lo vi de nuevo

Muy temprano por la mañana, suena el timbre de la casa. Es miércoles, el día en que la Casa Cuarto Mundo en Guatemala ciudad estaba abierta para permitir un respiro a las personas que viven y trabajan en la calle. Cargando un bolsa con su ropa para lavar y algunos alimentos que habían recuperado, algunos de los jóvenes que conocíamos se acercaban para tomar una taza de café, bañarse, escuchar música, utilizar la computadora o simplemente dormir por un momento: tiempo para descansar o retomar fuerzas.

A menudo, sus apariencia física era particular a causa del fuerte consumo de solventes que había provocado daños irreversibles en su cuerpo. Con frecuencia, las personas huyen de ellos nada más verlos. Cualquiera podía decir que pasaban todo el día tendidos en la calle, pero los que conocen su cotidianidad saben que también hacen esfuerzos para sobrevivir a través de pequeños trabajos que algunas personas del barrio les confían. A pesar de que no era fácil poder trabajar, se esfuerzan por conseguir para el día a día.

En aquella época, uno de ellos apoyaba a una mujer que salía todos los días a vender jugo de naranja en el barrio. Él se encargaba de sacar la mesa, los bancos y todo lo que ella necesitaba. Preparaba el lugar de la venta. Algunas veces, pudimos verlo cargar la carreta con todas las cosas. Se levantaba temprano para hacer su trabajo. Era lo que le permitía ganarse unos pocos quetzales al día. Luego se iba cerca de los camiones que traían la basura. Allí podía recuperar algunas cosas o simplemente encontrar algo para comer. Decir que “encontraba algo para comer” significa que rescataba aquello que otros habían desechado, por lo regular, la comida que estaba ya caducada.

Cuando en la casa Cuarto Mundo preparaba su comida, había que soportar el fuerte olor a descomposición que emanaba de su preparación. Era algo que me indignaba siempre, ¡qué injusticia que en este mundo muchos en la calle viven de las cosas que otros tiran, y no siempre en buen estado! No había manera de convencerlo de no comerla, aun cuando estaba descompuesta, para él aun era posible de rescatarla, y de todas maneras iba a comerla. En medio de esta dura e insoportable realidad este joven compartía la comida con sus amigos. Siempre lo veía sacar dos o tres platos para servir a los otros.

Hace unos días pensé nuevamente en él. En una calle de París, un grupo de seis o siete personas estaban casi dentro de un bote enorme de basura. Al principio no entendía bien qué hacían allí, tratando de dar vuelta al bote. Un minuto después lo supe: estaban queriendo sacar las frutas, verduras y el pan que los trabajadores de un supermercado cercano habían tirado. Seguramente era la hora habitual de hacerlo. Todos tenían sus bolsas listas para llenarlas. Pero también había algo de particular en la escena: se podía decir que estaban organizados de tal manera que se repartían lo que sacaban. En un momento, algunos de ellos tomaron su bicicleta y se fueron. Los que quedaron tomaron el tiempo para ordenar el producto y ponerlo en las bolsas y volver a poner el bote en su lugar. Después de unos minutos, el recipiente estaba completamente vacío.

No importa si es cerca de un basurero, a la puerta de un supermercado, o en una pequeña o gran ciudad; la misma escena, con diferentes protagonistas, será vista alrededor de los lugares destinados para la basura, lugares que se convierten en posibilidades inmediatas para sostener a gran cantidad de familias tocadas fuertemente por la miseria. Porque lo desechable para algunos será el rescate de otros.

Elda García, Guatemala/Francia

 

buscar refugio

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Hace un par de semanas hice el trámite regular para la renovación de visa para seguir legalmente en Francia.

A mi alrededor, una cantidad grande de extranjeros también lo solicitaban. Algunos comentaban que no era la primera vez que venían para hacer la solicitud. Siempre les faltaba un documento y debían volver a la misma rutina antes de entrar a la recepción de documentos. En ese momento, sentí el privilegio que es ser una extranjera que tiene la seguridad de que todos los documentos están completos. Muchas de las personas que estaban a mi lado eran inmigrantes solicitando protección internacional, lo que los coloca en una situación muy diferente a la mía. Estas personas son solo algunas de las miles que día tras día tratan de entrar a territorio europeo y que al final tienen la suerte de solicitar asilo. Muchas más, miles, están en las calles sin ninguna protección.

Esta es la crisis migratoria que azota a este mundo. Empujados por conflictos armados o en búsqueda de mejores condiciones de vida, muchas personas salen de su país de origen aun sabiendo que se puede perder la vida en la travesía; la esperanza es más fuerte para miles de mujeres, hombres y niños quienes buscan un horizonte más prometedor. La edad no importa para hacer el viaje, cuando se trata de salvar la vida de la violencia, la pobreza, la guerra, etc. Antes se decía que la gente iba en búsqueda del “sueño”; eran migrantes económicos; ahora “se huye” literalmente, buscando acceder a un país para protegerse. Estos movimientos forzados los llevan a utilizar diferentes medios; el tren, buses o camiones para cruzar el territorio mexicano, en el caso de los latinoamericanos, o los barcos para alcanzar las costas europeas. Los peligros en todo caso, son los mismos.

El gran número de muertes se vincula a la precariedad de las embarcaciones utilizadas por los traficantes de humanos, traficantes que cobran grandes sumas de dinero para cruzar a miles de personas que sueñan con llegar a Europa. En la ruta mediterránea central, la mortalidad es provocada por naufragios masivos de embarcaciones de madera que, tras zozobrar, dejan a centenares de personas en medio del agua, a lo que se agrega aquellos que mueren en los botes sobrecargados.

En el 2016 se dijo que hubo 3,800 muertos en el Mediterráneo. Las cifras de los que arriban disminuyen en algunos países, en otros aumentan: 70.000 migrantes cruzaron el Mediterráneo hacia Italia entre enero y junio de 2016 y 9,000 se instalaron en Francia, por mencionar un dato. ¡La diáspora humana sigue cada vez!. Tradicionalmente, son los países del norte europeo los que mayor número de personas con necesidad de protección internacional acogen.

La Unión Europea ha creado la Comisión de la Agenda Europea sobre migración, por esto se escucha hablar de la creación de equipos conformados por unidades que actúan de manera conjunta con los 28 países Estados miembros. También las operaciones Tritón y Poseidón triplican fondos para actuar. Su trabajo consiste en la localización, rescate y deportación de náufragos del Mediterráneo. La redistribución de refugiados y reasentados es un tema sensible, que requiere de voluntad política para responder a los retos que cada vez se presentan en materia de política migratoria. Hasta ahora, por lo que escucho, no existen propuestas de políticas concretas, soluciones especificas y compromisos claros.

