soy alguien

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*Traducción del original en portugués (abajo).

¿Levantar la cabeza?, ¿para qué? Si todo lo que veo es dolor, sufrimiento, injusticia y necesidad. Si, a mi alrededor, veo adultos apenas sobreviviendo, despertándose, saliendo para el trabajo pesado para volver con un salario mínimo a final del mes, sin otras perspectivas. Jóvenes siendo espectadores del desmoronamiento de sus propios sueños, uno detrás de otro, completamente impotentes por la falta de oportunidades. Niños recibiendo una basura de educación y siendo criados para no ser protagonistas de sus historias.

Me siento sin fuerzas. Me siento en la oscuridad. Me siento sin ninguna motivación.
¿Levantar la cabeza?, ¿para qué? Ya sin sueños, ya no tengo más esperanza. Un día la tuve, pero ahora todo ha cambiado. Cuando era niño, veía el mundo con las lentes del optimismo, tenía esperanza de ir en el futuro a la universidad y ser un profesional. Pero hoy, que el futuro ha llegado, estas lentes son oscuras y todo lo que veo es oscuridad. Hoy, ya no sueño más y creo que soñar es solo perder el tiempo.

Si el mundo no tiene un lugar para mí, me pregunto ¿por qué existo?, ¿por qué estoy aquí?, ¿qué es lo que aún me hace levantarme de la cama y recibir el día de hoy?, ¿qué es?

Costó mucho pero hoy lo descubrí: ¡eso es fe! Me lo pueden quitar todo, pero no pueden quitarme mi fe: fe en Dios, en mi familia, en mis amigos, en las personas que tienen la misma fe en mí; fe en la vida, en un mundo mejor, más justo, más humano; fe en el amor de mi madre y en su lucha incansable para ver a sus hijos en el buen camino; fe de que ser alguien en la vida es tener dignidad y no éxito.

Entonces, levanto la cabeza porque tengo fe, porque soy un ser humano como tú y puedo ser feliz y tener una vida digna también. Exactamente como mi madre me crió, aún pasando por todas las dificultades que ella pasó. Soy obra de ella y de la fe que la mantuvo de pié. Soy fruto de todos sus esfuerzos y esperanzas. Soy alguien.

João Guilherme da Silva Simpolis con Mariana Guerra, Petrópolis


 

Levantar a cabeça pra que? Se tudo o que eu vejo é dor, sofrimento, injustiça e necessidade. Se, a minha volta, vejo adultos apenas sobrevivendo, acordando, saindo para o trabalho pesado para voltar com um salário mínimo no final do mês, sem outras perspectivas.

Jovens sendo expectadores do desmoronamento de seus próprios sonhos, um atrás do outro, completamente impotentes pelas faltas de oportunidades.
Crianças recebendo um lixo de educação e sendo criadas para não serem protagonistas de suas histórias.

Me sinto sem forças. Me sinto no escuro. Me sinto sem motivação nenhuma. Levantar a cabeça pra que? Já sem sonhos, não tenho mais tanta esperança. Um dia já tive, mas agora tudo mudou. Enquanto era criança, via o mundo com as lentes do otimismo, tinha esperança de no futuro fazer faculdade e ser um profissional. Mas hoje, que o futuro chegou, essa lente é escura e tudo o que vejo é escuridão. Hoje já não sonho mais e acho que sonhar é só perda de tempo.

Se o mundo não tem um lugar para mim, me pergunto por que existo. Por que estou aqui? O que é essa coisa que ainda me faz levantar da cama e receber o dia de hoje. O que é isso?

Custei muito, mas hoje descobri: isso é fé! Podem tirar tudo de mim, mas não podem tirar a minha fé. Fé em Deus, na minha família, nos meus amigos, nas pessoas que têm a mesma fé em mim. Fé na vida, num mundo melhor, mais justo, mais humano. Fé no amor da minha mãe e na luta incansável para ver seus filhos no bom caminho. Fé de que ser alguém na vida é ter dignidade e não sucesso.

Então, levanto a cabeça porque tenho fé. Porque sou um ser humano como você e posso ser feliz e ter uma vida digna também. Exatamente como minha mãe me criou, mesmo passando por todas as dificuldades que passou. Sou obra dela e da fé que a mantinha de pé. Sou fruto de todos os seus esforços e esperanças. Sou alguém.

João Guilherme da Silva Simpolis con Mariana Guerra, Petrópolis

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hojas en blanco para la supervivencia

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Desde hace algunas semanas, leo unos textos de Joseph Wresinski que me llevan de un lado a otro en mis recuerdos y de un lado a otro sobre textos o reflexiones de otras personas. Así llegué de nuevo a unas palabras sobre una hoja en blanco que había pronunciado el activista y artista guatemalteco Guillermo Díaz durante un tiempo de trabajo conjunto en México en el mes de Mayo. Son su palabras las que me empujan hoy a tratar de escribir sobre lo que presencié una mañana en Puerto Príncipe en el 2013 durante mi participación en el encuentro semanal del equipo de ATD Cuarto Mundo con un grupo de niños que viven —luchan por la supervivencia y la vida— en la calle.

ATD Cuarto Mundo desarrolla proyectos en Haití desde el año 1981: entre otros, un proyecto nutricional y de estimulación temprana para apoyar a las madres en la crianza de sus bebés, una escuela para niños de tres a seis años, un taller de informática para jóvenes, un sistema de atención médica para familias… En realidad, el hilo conductor de todos ellos no es otro si no el tratar de llegar a las familias más duramente castigadas por la pobreza, aquellos que difícilmente tienen acceso a los programas de ayuda convencionales. Construyendo los proyectos y revisándolos día a día junto a los más pobres, ATD Cuarto Mundo asegura caminos de participación plena necesarios para cualquier iniciativa de lucha contra la pobreza y en favor de los derechos humanos. En el momento del terremoto en el año 2010, está búsqueda que fue siempre, y continúa siendo, brújula para cada proyecto fue la clave para lograr que la ayuda de emergencia alcanzará también a las personas y familias más pobres, a los más excluidos o los que vivían en las llamadas zonas rojas de peligro, allí donde otros no llegaban.

