Pasarse un semáforo en rojo cuando vamos de prisa o jugarle una vuelta tecnológica a las personas mayores que no conocen del tema, entre un sinfín de microcorrupciones conforman el cotidiano de muchos guatemaltecos, nuestro cotidiano.

La corrupción está entre nosotros. A la costumbre de aplicarla se le suma que creemos que es “astucia” o “audacia” y que aquel que trata de mantenerse, con muchas dificultades, dentro de los límites de la moral es iluso o motivo de nuestras burlas.

La situación suele pasar desapercibida o solemos justificarla para no darnos cuenta que contribuimos a la construcción de un sistema podrido, del que muchas veces nos quejamos. Hoy, como un ejercicio, deberíamos proponernos estar conscientes de estas microcorrupciones, reflexionar sobre ellas, pues cada una tiene consecuencias, por mínimas que parezcan. Y lo más grave: repercuten sobre otros. Cada vez que las cometemos nos acercamos más a la figura del político que despreciamos.

El cambio lo hacemos todos juntos y si no actuamos así, juntos, para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabamos formando parte de ella (Joen Baez).

culturalismo vs cultura de resistencia

Hace unos días escuchaba a Beatriz Aragón, médica de familia que desde hace años anda metida en el Equipo de Intervención con Población Excluida en el barrio Cañada Real (Madrid), citar a un autor que también ella mucho antes me descubrió, Didier Fassin, con una cita muy interesante sobre lo que se puede ocultar y distorsionar mediante el culturalismo, al atribuir las diferencias que encontramos con otros colectivos al ámbito cultural. Entre lo que encuentro anotado en mi cuaderno está esto:

  1. El culturalismo niega al otro la universalidad de sus aspiraciones, al encerrarlas en algo propio de una cultura, sin reconocer que pueden ser válidas más allá de ésta o tener puntos de conexión con las de otros colectivos. Por ejemplo, al quejarnos de que las familias gitanas acudan en pleno a acompañar a l@s suy@s cuando alguien está en el hospital. ¿De verdad es tan extraño que se no se quiera dejar a alguien solo en una situación difícil?
  2. El culturalismo niega al otro su derecho a la diferencia, ya que al mostrarla es enseguida apartado o encorsetado en un grupo aparte, extraño, separado. De ahí nuestro empeño en “integrar”, en que renieguen de lo que rechazamos de su cultura y acepten lo que desde el otro lado consideramos como “básico”.
  3. El culturalismo niega al otro el reconocimiento de su capacidad de razonar, de su inteligencia. Sus comportamientos terminan rodeados de un halo de misterio, como si obedecieran a motivaciones mágicas, esotéricas o aleatorias. Pero para todo hay una razón. El que no lleguemos a comprenderla no hace que ésta desaparezca.
  4. El culturalismo borra otros factores sociopolíticos que son parte importante de la realidad: la pobreza, la desigualdad, los conflictos de poder… Volviendo al ejemplo de las familias gitanas, más allá de sus pautas culturales en su forma de ser y estar inciden y mucho su situación económica, su nivel de formación, su experiencia de rechazo, etc.

Está claro, por lo menos para mí, que esta idea de encerrar la diferencia y la desigualdad en una visión meramente “cultural” del tema es tremendamente peligroso. Porque además se apoya fundamentalmente en un análisis de carencias y déficits. Pero esto no es más que una visión muy sesgada del asunto.

Porque ene personas y familias de orígenes muy diferentes se reconozcan como parte del mismo colectivo. Igual que se ha hablado siempre de una “cultura obrera”, existe también una “cultura de resistencia a la pobreza” entre quienes la sufren. Porque, pese a la imagen que suele dar de ést@s, sólo quienes están ya muy rot@s se rinden. Frente a la violencia de la miseria, hay una lucha constante por sobrevivir, por mantener la dignidad, por cuidar a l@s tuy@s, por sostener pese a todas las dificultades la esperanza. Y esta experiencia de lucha va construyendo un conocimiento propio y una práctica efectiva, y se intercambia y sostiene en redes que pese a que sean invisibles para quienes no viven en esas condiciones no por ello dejan de existir. Esta cultura de resistencia tiene sus propios valores y totems, aunque muchas veces se oculten por la experiencia previa de incomprensión y adoctrinamiento por parte de quienes quieren marcar las pautas de comportamiento social.