Por otro lado, está el efecto expulsión que ponen en marcha algunos países, tratando de proteger sus fronteras con el afán de parar este fenómeno. Más allá de solucionarlo provoca que las personas busquen caminos alternativos para llegar a su destino. A su vez, esto aumenta las oportunidades de traficantes que se aprovechan de estas situaciones dando lugar a desenlaces fatales, pues los inmigrantes son más vulnerables en terrenos más extremos. Y así sigue la cadena de causas, consecuencias, de búsquedas de culpables, de víctimas, etc.Pero la aventura no termina con eso. Después de pasar por todas las situaciones en el trayecto, a su llegada al país más próximo, los refugiados o inmigrantes, son vistos como una amenaza. Para algunas personas no es posible invertir grandes cantidades de dinero en ellos. Un recorrido por cualquier parte de Europa, muestra esta realidad, al encontrarse en la calle familias enteras solicitando una ayuda para sobrevivir. También es cierto que muchos están listos para acogerlos, para acompañarlos, como algunos programas que existen en pequeñas ciudades que ponen a la disposición algunos profesores para el aprendizaje del idioma local.

El debate no debería estar en cuántos refugiados pueden acoger los países europeos, sino qué acciones pueden ser más adecuadas para garantizar la seguridad de las personas y resolver las tragedias que cada día cuestan vidas en el Mediterráneo.

Del otro lado del océano, yo conocía de todos los que se arriesgaban para llegar a Estados Unidos, ahora veo con mis propios ojos que eso era solo una parte de la problemática mundial.

Elda García, Francia/Guatemala

Portada: Del libro El muro, Javier Sobrino con ilustraciones de Nathalie Novi. Editorial Juventud.

caos: una nueva oportunidad para construir humanidad

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No es de extrañarse que a través de las noticias nacionales e internacionales se conozca de hechos que atenten contra las personas, en contra de sus derechos. En estos últimos días los términos de “discriminación” y “racismo” pasaron a su plano más álgido y no solo como parte de discursos. En esta oportunidad me referiré a los Estados Unidos, la tierra de la diversidad cultural con el mayor número de personas inmigrantes en el mundo.

Cuando hablas con gente hispana sobre Estados Unidos de América surgen muchos temas de diálogo, se sabe que en dicho país se puede llegar a tener ingresos muy altos por el trabajo a realizar. Sabemos que se autonombra defensor de la paz y la democracia. Casi de manera natural viene a nuestras mentes los nombres de las mejores universidades como ser Harvard, Stanford o Berkeley. Uno de los países líderes en investigación científica y tecnológica.

¿Qué hay detrás de todas estas fortalezas y oportunidades? Las buenas noticias sobre este paraíso terrenal llegan por gentileza de los medios de comunicación, pero estos medios no nos informan que 20,8 millones de personas en este país viven en lo que denominan pobreza severa (datos de la Oficina del Censo de EE. UU – 2014). Ignoramos que es el país con mayor número de bases militares desplegadas por el resto del mundo. No sabemos sobre la gran diferencia que existe entre la educación pública y privada, no conocemos sobre las dificultades que atraviesa la mayoría de los jóvenes para poder acceder a una educación universitaria. Simplemente nunca nos informaron sobre movimientos sociales como Ocupa Wall Street o Act Up, ni el fuerte trabajo político que realizan las Panteras Negras o la Organización Nacional de Mujeres en favor de los derechos.

Por la magia del cine y la televisión imaginamos que en Estados Unidos los afroamericanos tienen las mismas oportunidades que los blancos, que las personas homosexuales no sufren violencia ni discriminación, que los transexuales son aceptados y que los inmigrantes realizan sus sueños en la tierra de las oportunidades. Naturalmente esta imagen que se tiene es fruto de la lucha por los derechos de las minorías, gracias a grupos de personas visionarias se lograron muchos avances en las leyes y derechos.

Sin embargo, con las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos la realidad llega y nos abre los ojos ¡Cual si fuera un duro golpe! la victoria de Donald Trump revela que aquel paraíso ideal no era tan real, que detrás de esa población respetuosa de su ley existía gente que reprimía su odio, su intolerancia y su falta de empatía. El resultado es que ahora estudiantes cantan a sus compañeros hispanos ¡que se construya el muro!, niños y adolescentes empiezan a amenazar a sus compañeros afroamericanos, militantes del Ku Klux Klan lanzan sus mensajes de supremacía blanca, en distintos espacios se van generando una serie de ataques racistas y para colmo de males las empresas petroleras preparan sus planes más repudiados para ponerlos en práctica.

Asimismo, en contraste a estos hechos surgen movimientos en contra del racismo, discriminación, el sexismo, la homofobia y el nacionalismo blanco. Protestas de personas que valoran la individualidad de la gente, más allá de las preferencias sexuales, color de la piel o nacionalidad, con carteles como: “Los inmigrantes han hecho América grande”. Esta valoración que nos dignifica como seres humanos, capaces de construir un mundo mejor. Ahora en Estados Unidos se organizan marchas de manifestantes en defensa del acuerdo sobre cambio climático COP22, estas personas expresan la importancia de que sus voces sean escuchadas a la hora de tomar decisiones; de manera paralela muchos grupos sociales van cuestionando su actual democracia y van proponiendo cambios que permitan mejorarla. Algo se está activando y pienso que cada uno de nosotros estamos llamados a actuar desde nuestros espacios, desde nuestros países, desde nuestros barrios, debemos generar reflexión porque aquello que sucedió en Estados Unidos es similar en mayor o menor grado a lo que vivimos en cada uno de nuestras realidades.

De manera personal pienso que la victoria de Trump es una oportunidad para que los ciudadanos estadounidenses vean la realidad social en la que viven y que pueden cambiar el curso de su historia. Esta victoria nos pone de frente ante la pobreza, y es que mientras existan millones de personas en esta situación no se puede hablar de un auténtico bienestar. Si bien es una época de riesgo para las minorías también es una oportunidad para retomar la lucha y no volver a abandonarla, para trabajar la transformación individual y colectiva por una autentica sociedad que respete la diversidad y los derechos de las personas.