Con esta brújula en la mano, una parte del equipo de ATD Cuarto Mundo —en aquel momento Rosanna, Mogene y David— se encuentra todas las semanas con un grupo de niños que viven en las calles de la capital haitiana. Sus historias son muy diversas, pero se sabe que el número de niños en la calle se multiplicó de manera notable tras el terremoto. Aquella mañana en la que yo tuve oportunidad de encontrarles, los niños se reunían alrededor de un tiempo de biblioteca en la calle. No deja de emocionarme a lo largo de los años como todos los niños del mundo, sean cuales sean sus circunstancias, desean el encuentro con los libros, con la ilustración y la palabra, con la posibilidad de mirar a través de una ventana, con la alegría y la paz. Participé maravillada de aquel tiempo de lectura y después, maravillada y profundamente conmovida, del tiempo que se dedicaba a la posibilidad de dibujar. Uno por uno, los niños fueron tomando una hoja en blanco y un lapicero, algunos ya muy pequeños de tanto haberse usado, y de la manera más meticulosa y pausada que una pueda imaginar empezaron cada uno a dibujar, primero muy lentamente los trazos y después el color. He visto a lo largo de mi vida a muchos niños dibujar, pero nunca nunca nunca de manera tan extraordinaria, tan llenos de mirada sobre el mundo, tan cargados de proyecto visual y de cuidado, tan plenos de deseo de expresión, tan llenos de infancia.

La verdad es que había tratado muchas veces de poner palabras sobre aquello que vi —y con tanto empeño quise retener en mí—, pero siempre había desistido. Como antes, ahora tampoco me parece posible hacer justicia a lo extraordinario de aquella manera de dibujar, de aquellas manos y ojos, de tanta infancia resistiendo, pero me decido, empujada por las palabras de Guillermo, a compartir algunas de las fotografías que tomé aquella mañana.

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Guillermo es originario de una de las aldeas del municipio de San Jacinto en Chiquimula, Guatemala, y fue esto lo que dijo en Ciudad de México y yo pude escuchar: “Yo fui un niño de la biblioteca de calle en mi aldea en los años 70, cuando Guatemala se encontraba en guerra. Gracias a las bibliotecas que llegaban yo podía dibujar en una hoja en blanco. Era un momento de paz. Mi país sufría mucho y nosotros los niños no teníamos una luz. Esta hoja en blanco me abrió muchos caminos, me dio muchas luces. Muchos niños en el mundo necesitan esa luz. El simple hecho de tener una hoja en blanco era mucho para mí. Ver esos libros hermosos que llevaban era para mí soñar… era soñar en un mundo diferente, era soñar que, como niño, yo tenía derechos también. Puedo decir que gracias a esa biblioteca soy quien soy: soy un profesor de escuela primaria… me gusta pintar… y fue la biblioteca de calle la que me enseñó eso, la que me dio muchas luces para seguir. Si nos unimos, podemos llegar a muchos niños”.

Supongo que pueden imaginar hasta qué punto sus palabras iluminaron aquel momento que yo había atesorado durante tanto tiempo. No las comparto ahora a modo de conclusión: no concluyen, no explican, no nos permiten estar en paz con lo intolerable, no justifican lo que hacemos, no acaban con nuestras preguntas sobre nuestros pasos, no nos quitan de la impaciencia, no nos calman… pero iluminan, dan luz, nos animan a seguir ofreciendo hojas en blanco a la esperanza, nos animan, sobre todo, a mirar a cada niño dibujar con la misma pausa que ellos dibujan, a mirar cada dibujo con la pausa de las manos de nuestros niños de la supervivencia, con la lucidez de sus ojos: un niño, un niño enfermo y un amigo llevándole flores, una escuela, dos coches, un terreno de juegos, un campo de fútbol y una casa, un niño y una niña de la mano, un trazo, una hoja en blanco, una hoja en blanco.

Un niño que dibuja en una hoja en blanco.

Hojas en blanco para los niños de la supervivencia.

Hojas para la esperanza, y seguir.

Seguimos.

Beatriz Monje Barón, Puerto Príncipe / Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

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lámpara maravillosa

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Ocurre algunas veces que dos seres humamos se entienden de inmediato, como si hubieran sido ambos capaces, en tan solo unos segundos, de leer los secretos del corazón del otro.

Era sábado de Biblioteca de Calle en uno de los sectores más castigados por la pobreza en la capital guatemalteca. El barrio se levanta a lo largo de una sola calle de tierra; a mano derecha, una quebrada pone a todos sobre aviso de la cercanía del abismo. La biblioteca se instala en un pequeño terreno vacío a pocos metros de la entrada del barrio. Un puñado de niños nos recibe, impacientes de historias. De inmediato comienzan algunos de los animadores a preparar el espacio y los libros; otros caminan en busca de todos los niños y todas las niñas.

David me invita a acompañarle. Calle abajo, toca las puertas, saluda a adultos y niños, platica y anuncia la llegada de la biblioteca. Algunos patojos se unen inmediatamente a esa suerte de procesión hacia los libros en la que va progresivamente convirtiéndose el caminar de David; otros explican que todavía están preparándose y se unirán a su vuelta. Sigue la bajada hasta el final de la calle. Yo estaba de visita en Guatemala y era mi primera vez en el barrio. Mientras camino, ya rodeada de niños y tomada de la mano, pienso que, aún estando en medio de la ciudad, los barrios de la pobreza siempre parecen estar al final, al límite, al margen de todo… así insiste la quebrada mientras unos y otros trabajan: preparan atole para salir a vender, apilan el cartón rescatado de la basura, peinan a los niños, lavan la ropa…

En una de las casas hay una niña de unos ocho años que asoma su cabecita a través del espacio que queda entre el techo y la puerta, ambas de lata. David habla con ella y Lucía explica que su mamá trabaja desde el día anterior y ella cuida a su hermanito de tres años; la casa estaba cerrada y no tenían permiso para salir. Su abuelita —explica Lucía— vive muy cerca y quizás pueda darle permiso. “Va pues —decimos— vemos a la vuelta si se puede”, y seguimos la bajada hacia más niños. De regreso, caminamos en el alboroto de los numerosos patojos a nuestro alrededor. Ahora está también Vivi con nosotros, otra de las animadoras de la biblioteca. Lucía sigue encaramada a la puerta de su casa. Me conmueve profundamente lo visible de sus esfuerzos de niña valiente para no romper a llorar mientras nos dice que no vio a su abuelita y no podrá venir. También yo me esfuerzo para ser valiente y seguir nuestro camino hacia la biblioteca.

