las sombras

En medio de la noche,

en un viejo bidón oxidado,

la sombra de una mujer

tan transparente como el aire

hace fuego para calentarse.

La noche pasa rápido

y la mujer sombra se despierta.

La claridad del alba la ha despertado

y con los primeros rayos del sol

se dirige a las grandes avenidas de la ciudad.

Y su paso sólo es una sombra de edificios,

sombras para la sociedad,

sombras.

En nuestras calles sólo soy una sombra

de las sombras que en la noche

se calientan al lado de este bidón oxidado.

Antonio Jiménez Gabarre, de su antología Av de la Gavia

ante la precariedad, movilicémonos

“La precariedad aumenta a nuestro alrededor. En nuestro día a día, a veces parece que no podemos hacer nada. Pero atreverse a tomar la palabra en en un lugar público para expresar que esta realidad te duele y que no aceptas que nos acomodemos, es un acto político al alcance de todos. Quizás no cambie nada, pero hacer existir otro discurso en el silencio impuesto a nivel social desde el “así son las cosas”, es una invitación a la movilización… y eso, en realidad, lo puede cambiar todo.”

Álvaro Iniesta Pérez, Madrid

 

 

 

microcorrupciones

corrup

A Juan

Según una publicación en el Diario de Centro América1, a la fecha están abiertos 14 casos por corrupción de pasados funcionarios, de todos los Organismos del Estado. La situación es indignante, mientras tanto, los millones de quetzales presuntamente robados quedan en el aire, sin atender las necesidades de los guatemaltecos.

Por otra parte, hace unos días en una conversación con los amigos, cada uno hizo sus confesiones sobre las veces que había sido corrupto, es decir, las veces que había traicionado su ética y su moral. Pasarse un semáforo en rojo cuando vamos de prisa o jugarle una vuelta tecnológica a las personas mayores que no conocen del tema, entre un sinfín de microcorrupciones conforman el cotidiano de muchos guatemaltecos, nuestro cotidiano.

La corrupción está entre nosotros. A la costumbre de aplicarla se le suma que creemos que es “astucia” o “audacia” y que aquel que trata de mantenerse, con muchas dificultades, dentro de los límites de la moral es iluso o motivo de nuestras burlas.

La situación suele pasar desapercibida o solemos justificarla para no darnos cuenta que contribuimos a la construcción de un sistema podrido, del que muchas veces nos quejamos. Hoy, como un ejercicio, deberíamos proponernos estar conscientes de estas microcorrupciones, reflexionar sobre ellas, pues cada una tiene consecuencias, por mínimas que parezcan. Y lo más grave: repercuten sobre otros. Cada vez que las cometemos nos acercamos más a la figura del político que despreciamos.

El cambio lo hacemos todos juntos y si no actuamos así, juntos, para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabamos formando parte de ella (Joen Baez).

culturalismo vs cultura de resistencia

Hace unos días escuchaba a Beatriz Aragón, médica de familia que desde hace años anda metida en el Equipo de Intervención con Población Excluida en el barrio Cañada Real (Madrid), citar a un autor que también ella mucho antes me descubrió, Didier Fassin, con una cita muy interesante sobre lo que se puede ocultar y distorsionar mediante el culturalismo, al atribuir las diferencias que encontramos con otros colectivos al ámbito cultural. Entre lo que encuentro anotado en mi cuaderno está esto:

  1. El culturalismo niega al otro la universalidad de sus aspiraciones, al encerrarlas en algo propio de una cultura, sin reconocer que pueden ser válidas más allá de ésta o tener puntos de conexión con las de otros colectivos. Por ejemplo, al quejarnos de que las familias gitanas acudan en pleno a acompañar a l@s suy@s cuando alguien está en el hospital. ¿De verdad es tan extraño que se no se quiera dejar a alguien solo en una situación difícil?
  2. El culturalismo niega al otro su derecho a la diferencia, ya que al mostrarla es enseguida apartado o encorsetado en un grupo aparte, extraño, separado. De ahí nuestro empeño en “integrar”, en que renieguen de lo que rechazamos de su cultura y acepten lo que desde el otro lado consideramos como “básico”.
  3. El culturalismo niega al otro el reconocimiento de su capacidad de razonar, de su inteligencia. Sus comportamientos terminan rodeados de un halo de misterio, como si obedecieran a motivaciones mágicas, esotéricas o aleatorias. Pero para todo hay una razón. El que no lleguemos a comprenderla no hace que ésta desaparezca.
  4. El culturalismo borra otros factores sociopolíticos que son parte importante de la realidad: la pobreza, la desigualdad, los conflictos de poder… Volviendo al ejemplo de las familias gitanas, más allá de sus pautas culturales en su forma de ser y estar inciden y mucho su situación económica, su nivel de formación, su experiencia de rechazo, etc.