Propongo que la experiencia de Estados Unidos nos permita auto-evaluarnos como sociedad. El racismo no sólo es una cuestión que se da a través de terceros… , ya hablé en un artículo anterior de ese  “mejorar la raza” a través del que desvalorizamos nuestra condición como seres humanos.Salgamos del letargo en que a veces vivimos, concretemos los cambios que necesitamos para que todas y todos podamos vivir dignamente en el ejercicio pleno de nuestros derechos humanos. Que a partir del caos reaccionemos y construyamos una nueva forma de humanidad, donde nadie sea relegado.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz

(c) ATD Cuarto Mundo

gobernanza e innovación

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Con el 2017 inicia también la andadura de la nueva delegación general del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo. Isabelle Perrin renueva su compromiso de liderazgo en calidad de delegada general. Martine Le Corre, Bruno Dabout y Álvaro Iniesta Pérez asumen por primera vez esta responsabilidad, los tres en calidad de delegados generales adjuntos. Se trata por tanto de un equipo nuevo que habrá de asumir durante cinco años lo que nosotros llamamos la animación del Movimiento ATD Cuarto Mundo, un movimiento de personas desarrollando acciones contra la pobreza en casi 40 países de todos los continentes y en el ámbito de las instituciones internacionales. El equipo ha sido nombrado mediante un proceso de discernimiento que se prolongó durante más de un año y reunió a 20 miembros de diferentes países que recibieron la responsabilidad de establecer un diálogo —con el fin de nombrar a la delegación general y definir su mandato— con el conjunto de los miembros de ATD Cuarto Mundo.

Desde sus inicios, ATD Cuarto Mundo explora caminos de innovación en lo que se refiere a la toma de decisiones y el nombramiento de personas para responsabilidades precisas. A lo largo de los años, hemos tratado de no utilizar como herramienta la votación, sino de buscar vías que sean capaces de incorporar las ideas minoritarias a los procesos de toma de decisiones. Esta búsqueda de una nueva gobernanza reconoce la debilidad intrínseca a lo que se decide por medio de una votación: la victoria de la mayoría deja fuera las ideas albergadas por las minorías; si perdieron, ya no necesitan ser tomadas en cuenta. Desde luego, las democracias han encontrado maneras de contrarrestar esta debilidad, en particular a través de los llamados movimientos sociales. Pienso, por ejemplo, en la lucha contra la segregación racial que toma fuerza en Estados Unidos a partir del año 1955. El Movimiento por los Derechos Civiles trataba entonces de combatir una legalidad injusta protegida por un gobierno democrático legitimado por la mayoría, encontrar una manera de hacer avanzar un pensamiento minoritario que reivindicaba igualdad de derechos para todos los ciudadanos, fueran estos blancos o negros. Este ejemplo notable subraya la importancia del pensamiento minoritario para el avance de nuestras sociedades. Por supuesto, no daría mi acuerdo a todas las ideas minoritarias —como tampoco a todas las mayoritarias—, y sin embargo me entusiasma la idea de encontrar caminos para tomar decisiones que incorporen desde el principio el pensamiento minoritario, su originalidad, su valentía, su punto de partida distinto, su capacidad de confrontar lo establecido, su potencial de innovación.

Existe un vínculo muy estrecho entre la búsqueda de ATD Cuarto Mundo en cuestiones de gobernanza y la lucha contra la pobreza. Joseph Wresinski, fundador de ATD Cuarto Mundo, trabajó a lo largo de toda su vida para que la inteligencia de los que se encuentran en situación de pobreza fuera tomada en cuenta en todos los ámbitos, no sólo para la erradicación de la pobreza sino para el conjunto de los desafíos a los que el mundo se enfrenta. Es imprescindible —decía Wresinski en 1980 ante un comité científico en la UNESCO— dar un lugar al conocimiento que los muy pobres y los excluidos tienen de su condición y del mundo que les impone tal situación, rehabilitar ese conocimiento como único, indispensable, autónomo, complementario a toda otra forma de conocimiento, y ayudarlo a desarrollarse. Los más pobres tienen una experiencia del mundo que necesita ser reconocida; pero no sólo tienen una experiencia, los más pobres tienen también un conocimiento y un pensamiento nunca tomado en cuenta o aprovechado por nuestras sociedades. Con el objetivo de profundizar esta idea, ATD Cuarto Mundo inicia en los años 90 un proyecto piloto que pone en diálogo tres tipos de saber: el saber de los que han vivido la pobreza y la exclusión, el saber de las personas que están comprometidas y trabajan junto a ellos, y el saber de los científicos. El proyecto experimenta las condiciones necesarias para que se produzca un verdadero cruce de saberes y el alumbramiento de un saber nuevo construido colectivamente. Los frutos de este proyecto piloto influyen de manera muy importante el concepto de participación plena y han inspirado posteriormente numerosos trabajos de investigación sociológica o política.

El cruce de saberes —como proceso— se relaciona a la vez con la producción de conocimiento y con las cuestiones de gobernanza. En relación a esto último, ATD Cuarto Mundo lleva décadas explorando un modelo de gobernanza basado en la noción de têt ansamn, expresión en criollo haitiano que se traduce como “cabezas juntas”. Se trata de una búsqueda que persigue desarrollar la participación y la co-responsabilidad de todos los actores, y hacer uso de todas las inteligencias al servicio del bien común y el de cada uno; una búsqueda —un proceso, y no ya un territorio conquistado— fundada a la vez en el reconocimiento de la inteligencia de cada uno —de la importancia de trabajar a partir de todas las ideas, también las minoritarias—, y en la necesidad de alcanzar una visión común sobre los retos que podemos asumir juntos; un modelo de gobernanza que nace del convencimiento y la experiencia de que la suma de las cabezas de todos no es solamente el número total de cabezas, sino una cabeza totalmente nueva: una inteligencia colectiva que es mucho más capaz y tiene mucha más potencia para identificar las valentías que podemos vivir juntos, lo nuevo que podemos crear.

No cabe duda de que esta forma de gobernanza es mucho más trabajosa que las que depositan su confianza solamente en el sufragio o en la jerarquía de poderes. Lograr gobernarse de este modo necesita de la invención y re-invención de procesos de participación muy exigentes para nuestras —a veces pequeñas—habilidades para las relaciones humanas, para los hábitos de las jerarquías de acción y pensamiento, para la repartición del poder y, sobre todo, para la muy compleja cuestión del reconocimiento mutuo. Sin embargo, esta búsqueda es también mucho más fructífera para el aprovechamiento de todos los talentos y la innovación.