Años antes, yo había participado en un grupo de trabajo durante la investigación-acción participativa La miseria es violencia en el que unas madres describían justamente esto: tener que salir a trabajar y dejar a los niños solos en casa, tener siempre miedo de que algo les pase, estar obligadas a correr tales riesgos para buscar el alimento, tener que elegir entre el peligro de dejar la casa abierta y que la violencia entre, o cerrar la casa y que algo les pase dentro, salir de casa con los niños aún dormidos y regresar por la noche con ellos dormidos de nuevo, dejar a los hijos mayores a cargo de los pequeños y ser en realidad todos pequeños… todos estos riesgos para la supervivencia, peligros que a penas se esquivan para la supervivencia que a penas se logra… Todo esto me lo había dicho de nuevo el rostro de Lucía en unos pocos minutos, y también su profundo deseo de venir con nosotros al encuentro con los libros.

Ya en el espacio de biblioteca, hablan David y Vivi sobre Lucía. David agarra unos libros y retoma el camino hacia su casa para cumplir la promesa que acabábamos de hacerle Vivi y yo: leer para ella cuentos desde fuera. Yo me quedo en la biblioteca junto al resto de animadores, y un grupito de niños se reúne a mi alrededor. Al ratito, como por arte de magia, veo llegar a Lucía junto a otros dos niños; se acerca a mí rápidamente, abre los brazos y sonríe una sonrisa inmensa sin decir una sola palabra. Yo también sonrío y abro los brazos, y nos abrazamos como si acabáramos de salir las dos victoriosas de una gran aventura, como si acabara de cumplirse para nosotras nuestro deseo común para el genio de la lámpara maravillosa, como si esos minutos de conocernos a la puerta de su casa hubieran sido suficientes para leer todos los secretos de nuestros corazones… Su abuelita había regresado y David había podido hablar con ella para traer a Lucía, a su hermanito y a su tía, también niña pequeña. Tras nuestro abrazofiesta, los tres se sientan a mi lado, junto a los otros niños que ya me acompañaban, y leemos y después cantamos y después juntos hacemos la actividad manual que se había preparado.

Durante más de diez años participé semanalmente en una Biblioteca de Calle, primero en Madrid, después en Londres. Ahora lo hago a menudo durante mis viajes con motivo de mi responsabilidad en el seno de la delegación de ATD Cuarto Mundo para América Latina y el Caribe. A lo largo de los años, he atesorado numerosos momentos que dan testimonio de lo que permanece intacto en el corazón de los niños a pesar de la dureza de la vida en la miseria, la infancia intacta en ellos a pesar de las dificultades a las que tienen que hacer frente. Nuestra suerte compartida son estos espacios en los que eso que es esencial y permanece en cada niño y cada niña puede abrirse, mostrarse, celebrarse, crecer… estar en la luz. En Guatemala, David, Vivi, Nathalie, Cristina, Miriam, Lorena, Delphine, Guillermo… animan cada semana la Biblioteca de Calle de ATD Cuarto Mundo y junto con los niños y niñas frotan y frotan la lámpara maravillosa de Aladino, logran hacer salir al genio, salir victoriosos, compartir lo que cada uno lleva en su corazón. De esta manera se suman las Bibliotecas de Calle a los esfuerzos que cada día hacen las madres y padres en situación de pobreza para construir un futuro mejor para sus hijos.

Tras el rato de lectura y el canto, llega la propuesta de actividad manual. En esta ocasión, se trata de un corazón para celebrar el día de la madre. Lucía prepara su corazón de cartulina al tiempo que ayuda a su hermanito a hacer el suyo, y después dibuja otros muchos corazones y escribe: “Mami te amo. Te amo mami. La adoro mami”.

Lucía, su hermanito y su pequeña tía aprovechan la biblioteca hasta el final. David va a acompañarles hasta su abuelita, y así compartir con ella sobre lo que los niños vivieron durante la mañana. Antes de irse, Lucía abre de nuevo los brazos y nos reúne a los cuatro en un solo abrazo. Sus bracitos de niña de ocho años son infinitos, plenos de fuerza y ternura. Agradezco conmovida a los tres niños y les digo “He sido muy feliz hoy con ustedes”. Lucía sonríe y nos abarca de nuevo a todos en un último abrazo: celebración de los cuentos compartidos y los secretos de nuestros corazones, de la Biblioteca de Calle, sus niños, los padres y los animadores, del reconocimiento y el amor para su madre que lleva entre sus manos, de toda la belleza e infancia que hay en Lucía, lámpara maravillosa.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México / Guatemala

en twitter @beatriz_monje_

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¿acto de caridad, de justicia o de humanidad? ¡Las Patronas de Veracruz!

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Hace más de veinte años, unas niñas preguntaban a sus padres, trabajadores de la tierra, por las personas que viajaban encima de los techos de ese tren carguero que atraviesa México de Sur a Norte, ese que desde siempre pasaba cerca de La Patrona, su comunidad: ¿quiénes son, de dónde vienen? No pensaban entonces que esas sus preguntas de niñas las convertirían, años más tarde, en Las Patronas de Veracruz… No eran conscientes entonces de estar siendo testigos de una de las complejidades de la sociedad actual: «la migración no como derecho sino como un privilegio para quien lo pueda pagar», según ellas mismas lo dicen ahora.

Años más tarde, estas mismas niñas, ya jóvenes muchachas, caminaban cerca de las vías del tren cargando una bolsa de pan y leche. De pronto, una de aquellos que viajaban sobre el tren pidió lo que cargaban. Ellas, haciendo caso a ese llamado, aventaron su bolsa hacia él con la sola intención de ayudar. «Habíamos entendido, sorprendidas —según lo explican ahora—, que los viajeros traían hambre». Así empieza la historia de Las Patronas.

Después de aquello, las muchachas y otras mujeres de sus familias decidieron juntarse y organizarse. Eran campesinas que vivían en una comunidad que no destacaba por su bienestar material; sin embargo, decidieron actuar a sabiendas de que no recibirían nada a cambio… más aún, a sabiendas de que esa decisión las llevaría a compartir su compra del día, la que había de alimentar a sus propias familias. «Esas personas traen hambre, ¿qué vamos hacer?». Una dijo: «yo traigo un kilo de arroz»; otra: «yo los frijoles»; la otra: «yo las tortillas»… Así, sin escatimar esfuerzo alguno y con una enorme valentía, se precipitaron a apagar el hambre.