Está claro, por lo menos para mí, que esta idea de encerrar la diferencia y la desigualdad en una visión meramente “cultural” del tema es tremendamente peligroso. Porque además se apoya fundamentalmente en un análisis de carencias y déficits. Pero esto no es más que una visión muy sesgada del asunto.

Porque ene personas y familias de orígenes muy diferentes se reconozcan como parte del mismo colectivo. Igual que se ha hablado siempre de una “cultura obrera”, existe también una “cultura de resistencia a la pobreza” entre quienes la sufren. Porque, pese a la imagen que suele dar de ést@s, sólo quienes están ya muy rot@s se rinden. Frente a la violencia de la miseria, hay una lucha constante por sobrevivir, por mantener la dignidad, por cuidar a l@s tuy@s, por sostener pese a todas las dificultades la esperanza. Y esta experiencia de lucha va construyendo un conocimiento propio y una práctica efectiva, y se intercambia y sostiene en redes que pese a que sean invisibles para quienes no viven en esas condiciones no por ello dejan de existir. Esta cultura de resistencia tiene sus propios valores y totems, aunque muchas veces se oculten por la experiencia previa de incomprensión y adoctrinamiento por parte de quienes quieren marcar las pautas de comportamiento social.

El otro día, una mujer de mi barrio me contaba: “Si te rindes un momento, si bajas la guardia y no luchas, ya no puedes luego levantarte. Tienes que estar de un lado a otro, haciendo papeles para pedir ayudas, viendo a ver qué facturas puedes pagar este mes y cuáles no, peleándote con todo el mundo. Son tantas las dificultades y tan constantes que no puedes dejar de luchar en ningún momento. Si no, estás perdida”.

Esto marca, a ella y a otras muchas personas. Por eso, cuando se encuentran  y se miran a los ojos, se reconocen como parte del mismo pueblo: el pueblo que resiste, que reniega del sufrimiento al que la sociedad les condena, que busca construir una manera de estar en el mundo que permita que tod@s nos reconozcamos como iguales en dignidad y derechos a pesar de nuestras diferencias. tre quienes viven en pobreza y exclusión hay también otro tipo de cultura que va más allá de lo étnico y/o racial. Existe una cultura de resistencia frente a la precariedad constante que permite que personas y familias de orígenes muy diferentes se reconozcan como parte del mismo colectivo. Igual que se ha hablado siempre de una “cultura obrera”, existe también una “cultura de resistencia a la pobreza” entre quienes la sufren. Porque, pese a la imagen que suele dar de ést@s, sólo quienes están ya muy rot@s se rinden. Frente a la violencia de la miseria, hay una lucha constante por sobrevivir, por mantener la dignidad, por cuidar a l@s tuy@s, por sostener pese a todas las dificultades la esperanza. Y esta experiencia de lucha va construyendo un conocimiento propio y una práctica efectiva, y se intercambia y sostiene en redes que pese a que sean invisibles para quienes no viven en esas condiciones no por ello dejan de existir. Esta cultura de resistencia tiene sus propios valores y totems, aunque muchas veces se oculten por la experiencia previa de incomprensión y adoctrinamiento por parte de quienes quieren marcar las pautas de comportamiento social.

Dani García Blanco, Madrid

el derecho a la vivienda

“Ser partícipes de forma activa del cambio”. Esta es quizá la frase que mejor podría resumir la experiencia que los Talleres de Vivienda realizados por  ATD Cuarto Mundo nos permitió vivir, y que, como estudiantes de arquitectura, nos ayudó a conocer y ser conscientes de las realidades que nos rodean y que a menudo son invisibles en torno al tema de la vivienda. Realizamos entrevistas para ser capaces de desgranar y entender, junto a las personas que viven estas situaciones, el porqué de las mismas y las consecuencias de las escasas alternativas de las que a menudo se disponen. Con ellos, activamente, juntos, aprendimos y entendimos lo que significa el ejercicio verdadero de lo que llaman derecho a la vivienda, y lo que significa encontrarse en situación de exclusión habitacional.

El debate sobre la posible modificación de la Constitución para establecer el carácter fundamental del derecho a la vivienda parte, en buena medida, de que su valor como principio rector de la actuación del gobierno y la administración no tiene consecuencias exigibles ante ningún órgano judicial, lo que ha desencadenado situaciones de abandono y olvido en lo que a la consecución de este principio respecta. Sin embargo, asumimos que todos los ciudadanos han de poder disponer de una vivienda para poder desarrollar una vida digna -bajo unas condiciones mínimas de habitabilidad, higiene, seguridad, etc.- sin ser realmente conscientes de la importancia de este principio en la vulneración de otros derechos que afectan directamente a la vida de los ciudadanos. Sin entrar en diferenciaciones sobre las diversas situaciones alrededor de la omisión de este derecho fundamental, hablemos de todos aquellos aspectos vitales, sociales y humanos que se ven alterados y que muchas personas padecen.