Mi trabajo en el seno de ATD Cuarto Mundo me ha llevado muchas veces a estar en situación de participación en procesos de toma de decisiones, otras muchas a estar en situación de co-animar este tipo de procesos. Puedo decir con enorme entusiasmo que rara vez la conclusión de estos procesos ha coincidido con mi idea de partida: ni con lo que yo creía al comenzar que era conveniente decidir, ni con lo que pensaba que podríamos alcanzar juntos. No creo que se trate de una falta de juicio por mi parte, sino más bien que el fruto de lo colectivo es sorprendente siempre para cada uno de los participantes: no son unas ideas las que ganan el pulso a otras ideas, sino ideas nuevas naciendo; no es tampoco una negociación que alcanza un punto de la línea más acá o más allá, sino la creación de una línea nueva. Desde luego, la creación y el nacimiento son siempre sorprendentes. Si expreso mi entusiasmo en relación a los frutos de este tipo de procesos, lo hago también sobre el proceso en sí mismo, sobre su capacidad para hacernos crecer en reconocimiento mutuo, en libertad de escucha, en creatividad, en confianza en nuestras ideas, en potencial de eficacia a largo plazo, en originalidad individual y colectiva. Añado además una última razón para mi entusiasmo: haber tenido la oportunidad de experimentar este tipo de procesos de participación de las inteligencias de todos, me lleva a confiar fácilmente en los frutos de otros procesos de esta naturaleza, aun si yo misma no he participado. Si un grupo de personas suficientemente diverso ha construido las condiciones para la participación de todos, especialmente de los que aportan ideas minoritarias y de los más pobres, yo puedo confiar en los frutos de su trabajo.

A través de los años, ATD Cuarto Mundo ha trabajado mucho para superar los obstáculos para la plena participación —entre otros: los miedos personales y colectivos, el acceso desigual a la información, la experiencia de cada uno de ser o no escuchado, o la desigualdad en la oportunidades que cada uno ha tenido para profundización su propio pensamiento—. No podemos decir que hemos alcanzado nuestro ideal, pero estamos seguros de estar en búsqueda permanente para construirlo, y de que avanzamos. La composición de nuestra nueva delegación general y su mandato es el fruto de uno de estos procesos reuniendo a personas en un verdadero esfuerzo por cruzar sus inteligencias —compendio de experiencia, pensamiento y sensibilidad — y por pensar también junto a muchos otros. Es sólo una expresión más de nuestro esfuerzo cotidiano de gobernanza têt ansamn, pero no deja de ser un testimonio sobresaliente de nuestra voluntad de transformar el mundo practicando alternativas en carne propia.

Como bien puede imaginar el lector, este texto pretende no sólo ser alegre bienvenida para los miembros de la nueva delegación general: Isabelle, Martine, Álvaro y Bruno, sino sobre todo servir para animar a otros a buscar y experimentar nuevos modos de gobernanza y producción de conocimiento. La lucha contra la pobreza y la promoción de los derechos humanos necesita, sin lugar a dudas, de procesos que aseguren la participación de la inteligencia de todos, en particular de los más pobres. Pero no sólo eso, el mundo entero —las escuelas y los hospitales, los gobiernos locales y nacionales, los partidos políticos y nuestras familias, las instituciones internacionales, la poesía y todas las artes, las empresas y las universidades…— necesitan de estos procesos que permiten a cada ser humano dar lo mejor de sí mismo y expandir su potencial. Creo muy sinceramente que de estos procesos nacería la innovación que el mundo verdaderamente necesita.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

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En Ciudad de Guatemala, grupo de trabajo para la definición del mandato de la delegación nacional de ATD Cuarto Mundo.

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Miembros de ATD Cuarto Mundo en Montreal trabajando para generar propuestas sobre un proyecto de ley sobre el acceso al sistema de salud nacional.

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Miembros de ATD Cuarto Mundo en Dar es Salaam en co-investigación sobre el tema “Educación para todos”.

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Foto de grupo al concluir una reunión entre el Sr. Ban Ki-Moon, entonces Secretario General de la ONU, y miembros de ATD Cuarto Mundo de diferentes países del mundo.

con admiración

Con admiración

Miro a mi gente humilde

De corazón y vestuario

Sus casas de barro

De lámina o cartón

Trabajan comprometidos

Cada día sin importarles

Inclementes dolores

De la vida dura

Compromiso de darles una mejor formación a sus hijos

Cumplir contra viento y marea

Todos sus compromisos

Para sus seres queridos

Aun si sus derechos humanos son violados

Y que únicamente la sociedad alta les grite

Que tienen que cumplir con sus obligaciones,

Sin importarle que se roban el dinero del estado

Y mi gente sigue

Con la frente en alto

Con todas sus fuerzas

Viendo con esperanzas de un nuevo cambio

En una sociedad de igualdad

Donde el rico ame al pobre y el pobre al rico

Raquel Juárez, Guatemala

cuando los caminos se cierran

(c) ATD Cuarto Mundo

A principios de los años 60, empezó el deterioro del sistema ferroviario en Guatemala. En ese momento también dieron inicio, al lado de la linea férrea, las llamadas invasiones u ocupaciones ilegales, en realidad asentamientos humanos precarios. La cifra de hace un par de años: 800 aproximadamente en todo el país.

Si viajas al norte, al sur o al occidente del país, seguro te encontrarás en algún momento con alguno de estos asentamientos. Cada lugar tiene su particularidad. Algunos mucho más espaciosos que otros, pero casi todos catalogados como zonas rojas, es decir, áreas conflictivas o peligrosas.

En todos ellos, las personas que los habitan carecen de agua potable, energía eléctrica, desagües, asfalto y acceso a condiciones básicas para vivir dignamente. Agregado a esta realidad, las familias sufren de discriminación y de humillación. La mayoría son gente sencilla, con escasos o ningún estudio. Casi todos realizan trabajos informales.

En Escuintla, ciudad al sur del país, me encontré con uno de estos asentamientos. Más de 100 familias instaladas desde hace muchos años. A un lado, una colonia formal es la que sostiene su precariedad. De cada vivienda salen pequeños alambres que llevan la energía eléctrica desde el poste central del alumbrado público. Tres accesos son posibles para la comunidad. Uno de ellos es extremadamente peligroso, debido a la autopista construida en sus alrededores. La entrada más utilizada es la que los relaciona con la comunidad un poco más desarrollada. La escuela próxima está a un cuarto de hora aproximadamente.