El otro día, una mujer de mi barrio me contaba: “Si te rindes un momento, si bajas la guardia y no luchas, ya no puedes luego levantarte. Tienes que estar de un lado a otro, haciendo papeles para pedir ayudas, viendo a ver qué facturas puedes pagar este mes y cuáles no, peleándote con todo el mundo. Son tantas las dificultades y tan constantes que no puedes dejar de luchar en ningún momento. Si no, estás perdida”.

Esto marca, a ella y a otras muchas personas. Por eso, cuando se encuentran  y se miran a los ojos, se reconocen como parte del mismo pueblo: el pueblo que resiste, que reniega del sufrimiento al que la sociedad les condena, que busca construir una manera de estar en el mundo que permita que tod@s nos reconozcamos como iguales en dignidad y derechos a pesar de nuestras diferencias. tre quienes viven en pobreza y exclusión hay también otro tipo de cultura que va más allá de lo étnico y/o racial. Existe una cultura de resistencia frente a la precariedad constante que permite que personas y familias de orígenes muy diferentes se reconozcan como parte del mismo colectivo. Igual que se ha hablado siempre de una “cultura obrera”, existe también una “cultura de resistencia a la pobreza” entre quienes la sufren. Porque, pese a la imagen que suele dar de ést@s, sólo quienes están ya muy rot@s se rinden. Frente a la violencia de la miseria, hay una lucha constante por sobrevivir, por mantener la dignidad, por cuidar a l@s tuy@s, por sostener pese a todas las dificultades la esperanza. Y esta experiencia de lucha va construyendo un conocimiento propio y una práctica efectiva, y se intercambia y sostiene en redes que pese a que sean invisibles para quienes no viven en esas condiciones no por ello dejan de existir. Esta cultura de resistencia tiene sus propios valores y totems, aunque muchas veces se oculten por la experiencia previa de incomprensión y adoctrinamiento por parte de quienes quieren marcar las pautas de comportamiento social.

Dani García Blanco, Madrid

el derecho a la vivienda

“Ser partícipes de forma activa del cambio”. Esta es quizá la frase que mejor podría resumir la experiencia que los Talleres de Vivienda realizados por  ATD Cuarto Mundo nos permitió vivir, y que, como estudiantes de arquitectura, nos ayudó a conocer y ser conscientes de las realidades que nos rodean y que a menudo son invisibles en torno al tema de la vivienda. Realizamos entrevistas para ser capaces de desgranar y entender, junto a las personas que viven estas situaciones, el porqué de las mismas y las consecuencias de las escasas alternativas de las que a menudo se disponen. Con ellos, activamente, juntos, aprendimos y entendimos lo que significa el ejercicio verdadero de lo que llaman derecho a la vivienda, y lo que significa encontrarse en situación de exclusión habitacional.

El debate sobre la posible modificación de la Constitución para establecer el carácter fundamental del derecho a la vivienda parte, en buena medida, de que su valor como principio rector de la actuación del gobierno y la administración no tiene consecuencias exigibles ante ningún órgano judicial, lo que ha desencadenado situaciones de abandono y olvido en lo que a la consecución de este principio respecta. Sin embargo, asumimos que todos los ciudadanos han de poder disponer de una vivienda para poder desarrollar una vida digna -bajo unas condiciones mínimas de habitabilidad, higiene, seguridad, etc.- sin ser realmente conscientes de la importancia de este principio en la vulneración de otros derechos que afectan directamente a la vida de los ciudadanos. Sin entrar en diferenciaciones sobre las diversas situaciones alrededor de la omisión de este derecho fundamental, hablemos de todos aquellos aspectos vitales, sociales y humanos que se ven alterados y que muchas personas padecen.