Desde entonces, ante el silbido del tren, las patronas se paran y se colocan a lo largo de la vía del tren todos los días; junto a ellas, las carretas que transportan las bolsas de comida que han preparado: un poco de arroz, frijoles, tortillas, pan y, sobre todo, botellas de agua. ¡Cada bolsa está preparada con mucho cuidado y esmero!, ¡cada bolsa es símbolo de una solidaridad profunda!

El tren, repleto de migrantes, se aproxima a gran velocidad… el ruido es estremecedor. Una concentración máxima se instala porque el más mínimo error puede traer graves consecuencias para ellas o los viajeros. Listas, con los brazos tendidos hacia arriba y las manos llenas de bolsas de comida y botellas de agua; los migrantes, encaramados en las escaleras del tren, toman lo que pueden. A menudo, el maquinista no reduce la velocidad, pero en cuestión de segundos, la increíble agilidad y admirable determinación de las patronas trata de cubrir el mayor número de vagones posible, ofreciendo un poco de alivio a los que llevan varios días sin probar alimento.

En medio del estruendo que provoca el tren, se dejan oír multitud de gritos de migrantes: «¡Gracias!», «¡Dios la bendiga, madre!». Ellas, en un respiro de alivio, sonríen por un instante y ven alejarse a la bestia que sigue su rumbo con el mismo ruido estremecedor.

Las patronas saben que no son esos pasajeros comunes: les espera todavía lo incierto. ¿Cuántos llegaran a destino, cuántos se quedaran en el camino? Todos ellos, incluso los muy jóvenes, son portadores de una historia de vida, portadores de esperanzas y sueños… Ellas saben que, durante ese trayecto incierto, algunos serán asaltados; otros, durmiéndose por el cansancio del viaje, serán mutilados o encontraran la muerte cayendo del tren; otros secuestrados o asesinados…

Ellas, ahí bien paradas, no se dejan desanimar por el paso de esa bestia; toman nuevamente sus carretas vacías y caminan de regreso a la comunidad a preparar el día siguiente, a seguir apagando el hambre sin desfallecer… ¡Así todos los días durante casi 22 años!

Junto a dos amigas, encontré a las Patronas hace solo unas semanas en un evento en la Ciudad de México organizado por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se empezó proyectando el documental «Héroes cotidianos». Al finalizar, podía sentirse el silencio absoluto y la emoción indescriptible de ese auditorio repleto de jóvenes universitarios y profesionales. Nora Romero, una de las niñas de entonces y hoy en día responsable de Las Patronas, introdujo el diálogo todavía invadida de la emoción del instante: «Nos debe lastimar en lo más hondo de nuestra humanidad cuando vemos alguien sufrir».

Hoy en día el grupo está formado por más de quince mujeres. A lo largo del tiempo, sus bolsas de comida se han ido enriqueciendo con una lata de atún, unos dulces y algunos pasteles… Ellas no han deseado constituirse como asociación u ONG, tampoco han querido recibir ayudas gubernamentales o de partidos políticos. «Queremos —Nora explica— seguir siendo lo que somos. Queremos seguir actuando con lo que tenemos y para eso hay que echarle ¡muchas ganas!»

Un escalofrío, mezcla de admiración y esperanza, me invadía al escuchar su testimonio. Me preguntaba si su labor representaría un acto de caridad, de justicia o de humanidad. Pensaba en el sentido de estas palabras, pero, sobre todo, aprendía que cualquiera que fuesen sus sentidos, cualquier acto de rebeldía ante el sufrimiento se desata en el momento mismo en el que decidimos dar un paso, por más sencillo que sea, en el momento en el que decidimos actuar como rebeldía… mezcla de humanidad, justicia e intolerancia al sufrimiento.

Nora continuó dirigiéndose al auditorio: «No tuvimos la suerte de hacer estudios universitarios, por eso yo hablo en sencillo, sin complicaciones. Hemos actuado de manera sencilla, hemos actuado por humanidad». Uno de los participantes aumentó: «Ese acto sencillo de ofrecer tortillas o simples frijoles, responde al derecho incondicional de comer todos los días».

¿Qué podemos hacer nosotros? preguntó después un joven estudiante universitario. «¡Sean buenos profesionales —respondió Nora— humanicémonos! No basta con estudiar, hacen falta ideas nuevas y humanizadas. La mayoría de las personas que viajan en La Bestia son jóvenes como ustedes. Para mí, una de las soluciones a la complejidad de este tipo de migración parte ante todo de nuestras comunidades ahí donde vivimos, aprendamos a comprometernos creativamente en ellas mismas».

Encontremos inspiración en los numerosos documentales que ponen en relieve esta hermosa y admirable experiencia. Conozcamos y multipliquemos el testimonio vivo de Las Patronas de Veracruz. En sencillo —lo dijo Nora— ¡humanicémonos y actuemos!

María Julia Pino, Ciudad de México

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palabras para mañana, hoy

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Como suelo hacer dentro de mis labores de comunicación, buscaba entre las páginas del libro Palabras para mañana de Joseph Wresinski alguna frase para publicar por las redes sociales. Un párrafo me detuvo:

“Yo tengo tantísimos niños como él en mi recuerdo,
que murieron por culpa de la miseria.
Tal como esos dos niños que, estos mismos días,
a pocos pasos de allí,
murieron quemados vivos en una caravana.
Tantísimos niños que me hacen pensar en una madre
cuyo hijo también murió para ser testigo
de la miseria que pesa sobre los pobres,
y que, desde lo alto del cadalso, pedía perdón
para una humanidad ignorante e inconsciente”.

El miércoles 8 de marzo, un incendio provocado quemó a un grupo de niñas y adolescentes del Hogar Virgen de la Asunción en San José Pinula, Guatemala. Hoy, cuarenta de ellas murieron. A lo largo de las últimas semanas, de boca en boca o por medios de comunicación, escuchamos las historias de las chicas, una constante: la pobreza, ellas y sus familias privadas de poder acceder a sus derechos.

De mis ojos brotan de nuevo las lágrimas al leer el texto de Wresinski, publicado en 1986: “murieron quemados vivos”, “pedía perdón para una humanidad ignorante e inconsciente”. Ahora mismo, mientras escribo, otro grupo de jóvenes más de un penal para menores de edad se amotinan, dadas las precarias condiciones de vida. Ahora mientras escribo, un niño o niña muere a causa de la desnutrición; ahora, matan a un joven a punta de machete; ahora, muere una adolescente dando a luz; y me pregunto: ¿cuántos niños, niñas, adolescentes y jóvenes más veremos morir? ¿Estaremos 30 años más tarde leyendo sobre personas que mueren quemadas vivas?