Una pequeña calle de tierra es suficiente para entrar a esta realidad. Todos se conocen, todos se saludan. La vida aquí enfrenta a sus pobladores a muchos desafíos, uno de ellos la preocupación por mantener buenas relaciones con sus vecinos de la colonia próxima. Pero no siempre es posible, existen cosas grandes y pequeñas que ponen en evidencia la fragilidad de las relaciones interpersonales, y eso en la mayoría de los casos es inevitable. Uno de estos días, cuando las cosas no están bien, los rumores corren: el grupo responsable de velar por la seguridad de los vecinos de la colonia había tomado la decisión de cerrar el acceso principal a la comunidad. En los últimos meses la violencia se ha incrementado, y esto hace brotar aun más el miedo, no sólo en la colonia, sino en todo el Departamento de Escuintla. La reflexión los llevaba a pensar que bloqueándoles el paso, los problemas de violencia desaparecerían. De esa manera se estaban protegiendo.

Por el lado de las familias instaladas, había una gran preocupación: esta entrada es la que permite a los niños el paso más rápido para asistir a la escuela. De otra manera tendrían que salir por la carretera con más riesgo. Lo seguro es que esto impediría a los más frágiles su asistencia regular a la escuela. Con las personas expuestas a los peligros de atravesar la carretera principal, ¿cuántas vidas podría costar esta “solución”? Sin pasarelas para el paso de un lugar a otro, sin señalizaciones, etc. la vida está en riesgo. La decisión generaría una entrada menos en la economía de las familias, pues hay una dinámica de sobrevivencia que pasa por las ventas de frutas, de comida, entre otras cosas.

Mas allá de todo esto, hay un tema mucho más profundo, el de la construcción de relaciones interpersonales que sobrepasen las clases sociales. Los primeros en romper estas barreras son los niños y jóvenes. Estando en la escuela es más fácil hacer amistad con unos y con otros. Al contrario de esta realidad, cerrando esta entrada se fragilizarían o se romperían los esfuerzos de muchos. Dejar a un grupo de personas encerradas para “aplacar los peligros” o encerrarnos nosotros mismos no es la solución. Pareciera que el objetivo es querer invisivilizar la vida de estas familias. No se trata de querer idealizar las relaciones entre las poblaciones que viven situaciones difíciles y las que no las viven, simplemente es que, para poder crecer en nuestra humanidad necesitamos relacionarnos, para que en medio de nuestras diferencias busquemos de entendernos y hacer esfuerzos para construir la paz. Es cierto que se dice muy fácil, pero en la cotidianidad debe haber mucha tolerancia y esfuerzo. No es fácil pero tampoco imposible. Otro mundo es posible, sí, posible cuando las barreras de la indiferencia, del miedo hacia el otro y sobre todo de los prejuicios se desvanezcan y nos hagan ver en realidad que el lugar donde vives no te hace ni menos ni mejor persona. Se trata de lo que cada uno lleva adentro y eso hay que descubrirlo.

Felizmente la idea fue abandonada semanas después, dejando a los habitantes de la linea con una preocupación más, pues a pesar de todos los esfuerzos que puedan hacer para mantener las buenas relaciones, nunca parecen suficientes para romper con los estigmas sociales, principalmente el de generalizar que todos son malos en este lugar. De un momento a otro las decisiones más radicales podrían ser tomadas, sin darse cuenta que éstas pueden ser trascendentales en la vida de una comunidad.

Elda García, Francia / Guatemala

éramos aprendices

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Revista Educación y Biblioteca. Nº 48. Junio 1994

Me cuenta al teléfono Carola Diez —promotora de lectura y colaboradora de la magnífica Biblioteca Vasconcelos de Ciudad de México— que prepara junto a otros una Biblioteca Humana que tendrá lugar el sábado 19 de noviembre. Me explica que se trata de un rato de encuentro entre personas que se convierten en libros y lectores que los toman prestados por 15 o 20 minutos. En esta ocasión buscan “libros humanos” para una sesión que titulan “Cuando las pequeñas bibliotecas tienen algo que contarte”; nos pide compartir la experiencia de Bibliotecas de Calle de ATD Cuarto Mundo… ponerme a mí misma un título, escribir una sinopsis… De inmediato, vienen a mi mente recuerdos de rostros, cuentos, manitas y ojos eligiendo historias para leer juntos… Me titulo “De Madrid a México: 20 años leyendo libros sobre un plástico” y me regocijo recordando, inevitablemente, mi primera Biblioteca de Calle cada lunes en el Pozo del Huevo en Madrid, aquel “érase una vez” de un cuento verdadero del que no he dejado de disfrutar hasta hoy, nuestro madrileño “érase una vez” de la lucha por construir juntos la belleza y los Derechos Humanos que había iniciado Joseph Wresinski en los años 60 en Francia.

La Biblioteca Vasconcelos nos recibe con toda su belleza y amplitud, con la energía de los lugares vivos, con pulso, con ser humano… La sensación al llegar evoca en mí el gusto que sentía siempre al entrar en la Tate Modern en Londres, la antigua central de energía que es hoy el Museo Nacional Británico de Arte Moderno. Tiene que ver, creo yo, con esa magia que se da cuando hay encuentro entre edificios extraordinarios y personas que saben provocar a otros para habitarlos. Camino por la galería central de la biblioteca celebrando interiormente esa evocación que me devuelve también los recuerdos de la Doorstep Library que inventamos en el sur de Londres, una biblioteca semanal que empezó ofreciendo lectura puerta a puerta, alcanzó después la calle y provocó finalmente el encuentro entre los vecinos de un barrio londinense verdaderamente pobre y la también vivísima Biblioteca de Peckham. Rodeada ya de otros muchos “libros humanos”, me recibe Carola y unos minutos después Ramón Salaberria, subdirector de la biblioteca. Ramón me cuenta que conoce nuestra Biblioteca de Calle desde los años 90 y promete enviarme el artículo que publicó en el 94, siendo él director de la hoy desparecida revista española “Educación y Biblioteca”. No tardo en acomodarme en mi lugar y esperar a los que deseaban escucharme. Como lo son las Bibliotecas de Calle, la mañana en la que me hago “libro prestado” y converso con los muchos que se sentaban a mi alrededor es también una celebración de la oralidad y la escucha.