La pérdida del componente social del principio del derecho a la vivienda, como mero rector de las actuaciones políticas, se ha traducido en la ausencia de medidas no sólo ante la vulneración del derecho a la vivienda sino también ante el ejercicio de muchos otros como la educación, la asistencia sanitaria gratuita, la intimidad, la igualdad social y ante la ley, la autonomía, la seguridad, la solidaridad, la familia y la dignidad. De este modo, la necesidad imperiosa de disponer de una vivienda no es sólo un objetivo en sí misma, sino que forma parte de la consecución de todos esos estados vitales indispensables para poder alcanzar unos niveles de estabilidad y de desarrollo social mínimos.

madridLa imposibilidad de hacer efectivos estos derechos, unido a la falta de vivienda, agravan la exclusión habitacional y social. Ante esto, los organismos de los que dispone la Administración responden con los programas de vivienda pública por sorteo, el realojo -mediante la tipología de vivienda social- para la desaparición de los poblados chabolistas, y el asistencialismo para las personas que no disponen de hogar. Esta forma de entender la exclusión habitacional -y las soluciones que implementa- tiene como resultado la falta de alternativas y posibilidades para quienes no cumplen los requisitos establecidos para estas opciones, o para aquellos que aun pudiendo optar a alguna de ellas no las contemplan como soluciones viables para sus vidas, o  son incapaces de abordar los pagos necesarios (por pequeños que estos sean), lo que se traduce en  desahucios y la total pérdida de oportunidad de acceder a la adquisición de vivienda pública de cualquier tipo, volviendo a una situación aún más precarizada y con menos futuro si cabe.

Todos los criterios establecidos por las instituciones para la adjudicación de vivienda excluyen de manera sistemática la experiencia y aproximación vital de los afectados. Esta falta de participación produce que las soluciones propuestas sean, en muchos casos, contraproducentes y que empeoren o no lleguen a solventar los problemas originales. Quienes padecen estas situaciones plantean en ocasiones modos de vida alternativos a los convencionales que no por ello tendrían que dejar de ser lícitos. De ese modo proponen la posibilidad de llegar a acuerdos con las instituciones para participar de los procesos de realojo, la autoconstrucción mediante cesiones de terrenos que permitan por su carácter legal disponer de todos los servicios básicos de los que dispone cualquier ciudadano, la posibilidad de emplear vehículos habitables como caravanas y la opción de un alquiler social tanto de nueva implementación como para aquellas personas que habiéndose visto obligadas a ocupar un inmueble para disponer de un techo, lo han cuidado, mantenido e incluso rehabilitado.

La participación de los ciudadanos de forma activa por y para el cambio de sus vidas, y la consideración del valor de su experiencia, habría de ser el punto de partida para el desarrollo de soluciones ante estas realidades de gran repercusión económica, política, social y sobre todo humana. En palabras de Fernando Vidal: “La exclusión social es una institución de explotación, dominación o alienación que desempodera a los sujetos y sus comunidades, de modo que anula socialmente su presencia, impidiendo satisfacer sus necesidades libremente”.

Os invitamos a visitar el vídeo generado a partir de estos talleres de vivienda impartidos por ATD Cuarto Mundo, posible con la participación conjunta y activa de todos. Os ayudará a entender qué significado tiene el poder hacer efectivo el derecho a la vivienda y qué significa encontrarse en situación de exclusión habitacional:

 

Texto de Irene Aguirre y Carlos Conejo,

participantes en los Talleres “Vivienda Digna para Todas las Personas”

tierra doliente que camina

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Con el objetivo de influir en los debates desarrollados durante la Conferencia sobre el Cambio Climático (COP21) en diciembre 2015 en París, ATD Cuarto Mundo hizo público un documento que argumentaba la necesidad de hacer frente a este desafío en un marco de especial atención a los derechos y los padecimientos del 20% de la población más pobre del planeta.

Esta manera de vincular la lucha contra la pobreza y la protección del medio ambiente constituye una provocación intelectual y política para la larga tradición que ha tendido a percibir como opuestas entre sí las luchas de los movimientos ambientalistas o de defensa de los animales y aquellas de los movimientos de promoción de los derechos humanos o contra la pobreza. Si bien aún insuficiente, es notable el esfuerzo que se pone de manifiesto en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ONU, 2015) para reconocer igual importancia al desarrollo de las poblaciones más pobres y a la protección del planeta.

En este incipiente contexto unificador, se ha celebrado entre el 1 y el 5 de junio en la Ciudad de México el primer Foro Internacional por los Derechos de la Madre Tierra. El foro, organizado por más de 150 grupos y asociaciones, reunió a algunos de los más conocidos activistas de los derechos humanos y de la tierra del mundo entero. El objetivo principal de la reunión era profundizar y promover la necesidad de una Declaración Universal de los Derechos de la Tierra que habría de ser una orientación para todos los países.