En los últimos días, cientos de activistas y ciudadanos nos hemos movilizado exigiendo justicia, afirmamos que #FueElEstado, que a lo largo de la historia ha dejado a gran parte de la población viviendo en la exclusión y al margen del ejercicio de sus derechos. Además, quienes conocemos las complejidades de la vida en la pobreza, rechazamos enérgicamente que se señale a los padres y madres de las niñas o a las niñas mismas como culpables.

La vida de los más pobres no es nada sencilla de explicar, más bien pienso que se comprende mejor caminando a su lado, en estos momentos de más consternación invitamos al encuentro con los que tienen una vida más difícil, invitamos a la lucha por los derechos de la familia (de todo tipo), invitamos a la lectura de “Palabras para mañana”, invitamos a la movilización en los barrios, invitamos a la acción para que nunca vuelva a morir nadie a causa de la violencia de la miseria, #PobrezaNuncaMás.

Linda Gare, Guatemala

En twitter @lindagare

 

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lo vi de nuevo

Muy temprano por la mañana, suena el timbre de la casa. Es miércoles, el día en que la Casa Cuarto Mundo en Guatemala ciudad estaba abierta para permitir un respiro a las personas que viven y trabajan en la calle. Cargando un bolsa con su ropa para lavar y algunos alimentos que habían recuperado, algunos de los jóvenes que conocíamos se acercaban para tomar una taza de café, bañarse, escuchar música, utilizar la computadora o simplemente dormir por un momento: tiempo para descansar o retomar fuerzas.

A menudo, sus apariencia física era particular a causa del fuerte consumo de solventes que había provocado daños irreversibles en su cuerpo. Con frecuencia, las personas huyen de ellos nada más verlos. Cualquiera podía decir que pasaban todo el día tendidos en la calle, pero los que conocen su cotidianidad saben que también hacen esfuerzos para sobrevivir a través de pequeños trabajos que algunas personas del barrio les confían. A pesar de que no era fácil poder trabajar, se esfuerzan por conseguir para el día a día.

En aquella época, uno de ellos apoyaba a una mujer que salía todos los días a vender jugo de naranja en el barrio. Él se encargaba de sacar la mesa, los bancos y todo lo que ella necesitaba. Preparaba el lugar de la venta. Algunas veces, pudimos verlo cargar la carreta con todas las cosas. Se levantaba temprano para hacer su trabajo. Era lo que le permitía ganarse unos pocos quetzales al día. Luego se iba cerca de los camiones que traían la basura. Allí podía recuperar algunas cosas o simplemente encontrar algo para comer. Decir que “encontraba algo para comer” significa que rescataba aquello que otros habían desechado, por lo regular, la comida que estaba ya caducada.

Cuando en la casa Cuarto Mundo preparaba su comida, había que soportar el fuerte olor a descomposición que emanaba de su preparación. Era algo que me indignaba siempre, ¡qué injusticia que en este mundo muchos en la calle viven de las cosas que otros tiran, y no siempre en buen estado! No había manera de convencerlo de no comerla, aun cuando estaba descompuesta, para él aun era posible de rescatarla, y de todas maneras iba a comerla. En medio de esta dura e insoportable realidad este joven compartía la comida con sus amigos. Siempre lo veía sacar dos o tres platos para servir a los otros.

Hace unos días pensé nuevamente en él. En una calle de París, un grupo de seis o siete personas estaban casi dentro de un bote enorme de basura. Al principio no entendía bien qué hacían allí, tratando de dar vuelta al bote. Un minuto después lo supe: estaban queriendo sacar las frutas, verduras y el pan que los trabajadores de un supermercado cercano habían tirado. Seguramente era la hora habitual de hacerlo. Todos tenían sus bolsas listas para llenarlas. Pero también había algo de particular en la escena: se podía decir que estaban organizados de tal manera que se repartían lo que sacaban. En un momento, algunos de ellos tomaron su bicicleta y se fueron. Los que quedaron tomaron el tiempo para ordenar el producto y ponerlo en las bolsas y volver a poner el bote en su lugar. Después de unos minutos, el recipiente estaba completamente vacío.

No importa si es cerca de un basurero, a la puerta de un supermercado, o en una pequeña o gran ciudad; la misma escena, con diferentes protagonistas, será vista alrededor de los lugares destinados para la basura, lugares que se convierten en posibilidades inmediatas para sostener a gran cantidad de familias tocadas fuertemente por la miseria. Porque lo desechable para algunos será el rescate de otros.

Elda García, Guatemala/Francia

 

buscar refugio

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Hace un par de semanas hice el trámite regular para la renovación de visa para seguir legalmente en Francia.

A mi alrededor, una cantidad grande de extranjeros también lo solicitaban. Algunos comentaban que no era la primera vez que venían para hacer la solicitud. Siempre les faltaba un documento y debían volver a la misma rutina antes de entrar a la recepción de documentos. En ese momento, sentí el privilegio que es ser una extranjera que tiene la seguridad de que todos los documentos están completos. Muchas de las personas que estaban a mi lado eran inmigrantes solicitando protección internacional, lo que los coloca en una situación muy diferente a la mía. Estas personas son solo algunas de las miles que día tras día tratan de entrar a territorio europeo y que al final tienen la suerte de solicitar asilo. Muchas más, miles, están en las calles sin ninguna protección.

Esta es la crisis migratoria que azota a este mundo. Empujados por conflictos armados o en búsqueda de mejores condiciones de vida, muchas personas salen de su país de origen aun sabiendo que se puede perder la vida en la travesía; la esperanza es más fuerte para miles de mujeres, hombres y niños quienes buscan un horizonte más prometedor. La edad no importa para hacer el viaje, cuando se trata de salvar la vida de la violencia, la pobreza, la guerra, etc. Antes se decía que la gente iba en búsqueda del “sueño”; eran migrantes económicos; ahora “se huye” literalmente, buscando acceder a un país para protegerse. Estos movimientos forzados los llevan a utilizar diferentes medios; el tren, buses o camiones para cruzar el territorio mexicano, en el caso de los latinoamericanos, o los barcos para alcanzar las costas europeas. Los peligros en todo caso, son los mismos.