Yo había conocido ATD Cuarto Mundo y la Biblioteca de Calle a través de Bruno Couder, quien escribe el artículo del que me habla Ramón. Recibo el texto prometido —pueden ahora los nostálgicos y los curiosos leerlo aquí, a partir de la página número 18— y encuentro de nuevo aquel español afrancesado con el que Bruno nos hablaba de la pedagogía y la política de nuestras Bibliotecas de Calle. Admito haber aprendido también algo de la teoría y la práctica de la promoción de los Derechos Humanos a través de algunos textos especializados; sin embargo, el recuerdo de la manera de hablar de Bruno me hace tomar conciencia y celebrar haber aprendido el oficio junto a él y a Yolaine Couder, con quienes hice mis primeras Biblioteca de Calle; tomar conciencia de la suerte que fue para mí aquel espíritu de aprendices que habitaba a los jóvenes que habíamos sido reclutados como animadores de la Biblioteca de Calle, el espíritu de observarlo todo —mirar con la nariz adentro, como los niños—, de escucharlo todo del que ya conoce el oficio, del maestro. Como lo hacen los aprendices de carpintero, observábamos las maneras de los que ya sabían hacer: la precisión, el cuidado… y Bruno y Yolaine nos contaban los porqués de cada pequeña madera que construía la Biblioteca de Calle: elegir bien los libros, conocerlos y entusiasmarse; sentarse en la calle, a la vista de todos; invitar a cada niño, pero ir personalmente a buscar a los más pobres y rechazados, decirles cuánto contábamos con ellos, hacerlo sin desfallecer, a veces durante meses antes de que se animaran a participar; acompañar a los niños de regreso a casa y hablar a sus padres de sus éxitos en la biblioteca de aquel día; no intimidarles con preguntas sobre si sabían leer o no, animarles en sus esfuerzos y celebrar sus logros; permitirles escoger sus lecturas, y leer en voz alta para ellos o acompañarles en su leer incipiente, o las dos cosas, según pareciera mejor… Y en medio de todo eso, sobre todo, ver  los esfuerzos de los adultos de aquellos barrios, tan castigados por la pobreza y la exclusión, para que sus niños tuvieran un mejor futuro; reconocer los esfuerzos y los logros de aquellos padres a menudo acusados de no escolarizar a sus hijos, de no dar importancia a la escuela, de no saber nada… Llegábamos, decían Bruno y Yolaine, para compartir nuestro saber-leer, pero sobre todo para advertir, reconocer y unirnos a los innumerables esfuerzos que los padres hacían, en medio de la supervivencia, para permitir a sus hijos aprender más allá de los saberes que ellos podían transmitirles. Se trataba de una pedagogía, pero sobre todo de una opción política, de una manera muy particular de estar en la lucha contra la pobreza y la promoción de los Derechos Humanos. Éramos aprendices, ¡y cuántisimo aprendimos!

La mañana de Biblioteca Humana en la Biblioteca Vasconcelos trajo a mí el deseo de detenerme en esta suerte de hilo conductor recorriéndome en las que han sido mis ciudades, en las bibliotecas y los lugares de la cultura que me han entusiasmado, en el encuentro con la comunidades y personas muy pobres con las que he hecho camino, en mi trabajo junto a otros voluntarios permanentes de ATD Cuarto Mundo…: ser aprendiz de quienes ya lo eran de las personas en situación de pobreza. Así, la Biblioteca Humana, como expresión de la historia compartible que hay en cada uno de nosotros, realizó en mí algo mucho más hermoso: volver al recuerdo de los que me iniciaron en esta lucha contra la pobreza y a la importancia de aprender el arte o el oficio practicádolo con quienes ya lo dominan, la inmensa suerte de ser aprendices.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

soy varón y rechazo la discriminación de las mujeres

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“No conozco mujeres que sean buenas profesionales en programación o en el área de sistemas”, “las mujeres no son eficientes ni competentes cuando están embarazadas, “las mujeres son muy hormonales e impredecibles para dirigir”. Estas son algunas frases que he escuchado en diferentes espacios laborales, reforzando prejuicios y estereotipos de género.

En muchas empresas e instituciones los cargos de poder y decisión están en manos de hombres, incluso en aquellos que promueven el empoderamiento femenino o Derechos Humanos. Esta realidad muestra que todavía es difícil reconocer a las mujeres como profesionales competentes y capaces, debido a estereotipos que la relacionan con el carácter débil, con su capacidad de cuidar exclusivamente a la familia y ser el soporte principal de otros (esposo e hijos), creyendo consciente o inconscientemente que no puede ser una buena líder. Esta realidad hace que esté en constante evaluación, valorando las características más cercanas al comportamiento masculino, por ejemplo: la cantidad de tiempo extra que le dedique al trabajo, sin tomar en cuenta que para un hombre es más sencillo quedarse más tiempo en el trabajo, pero no es así para las mujeres, porque también debe cumplir con otras responsabilidades como la maternidad o el trabajo en casa, responsabilidades que muchas veces suelen ser impuestas.

¿Qué pasa con las mujeres en situación de pobreza? Ellas se encuentran en condiciones mucho más vulnerables, no sólo por su limitada formación educativa, sino porque están expuestas a trabajos que si bien coadyuvan a su autonomía e independencia, como: personal de limpieza, cocineras, vendedoras en puestos en la calle, entre otros, son ocupaciones que siguen reafirmando los estereotipos sexistas donde se considera que la mujer sólo es útil para cierto tipo de tareas. Hoy en día muchas de ellas van incursionando en trabajos tradicionalmente considerados masculinos como la construcción, la conducción de transporte público o la mecánica, pero se desvaloriza su esfuerzo pagándoles menos de la misma manera que se ignoran y quedan impunes las situaciones de violencia a las que a menudo están expuestas.

Estas realidades visibilizan claramente desigualdades e injusticias sociales que excluyen a las mujeres en base a prejuicios que subestiman sus capacidades. Es posible que esta desigualdad se mantenga a causa de un cierto privilegio que reciben los varones, entregándoles poder y autoridad en cualquier tipo de relación. Estás diferencias marcadas por la sociedad se inician desde la niñez, situaciones en que las niñas deben quedarse en sus hogares para apoyar las tareas domésticas mientras que muchos niños pueden salir a espacios libres de recreación; ya cuando son jóvenes ellas deben velar del cuidado y seguimiento de sus hermanos, como si fueran una especie de segunda madre. Pasando por una serie de etapas podemos ver como se consolidan estos estereotipos en los espacios laborales donde el trabajo de las mujeres no es reconocido o en el peor de los casos son los jefes los que se llevan dicho reconocimiento.