El foro no trataba de abordar cuestiones medioambientales —entendido, se dijo, el medio ambiente sólo como el entorno que sirve al ser humano— sino de considerar el planeta tierra como pleno sujeto de derecho, un “otro” que tiene derecho a la existencia y a la perdurablidad. “La tierra está viva —dijo el teólogo y filósofo Leonardo Boff (Brasil)— tiene dignidad y es portadora de derecho. (…) La Declaración de los Derechos Humanos tuvo la virtud de decir que todos los seres humanos tienen derechos; tuvo sin embargo el defecto de pensar que sólo los seres humanos tienen derechos. (…) El ser humano es parte de una gran comunidad de vida, es la porción pensante de la tierra que tiene la obligación de cuidar a la madre*”. Esta concepción, largamente compartida por los diferentes participantes originarios de comunidades indígenas, rechaza cualquier visión antropocéntrica del mundo y reconoce el valor intrínseco de cada ser: la tierra entendida como un super-organismo vivo con derecho propio, dadora de bondades, pero no sólo fuente de recursos para el ser humano.

Al mismo tiempo, a lo largo de estos días de trabajo colectivo, se profundizó la necesidad de dejar de considerar contradictorios los derechos humanos y los derechos de la tierra. “El desprecio que a menudo se ha hecho desde la lucha social a la lucha medioambiental es un error histórico capital —dijo la bióloga Esperanza Martínez (Ecuador)—. (…) Es importante considerar las diferentes generaciones de derechos y unirlas. No podremos hacer avanzar los derechos de la tierra si no consideramos al mismo tiempo el derecho a la soberanía alimentaria, al agua, a habitar la tierra… de los seres humanos. Es una misma lucha*”.

Si el siglo XX, se decía, fue el siglo de los derechos humanos, el siglo XXI ha de ser el de los derechos de la tierra. Dos ejemplos latinoamericanos, Ecuador y Bolivia, pretendieron ilustrar el avance que representa incluir los derechos de la tierra en las constituciones nacionales y junto a éstos la visión, la tradición, la espiritualidad y el vínculo con la Pachamama de los pueblos indígenas, cuidadores ancestrales de la tierra. Sin embargo, una vez más, el diálogo puso de manifiesto hasta qué punto las leyes pueden volverse en contra de las personas y comunidades más pobres. En Ecuador—explicaba Esperanza Martínez a través de varios ejemplos— se han condenado solamente los agravios a la tierra perpetrados por personas pobres y nunca los que fueron cometidos por familias ricas o grandes empresas. Así, a pesar de la ilusión que provoca la existencia de una Declaración Universal de los Derechos Humanos, no es posible afirmar que éstos ya fueron conquistados en el siglo XX: entre otras numerosas violaciones, la persistencia de la pobreza extrema y la violencia que padecen los más pobres contradicen radicalmente tal optimismo. Las personas y comunidades más pobres son sistemáticamente excluidas de los procesos de desarrollo, siempre más vulnerables a los efectos devastadores del cambio climático, a menudo estigmatizadas y desconsideradas en las reflexiones sobre la protección de la tierra y finalmente el blanco de la utilización injusta de las leyes.

ATD Cuarto Mundo no ha dejado de afirmar que no será realmente posible hacer frente al desafío del cambio climático sin incluir la participación de los más pobres: su experiencia, su visión, su reflexión. Ellos, los desposeídos de todo poder, los grandes creativos de alternativas económicas, los supervivientes de la escasez, los expertos de la recuperación y el reciclaje, del trabajo de la tierra, de la regeneración de los bosques, del cuidado de la diversidad de los cultivos, de la auto-construcción, del ahorro de recursos, de la gestión del hambre y los golpes de la naturaleza… serán imprescindibles en los debates y las reflexiones que un día —tenemos esperanza— darán a luz a la Declaración Universal de los Derechos de la Tierra. Sin ellos, sufridores en carne propia del sufrimiento de la tierra, no seríamos capaces de nombrar una nueva generación de derechos verdaderamente universal. Ellos son la tierra doliente que camina; con ellos tenemos la responsabilidad de construir el futuro.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

* Las citas de Leonardo Boff y Esperanza Martínez provienen de mis notas, podrían no representar sus palabras exactas. Sus conferencias, y muchas otras, pueden encontrarse a través de la página facebook Derechos de la Madre Tierra.
[En el centro de la fotografía: la científica y filósofa Vandana Shiva (India) durante el foro.]