El gran número de muertes se vincula a la precariedad de las embarcaciones utilizadas por los traficantes de humanos, traficantes que cobran grandes sumas de dinero para cruzar a miles de personas que sueñan con llegar a Europa. En la ruta mediterránea central, la mortalidad es provocada por naufragios masivos de embarcaciones de madera que, tras zozobrar, dejan a centenares de personas en medio del agua, a lo que se agrega aquellos que mueren en los botes sobrecargados.

En el 2016 se dijo que hubo 3,800 muertos en el Mediterráneo. Las cifras de los que arriban disminuyen en algunos países, en otros aumentan: 70.000 migrantes cruzaron el Mediterráneo hacia Italia entre enero y junio de 2016 y 9,000 se instalaron en Francia, por mencionar un dato. ¡La diáspora humana sigue cada vez!. Tradicionalmente, son los países del norte europeo los que mayor número de personas con necesidad de protección internacional acogen.

La Unión Europea ha creado la Comisión de la Agenda Europea sobre migración, por esto se escucha hablar de la creación de equipos conformados por unidades que actúan de manera conjunta con los 28 países Estados miembros. También las operaciones Tritón y Poseidón triplican fondos para actuar. Su trabajo consiste en la localización, rescate y deportación de náufragos del Mediterráneo. La redistribución de refugiados y reasentados es un tema sensible, que requiere de voluntad política para responder a los retos que cada vez se presentan en materia de política migratoria. Hasta ahora, por lo que escucho, no existen propuestas de políticas concretas, soluciones especificas y compromisos claros.

Por otro lado, está el efecto expulsión que ponen en marcha algunos países, tratando de proteger sus fronteras con el afán de parar este fenómeno. Más allá de solucionarlo provoca que las personas busquen caminos alternativos para llegar a su destino. A su vez, esto aumenta las oportunidades de traficantes que se aprovechan de estas situaciones dando lugar a desenlaces fatales, pues los inmigrantes son más vulnerables en terrenos más extremos. Y así sigue la cadena de causas, consecuencias, de búsquedas de culpables, de víctimas, etc.Pero la aventura no termina con eso. Después de pasar por todas las situaciones en el trayecto, a su llegada al país más próximo, los refugiados o inmigrantes, son vistos como una amenaza. Para algunas personas no es posible invertir grandes cantidades de dinero en ellos. Un recorrido por cualquier parte de Europa, muestra esta realidad, al encontrarse en la calle familias enteras solicitando una ayuda para sobrevivir. También es cierto que muchos están listos para acogerlos, para acompañarlos, como algunos programas que existen en pequeñas ciudades que ponen a la disposición algunos profesores para el aprendizaje del idioma local.

El debate no debería estar en cuántos refugiados pueden acoger los países europeos, sino qué acciones pueden ser más adecuadas para garantizar la seguridad de las personas y resolver las tragedias que cada día cuestan vidas en el Mediterráneo.

Del otro lado del océano, yo conocía de todos los que se arriesgaban para llegar a Estados Unidos, ahora veo con mis propios ojos que eso era solo una parte de la problemática mundial.

Elda García, Francia/Guatemala

Portada: Del libro El muro, Javier Sobrino con ilustraciones de Nathalie Novi. Editorial Juventud.

caos: una nueva oportunidad para construir humanidad

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No es de extrañarse que a través de las noticias nacionales e internacionales se conozca de hechos que atenten contra las personas, en contra de sus derechos. En estos últimos días los términos de “discriminación” y “racismo” pasaron a su plano más álgido y no solo como parte de discursos. En esta oportunidad me referiré a los Estados Unidos, la tierra de la diversidad cultural con el mayor número de personas inmigrantes en el mundo.

Cuando hablas con gente hispana sobre Estados Unidos de América surgen muchos temas de diálogo, se sabe que en dicho país se puede llegar a tener ingresos muy altos por el trabajo a realizar. Sabemos que se autonombra defensor de la paz y la democracia. Casi de manera natural viene a nuestras mentes los nombres de las mejores universidades como ser Harvard, Stanford o Berkeley. Uno de los países líderes en investigación científica y tecnológica.

¿Qué hay detrás de todas estas fortalezas y oportunidades? Las buenas noticias sobre este paraíso terrenal llegan por gentileza de los medios de comunicación, pero estos medios no nos informan que 20,8 millones de personas en este país viven en lo que denominan pobreza severa (datos de la Oficina del Censo de EE. UU – 2014). Ignoramos que es el país con mayor número de bases militares desplegadas por el resto del mundo. No sabemos sobre la gran diferencia que existe entre la educación pública y privada, no conocemos sobre las dificultades que atraviesa la mayoría de los jóvenes para poder acceder a una educación universitaria. Simplemente nunca nos informaron sobre movimientos sociales como Ocupa Wall Street o Act Up, ni el fuerte trabajo político que realizan las Panteras Negras o la Organización Nacional de Mujeres en favor de los derechos.

Por la magia del cine y la televisión imaginamos que en Estados Unidos los afroamericanos tienen las mismas oportunidades que los blancos, que las personas homosexuales no sufren violencia ni discriminación, que los transexuales son aceptados y que los inmigrantes realizan sus sueños en la tierra de las oportunidades. Naturalmente esta imagen que se tiene es fruto de la lucha por los derechos de las minorías, gracias a grupos de personas visionarias se lograron muchos avances en las leyes y derechos.

Sin embargo, con las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos la realidad llega y nos abre los ojos ¡Cual si fuera un duro golpe! la victoria de Donald Trump revela que aquel paraíso ideal no era tan real, que detrás de esa población respetuosa de su ley existía gente que reprimía su odio, su intolerancia y su falta de empatía. El resultado es que ahora estudiantes cantan a sus compañeros hispanos ¡que se construya el muro!, niños y adolescentes empiezan a amenazar a sus compañeros afroamericanos, militantes del Ku Klux Klan lanzan sus mensajes de supremacía blanca, en distintos espacios se van generando una serie de ataques racistas y para colmo de males las empresas petroleras preparan sus planes más repudiados para ponerlos en práctica.