Una madre compartía en la Universidad Popular de ATD Cuarto Mundo las siguientes palabras: “hay todavía papás que crían a sus hijos diciendo que los varones tiene que seguir el apellido, hasta ahora sigue haciéndolo, por ejemplo mi papa era así, decía: ‘él es varón, él va seguir el apellido, el varón tiene que trabajar, nada más, en cambio a mi hija, ella es mujer, va perder el apellido, solo sirve para cocinar, para que sufra, para que tenga hijos, para nada más’. Eso decía, pero la mujer le alcanza todo a un hombre, la mujer sufre más, el varón no lleva niños cargados, no tiene que ir a la escuela, lavar, recoger, las mujeres tenemos mucho trabajo en la casa, en cambio los hombres solo tienen un solo trabajo, y eso para mí está mal. En estas épocas que hombres tienen que aprender a cocinar y no mirar a la mamá, tienen que saber trabajar como la mujer, sufrir como la mujer”. Esta señora no sólo trabajaba en su hogar sino que a la vez innovaba diferentes formas de trabajo para generar ingresos adicionales para el bienestar de su hogar.

Pero lamentablemente esta lógica de poder se consolida en todos los miembros de la sociedad, es así que a veces se puede ver a mujeres que reproducen estereotipos machistas de forma consciente e inconsciente debido a la naturalización de comportamientos, es decir que de alguna forma es visto como algo natural que sea el hombre el que tome las decisiones, o el que debe recibir un trato preferencial en muchos aspectos de la vida. No es extraño, que entre las mismas mujeres se vayan marcando más las brechas de entendimiento. Sin ir muy lejos podemos apreciar la actitud que toman algunas mujeres como jueces de la vida de otras mujeres marcado por frases como “esa mujer floja no atiende a mi hijo”, “mi hermano se merece una mejor mujer”, “pobre de su hijo con esta mujer que no sabe ni cocinar”, “seguro anda de coqueta buscando hombres”.

Se ha dicho mucho sobre el hecho de que las mujeres reproducen estas situaciones e incluso se las culpa por la educación que brindan a sus hijos e hijas, pero al realizar un análisis tan simple de esta situación estamos ignorando que los hombres somos los que nos beneficiamos de esta condición. Como varón pienso que debemos afirmar que no es justo que mujeres sean despedidas por estar embarazadas, que ganen menos por el mismo trabajo, que sean víctimas de acoso sexual por algún compañero, que en toda entrevista de trabajo se les tenga que preguntar si es soltera como requisito para obtener el empleo, que se les pida tener una buena presencia para acceder a mejores trabajos, etc. Y debemos analizar estas situaciones no sólo porque también tenemos una hija, una madre o una esposa, sino por el hecho de que todas las mujeres se merecen respeto, dignidad, pero sobre todo un trato justo y equitativo. Si superamos esta injusticia el mundo sería mejor para todos, no sólo para las mujeres.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz

construir juntos la palabra

02Don Quijote de la Mancha / Estampa de F. Bouttats en 1697

Un hombre y una mujer, los dos bastante mayores, duermen desde hace unos meses bajo un techo en un edificio abandonado muy cerca de donde yo vivo. Allí se resguardan por la noche y resguardan también un carro de supermercado lleno de cosas, sus cosas. Suelen llegar al final del día, a menudo cargados de cables eléctricos que les veo limpiar mientras conversan. Imagino que durante el día buscan comprador para el cobre que recuperan de los cables viejos, pero en realidad nunca les encuentro durante el día sino por las noches, con frecuencia compartiendo cena con otras personas que parecen también dormir en la calle. Como vecinos, solemos saludarnos, hablar un poquito del frío o del calor o de la lluvia, desearnos una buena noche.

Hace un par de semanas, vi como alguien les insultaba por tener su carro de supermercado todavía en medio de la acera —la banqueta, según decimos en México—. Vi al hombre retirar el carro sin decir nada y al otro hombre, el que les insultaba, gritar cada vez más fuerte. Quise hacer algo e inicié una frase con la intención de detener aquello que me parecía tan violento e injusto. El hombre del carro, mi vecino, me paró a través de un gesto hecho con los ojos y yo paré las palabras que se preparaban en mí. Había entendido que mi vecino me pedía no decir nada, y continué mi rumbo llena de desasosiego, incapaz de aceptar aquel silencio.

Todos nosotros hemos sido alguna vez testigos de violencia contra personas pobres. Desde luego, yo me he visto muchas veces antes en situaciones parecidas a la del otro día, a veces en la calle o en un comercio, otras veces con personas verdaderamente cercanas. En particular, recuerdo aún con angustia lo que viví a menudo en Madrid o en Londres acompañando a personas en situación de pobreza durante sus encuentros con profesionales de los servicios sociales, y en cuántas ocasiones tuve que callarme ante la humillación a la que eran sometidos. Supongo que era natural, e incluso deseable, que yo iniciara algunas veces frases de protesta, y sin embargo aprendí a lo largo de los años que mi rebeldía no me ponía en riesgo a mí sino a ellos, no les defendía a ellos, sino que más bien terminaba defendiendo sólo mi propia imagen de mí misma —lo que es desde luego legítimo, pero inútil para los más pobres—.

Hace unos años, los trabajos de investigación que miembros de ATD Cuarto Mundo desarrollaron alrededor de la violencia en la pobreza me permitieron entender mejor el uso que los más pobres hacen del silencio y lo que es necesario para salir de él, para romperlo. A menudo he leído o escuchado que los pobres se callan por desconocimiento de sus derechos o, peor aún, porque, a fuerza de golpes, ya no son conscientes de estar recibiendo un trato injusto o violento. Sin embargo, ellos dijeron entonces de manera muy firme “nos callamos para que la situación no empeore” y lo que es todavía más importante para mí: “Aun confrontados a todo tipo de injusticias, queda en nosotros la conciencia plena de que lo que vivimos constituye una violencia”.

Habitada todavía por estas reflexiones y el desasosiego de aquel momento de silencio compartido con mi vecino de calle, llegué pocas noches después a un pasaje de Don Quijote de la Mancha que resultó absolutamente conmovedor para mí en aquel momento:

“—Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondió el muchacho—; pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.

—¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—.Luego ¿no te pagó el villano?

—No sólo no me pagó —respondió el muchacho—, pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un San Bartolomé desollado; y a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa; porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito, y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y como no lo pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo, que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.”

Me estremece tomar conciencia de esta larguísima historia de silencios para la supervivencia, de la larguísima historia de los que no pueden defenderse y no pueden dejarse defender, de la larguísima historia de los que no logran defender a otros. Mucho antes de don Quijote, en el mismo tiempo del caballero andante y hoy, cuatrocientos años después, siguen los pobres obligados al silencio, y en nosotros el miedo de ponerles en riesgo con nuestras valentías.