Asimismo, en contraste a estos hechos surgen movimientos en contra del racismo, discriminación, el sexismo, la homofobia y el nacionalismo blanco. Protestas de personas que valoran la individualidad de la gente, más allá de las preferencias sexuales, color de la piel o nacionalidad, con carteles como: “Los inmigrantes han hecho América grande”. Esta valoración que nos dignifica como seres humanos, capaces de construir un mundo mejor. Ahora en Estados Unidos se organizan marchas de manifestantes en defensa del acuerdo sobre cambio climático COP22, estas personas expresan la importancia de que sus voces sean escuchadas a la hora de tomar decisiones; de manera paralela muchos grupos sociales van cuestionando su actual democracia y van proponiendo cambios que permitan mejorarla. Algo se está activando y pienso que cada uno de nosotros estamos llamados a actuar desde nuestros espacios, desde nuestros países, desde nuestros barrios, debemos generar reflexión porque aquello que sucedió en Estados Unidos es similar en mayor o menor grado a lo que vivimos en cada uno de nuestras realidades.

De manera personal pienso que la victoria de Trump es una oportunidad para que los ciudadanos estadounidenses vean la realidad social en la que viven y que pueden cambiar el curso de su historia. Esta victoria nos pone de frente ante la pobreza, y es que mientras existan millones de personas en esta situación no se puede hablar de un auténtico bienestar. Si bien es una época de riesgo para las minorías también es una oportunidad para retomar la lucha y no volver a abandonarla, para trabajar la transformación individual y colectiva por una autentica sociedad que respete la diversidad y los derechos de las personas.

Propongo que la experiencia de Estados Unidos nos permita auto-evaluarnos como sociedad. El racismo no sólo es una cuestión que se da a través de terceros… , ya hablé en un artículo anterior de ese  “mejorar la raza” a través del que desvalorizamos nuestra condición como seres humanos.Salgamos del letargo en que a veces vivimos, concretemos los cambios que necesitamos para que todas y todos podamos vivir dignamente en el ejercicio pleno de nuestros derechos humanos. Que a partir del caos reaccionemos y construyamos una nueva forma de humanidad, donde nadie sea relegado.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz

(c) ATD Cuarto Mundo

gobernanza e innovación

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Con el 2017 inicia también la andadura de la nueva delegación general del Movimiento Internacional ATD Cuarto Mundo. Isabelle Perrin renueva su compromiso de liderazgo en calidad de delegada general. Martine Le Corre, Bruno Dabout y Álvaro Iniesta Pérez asumen por primera vez esta responsabilidad, los tres en calidad de delegados generales adjuntos. Se trata por tanto de un equipo nuevo que habrá de asumir durante cinco años lo que nosotros llamamos la animación del Movimiento ATD Cuarto Mundo, un movimiento de personas desarrollando acciones contra la pobreza en casi 40 países de todos los continentes y en el ámbito de las instituciones internacionales. El equipo ha sido nombrado mediante un proceso de discernimiento que se prolongó durante más de un año y reunió a 20 miembros de diferentes países que recibieron la responsabilidad de establecer un diálogo —con el fin de nombrar a la delegación general y definir su mandato— con el conjunto de los miembros de ATD Cuarto Mundo.

Desde sus inicios, ATD Cuarto Mundo explora caminos de innovación en lo que se refiere a la toma de decisiones y el nombramiento de personas para responsabilidades precisas. A lo largo de los años, hemos tratado de no utilizar como herramienta la votación, sino de buscar vías que sean capaces de incorporar las ideas minoritarias a los procesos de toma de decisiones. Esta búsqueda de una nueva gobernanza reconoce la debilidad intrínseca a lo que se decide por medio de una votación: la victoria de la mayoría deja fuera las ideas albergadas por las minorías; si perdieron, ya no necesitan ser tomadas en cuenta. Desde luego, las democracias han encontrado maneras de contrarrestar esta debilidad, en particular a través de los llamados movimientos sociales. Pienso, por ejemplo, en la lucha contra la segregación racial que toma fuerza en Estados Unidos a partir del año 1955. El Movimiento por los Derechos Civiles trataba entonces de combatir una legalidad injusta protegida por un gobierno democrático legitimado por la mayoría, encontrar una manera de hacer avanzar un pensamiento minoritario que reivindicaba igualdad de derechos para todos los ciudadanos, fueran estos blancos o negros. Este ejemplo notable subraya la importancia del pensamiento minoritario para el avance de nuestras sociedades. Por supuesto, no daría mi acuerdo a todas las ideas minoritarias —como tampoco a todas las mayoritarias—, y sin embargo me entusiasma la idea de encontrar caminos para tomar decisiones que incorporen desde el principio el pensamiento minoritario, su originalidad, su valentía, su punto de partida distinto, su capacidad de confrontar lo establecido, su potencial de innovación.

Existe un vínculo muy estrecho entre la búsqueda de ATD Cuarto Mundo en cuestiones de gobernanza y la lucha contra la pobreza. Joseph Wresinski, fundador de ATD Cuarto Mundo, trabajó a lo largo de toda su vida para que la inteligencia de los que se encuentran en situación de pobreza fuera tomada en cuenta en todos los ámbitos, no sólo para la erradicación de la pobreza sino para el conjunto de los desafíos a los que el mundo se enfrenta. “Es imprescindible —decía Wresinski en 1980 ante un comité científico en la UNESCO— dar un lugar al conocimiento que los muy pobres y los excluidos tienen de su condición y del mundo que les impone tal situación, rehabilitar ese conocimiento como único, indispensable, autónomo, complementario a toda otra forma de conocimiento, y ayudarlo a desarrollarse”. Los más pobres tienen una experiencia del mundo que necesita ser reconocida; pero no sólo tienen una experiencia, los más pobres tienen también un conocimiento y un pensamiento nunca tomado en cuenta o aprovechado por nuestras sociedades. Con el objetivo de profundizar esta idea, ATD Cuarto Mundo inicia en los años 90 un proyecto piloto que pone en diálogo tres tipos de saber: el saber de los que han vivido la pobreza y la exclusión, el saber de las personas que están comprometidas y trabajan junto a ellos, y el saber de los científicos. El proyecto experimenta las condiciones necesarias para que se produzca un verdadero cruce de saberes y el alumbramiento de un saber nuevo construido colectivamente. Los frutos de este proyecto piloto influyen de manera muy importante el concepto de participación plena y han inspirado posteriormente numerosos trabajos de investigación sociológica o política.

El cruce de saberes —como proceso— se relaciona a la vez con la producción de conocimiento y con las cuestiones de gobernanza. En relación a esto último, ATD Cuarto Mundo lleva décadas explorando un modelo de gobernanza basado en la noción de têt ansamn, expresión en criollo haitiano que se traduce como “cabezas juntas”. Se trata de una búsqueda que persigue desarrollar la participación y la co-responsabilidad de todos los actores, y hacer uso de todas las inteligencias al servicio del bien común y el de cada uno; una búsqueda —un proceso, y no ya un territorio conquistado— fundada a la vez en el reconocimiento de la inteligencia de cada uno —de la importancia de trabajar a partir de todas las ideas, también las minoritarias—, y en la necesidad de alcanzar una visión común sobre los retos que podemos asumir juntos; un modelo de gobernanza que nace del convencimiento y la experiencia de que la suma de las cabezas de todos no es solamente el número total de cabezas, sino una cabeza totalmente nueva: una inteligencia colectiva que es mucho más capaz y tiene mucha más potencia para identificar las valentías que podemos vivir juntos, lo nuevo que podemos crear.

No cabe duda de que esta forma de gobernanza es mucho más trabajosa que las que depositan su confianza solamente en el sufragio o en la jerarquía de poderes. Lograr gobernarse de este modo necesita de la invención y re-invención de procesos de participación muy exigentes para nuestras —a veces pequeñas—habilidades para las relaciones humanas, para los hábitos de las jerarquías de acción y pensamiento, para la repartición del poder y, sobre todo, para la muy compleja cuestión del reconocimiento mutuo. Sin embargo, esta búsqueda es también mucho más fructífera para el aprovechamiento de todos los talentos y la innovación.

Mi trabajo en el seno de ATD Cuarto Mundo me ha llevado muchas veces a estar en situación de participación en procesos de toma de decisiones, otras muchas a estar en situación de co-animar este tipo de procesos. Puedo decir con enorme entusiasmo que rara vez la conclusión de estos procesos ha coincidido con mi idea de partida: ni con lo que yo creía al comenzar que era conveniente decidir, ni con lo que pensaba que podríamos alcanzar juntos. No creo que se trate de una falta de juicio por mi parte, sino más bien que el fruto de lo colectivo es sorprendente siempre para cada uno de los participantes: no son unas ideas las que ganan el pulso a otras ideas, sino ideas nuevas naciendo; no es tampoco una negociación que alcanza un punto de la línea más acá o más allá, sino la creación de una línea nueva. Desde luego, la creación y el nacimiento son siempre sorprendentes. Si expreso mi entusiasmo en relación a los frutos de este tipo de procesos, lo hago también sobre el proceso en sí mismo, sobre su capacidad para hacernos crecer en reconocimiento mutuo, en libertad de escucha, en creatividad, en confianza en nuestras ideas, en potencial de eficacia a largo plazo, en originalidad individual y colectiva. Añado además una última razón para mi entusiasmo: haber tenido la oportunidad de experimentar este tipo de procesos de participación de las inteligencias de todos, me lleva a confiar fácilmente en los frutos de otros procesos de esta naturaleza, aun si yo misma no he participado. Si un grupo de personas suficientemente diverso ha construido las condiciones para la participación de todos, especialmente de los que aportan ideas minoritarias y de los más pobres, yo puedo confiar en los frutos de su trabajo.

A través de los años, ATD Cuarto Mundo ha trabajado mucho para superar los obstáculos para la plena participación —entre otros: los miedos personales y colectivos, el acceso desigual a la información, la experiencia de cada uno de ser o no escuchado, o la desigualdad en la oportunidades que cada uno ha tenido para profundización su propio pensamiento—. No podemos decir que hemos alcanzado nuestro ideal, pero estamos seguros de estar en búsqueda permanente para construirlo, y de que avanzamos. La composición de nuestra nueva delegación general y su mandato es el fruto de uno de estos procesos reuniendo a personas en un verdadero esfuerzo por cruzar sus inteligencias —compendio de experiencia, pensamiento y sensibilidad — y por pensar también junto a muchos otros. Es sólo una expresión más de nuestro esfuerzo cotidiano de gobernanza têt ansamn, pero no deja de ser un testimonio sobresaliente de nuestra voluntad de transformar el mundo practicando alternativas en carne propia.

Como bien puede imaginar el lector, este texto pretende no sólo ser alegre bienvenida para los miembros de la nueva delegación general: Isabelle, Martine, Álvaro y Bruno, sino sobre todo servir para animar a otros a buscar y experimentar nuevos modos de gobernanza y producción de conocimiento. La lucha contra la pobreza y la promoción de los derechos humanos necesita, sin lugar a dudas, de procesos que aseguren la participación de la inteligencia de todos, en particular de los más pobres. Pero no sólo eso, el mundo entero —las escuelas y los hospitales, los gobiernos locales y nacionales, los partidos políticos y nuestras familias, las instituciones internacionales, la poesía y todas las artes, las empresas y las universidades…— necesitan de estos procesos que permiten a cada ser humano dar lo mejor de sí mismo y expandir su potencial. Creo muy sinceramente que de estos procesos nacería la innovación que el mundo verdaderamente necesita.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

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En Ciudad de Guatemala, grupo de trabajo para la definición del mandato de la delegación nacional de ATD Cuarto Mundo.

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Miembros de ATD Cuarto Mundo en Montreal trabajando para generar propuestas sobre un proyecto de ley sobre el acceso al sistema de salud nacional.

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Miembros de ATD Cuarto Mundo en Dar es Salaam en co-investigación sobre el tema “Educación para todos”.

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Foto de grupo al concluir una reunión entre el Sr. Ban Ki-Moon, entonces Secretario General de la ONU, y miembros de ATD Cuarto Mundo de diferentes países del mundo.

con admiración

Con admiración

Miro a mi gente humilde

De corazón y vestuario

Sus casas de barro

De lámina o cartón

Trabajan comprometidos

Cada día sin importarles

Inclementes dolores

De la vida dura

Compromiso de darles una mejor formación a sus hijos

Cumplir contra viento y marea

Todos sus compromisos

Para sus seres queridos

Aun si sus derechos humanos son violados

Y que únicamente la sociedad alta les grite

Que tienen que cumplir con sus obligaciones,

Sin importarle que se roban el dinero del estado

Y mi gente sigue

Con la frente en alto

Con todas sus fuerzas

Viendo con esperanzas de un nuevo cambio

En una sociedad de igualdad

Donde el rico ame al pobre y el pobre al rico

Raquel Juárez, Guatemala