Desde luego, podemos fácilmente caer en la tentación de la desesperanza o en la trampa de concluir que debemos aceptar la violencia sin hacer nada. Hay sin embargo un camino posible y necesario que tiene que ver con crear las condiciones para romper el silencio de manera colectiva, que tiene que ver con el reconocimiento de la experiencia y el conocimiento de las personas a las que se les ha impuesto el silencio, con tomar las rutas que a ellos les parecen posibles y suficientemente seguras. No es el camino de la urgencia —aunque es urgente—, ni tampoco el que nos salva del desasosiego y la impotencia de no poder defender al hombre del carro de supermercado o al muchacho al que trató de salvar don Quijote. No es tampoco el camino que salva inmediatamente a los más pobres de la violencia —lo que sería lo único verdaderamente aceptable—. Se trata más bien de un proyecto a largo plazo —más lento, pero más seguro—, una invitación a unirnos a personas en situación de pobreza y a otros para construir juntos la palabra.

Como no dudo de la buena voluntad de don Quijote y no lo hago de mi buena voluntad al iniciar mi frase de defensa aquel día con mis vecinos de calle, no dudo tampoco de la buena voluntad de la mayoría de los académicos, los profesionales del sector social, los activistas, los intelectuales o incluso los burócratas o políticos dedicados a la defensa de los derechos de todos y la erradicación de la pobreza. Pero hay a menudo una distancia demasiado grande con la realidad. Falta, sin lugar a dudas, en sus mesas de trabajo, en esa palabra y acción que ellos construyen y difunden, la experiencia y el pensamiento de las personas en situación de pobreza, del muchacho, de mi vecino de calle y de todos los pobres que no dejan de reflexionar sobre su propia realidad y sobre cómo hacerle frente de manera segura. “—El daño estuvo—dijo don Quijote—en irme yo de allí.” Falta quedarnos allí, estar a largo plazo para pensar y construir juntos la palabra y la acción que servirá para romper de una vez por todas el silencio, para construir de una vez por todas la justicia que necesitan los más pobres, y con ellos necesitamos todos.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México
en twitter @beatriz_monje_

reciclaje en la pobreza: entre la sobrevivencia y la conciencia

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Mucho se lee o se escucha de los grandes eventos que tratan sobre el tema del cambio climático. Luego de la COP21 en París en diciembre 2015, ahora se habla de la Cumbre Climática COP22 que se desarrolla en Marruecos estos días de noviembre 2016. Entre los objetivos de la COP22 está el de ayudar a los países en vías de desarrollo a elaborar programas contra el cambio climático. Al mismo tiempo de este evento mundial, en Guatemala, mi país, se presenta la iniciativa de ley que prohibirá el uso de las bolsas plásticas, un primer paso en esta responsabilidad ambiental asumida por los Estados.

La mayoría de veces, las frases y conceptos técnicos se pierden en los documentos; nadie desconoce que la mayoría de los desechos y de las conductas consumistas vienen de los países “desarrollados”, que si bien es cierto proponen medidas para reducir los impactos ambientales, también son los primeros en evidenciar la falta de un compromiso real. Eso puedo verlo en el día a día y es una de las cosas que siguen impactándome desde que vivo en Francia.

Más allá de estas cumbres internacionales, están los esfuerzos cotidianos invisibilizados que llevan a los habitantes de ciudades, de barrios y de los más sencillos lugares habitados, a realizar cosas concretas para hacer frente a esta problemática mundial.

Caminando un día por la calle en Francia, me encontré con una cantidad de muebles en buen estado. No entendí qué hacían en las puertas de las casas hasta que alguien me explicó que son las cosas que las personas tiran porque ya no son útiles. No entiendo bien cómo las personas pueden tirar estos muebles y objetos. En mi país es casi imposible ver esto. Los objetos se venden como de segunda mano o se tiran cuando verdaderamente ya no pueden servir. Otros se comparten entre nuestra familia o se ofrecen a alguien muy cercano. Pero claro, Francia es un país donde cada día hay algo nuevo para comprar.

Viendo esta realidad no dejo de pensar en Guatemala, donde muy a menudo nos encontramos con personas que están recuperando lo que se estropea. Es tan difícil obtener todo, que no podríamos desecharlo tan fácilmente. Hasta lo que parece ya inservible ¡puede ser rescatado! Para unos, recuperar o reciclar es un trabajo, para otros simplemente es una manera de ahorrar.

Viene a mi memoria un hombre cuyo trabajo es hacer reparaciones de todo lo que encuentra. Cuando lo veía, siempre estaba con algún proyecto en sus manos: una plancha, las láminas de su casa, el radio del vecino, etc. Un día que vino a nuestra casa porque el ventilador se había descompuesto, rápidamente nos dijo: “eso es fácil de arreglar”. Y claro, lo hizo funcionar luego de un rato trabajando. Para él era difícil imaginar que un objeto fuera a la basura; sabía muy bien cómo sacar provecho de todas las cosas que para algunos “ya no tenían solución”. Era de esa manera como lograba obtener algunos quetzales para la comida del día. Todo en su casa había sido recuperado: la televisión, la radio, la plancha, las camas, realmente todo ¡Y lo contaba con orgullo! Lo que me parecía increíble, era que muchas veces elaboraba el producto que necesitaba para la reparación. Cuando le preguntaba ¿cómo ha aprendido esto?, siempre me contestaba: ¡la vida me ha enseñado!

Otro joven que trabaja todos los días vendiendo cosas de segunda mano en un mercado popular me explicaba cómo lograba rescatar algunas cosas: a veces recogía de la basura muñecas viejas que sabía que podían reparar. Con mucho cuidado desarma cada pieza. Si tienen ropa, la lava y la plancha. Las que son de tela, hay que descoserlas con cuidado. Algunas necesitan cambio. Las partes que son de plástico las limpia muy bien y luego la arma. La muñeca vuelve al mercado, donde alguien podrá pagar por ella un precio cómodo. Es un trabajo artesanal que requiere de mucho cuidado. También es claro que la mayoría de personas no lo hace por una conciencia ecológica, sino más bien por sobrevivencia.

Para los más pobres reutilizar es la única opción. Y así nos encontramos frente a los verdaderos expertos, aquellos que resisten, descubren y ponen en práctica mecanismos certeros para frenar la destrucción acelerada de nuestra tierra. Inconscientemente se declaran como los primeros colaboradores de esta limpieza mundial,  ¿a qué esperamos entonces para tomarlos en cuenta y enriquecer esta búsqueda de las soluciones para salvar nuestro planeta?

Elda García, Francia / Guatemala

En la portada: doña Ester Hernández con una de sus creaciones. Taller ‘Trabajar y Aprender Juntos’, artesanías hechas de papel reciclado. Guatemala.