La pérdida del componente social del principio del derecho a la vivienda, como mero rector de las actuaciones políticas, se ha traducido en la ausencia de medidas no sólo ante la vulneración del derecho a la vivienda sino también ante el ejercicio de muchos otros como la educación, la asistencia sanitaria gratuita, la intimidad, la igualdad social y ante la ley, la autonomía, la seguridad, la solidaridad, la familia y la dignidad. De este modo, la necesidad imperiosa de disponer de una vivienda no es sólo un objetivo en sí misma, sino que forma parte de la consecución de todos esos estados vitales indispensables para poder alcanzar unos niveles de estabilidad y de desarrollo social mínimos.

madridLa imposibilidad de hacer efectivos estos derechos, unido a la falta de vivienda, agravan la exclusión habitacional y social. Ante esto, los organismos de los que dispone la Administración responden con los programas de vivienda pública por sorteo, el realojo -mediante la tipología de vivienda social- para la desaparición de los poblados chabolistas, y el asistencialismo para las personas que no disponen de hogar. Esta forma de entender la exclusión habitacional -y las soluciones que implementa- tiene como resultado la falta de alternativas y posibilidades para quienes no cumplen los requisitos establecidos para estas opciones, o para aquellos que aun pudiendo optar a alguna de ellas no las contemplan como soluciones viables para sus vidas, o  son incapaces de abordar los pagos necesarios (por pequeños que estos sean), lo que se traduce en  desahucios y la total pérdida de oportunidad de acceder a la adquisición de vivienda pública de cualquier tipo, volviendo a una situación aún más precarizada y con menos futuro si cabe.

Todos los criterios establecidos por las instituciones para la adjudicación de vivienda excluyen de manera sistemática la experiencia y aproximación vital de los afectados. Esta falta de participación produce que las soluciones propuestas sean, en muchos casos, contraproducentes y que empeoren o no lleguen a solventar los problemas originales. Quienes padecen estas situaciones plantean en ocasiones modos de vida alternativos a los convencionales que no por ello tendrían que dejar de ser lícitos. De ese modo proponen la posibilidad de llegar a acuerdos con las instituciones para participar de los procesos de realojo, la autoconstrucción mediante cesiones de terrenos que permitan por su carácter legal disponer de todos los servicios básicos de los que dispone cualquier ciudadano, la posibilidad de emplear vehículos habitables como caravanas y la opción de un alquiler social tanto de nueva implementación como para aquellas personas que habiéndose visto obligadas a ocupar un inmueble para disponer de un techo, lo han cuidado, mantenido e incluso rehabilitado.

La participación de los ciudadanos de forma activa por y para el cambio de sus vidas, y la consideración del valor de su experiencia, habría de ser el punto de partida para el desarrollo de soluciones ante estas realidades de gran repercusión económica, política, social y sobre todo humana. En palabras de Fernando Vidal: “La exclusión social es una institución de explotación, dominación o alienación que desempodera a los sujetos y sus comunidades, de modo que anula socialmente su presencia, impidiendo satisfacer sus necesidades libremente”.

Os invitamos a visitar el vídeo generado a partir de estos talleres de vivienda impartidos por ATD Cuarto Mundo, posible con la participación conjunta y activa de todos. Os ayudará a entender qué significado tiene el poder hacer efectivo el derecho a la vivienda y qué significa encontrarse en situación de exclusión habitacional:

 

Texto de Irene Aguirre y Carlos Conejo,

participantes en los Talleres “Vivienda Digna para Todas las Personas”

tierra doliente que camina

foto (56)

 

Con el objetivo de influir en los debates desarrollados durante la Conferencia sobre el Cambio Climático (COP21) en diciembre 2015 en París, ATD Cuarto Mundo hizo público un documento que argumentaba la necesidad de hacer frente a este desafío en un marco de especial atención a los derechos y los padecimientos del 20% de la población más pobre del planeta.

Esta manera de vincular la lucha contra la pobreza y la protección del medio ambiente constituye una provocación intelectual y política para la larga tradición que ha tendido a percibir como opuestas entre sí las luchas de los movimientos ambientalistas o de defensa de los animales y aquellas de los movimientos de promoción de los derechos humanos o contra la pobreza. Si bien aún insuficiente, es notable el esfuerzo que se pone de manifiesto en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ONU, 2015) para reconocer igual importancia al desarrollo de las poblaciones más pobres y a la protección del planeta.

En este incipiente contexto unificador, se ha celebrado entre el 1 y el 5 de junio en la Ciudad de México el primer Foro Internacional por los Derechos de la Madre Tierra. El foro, organizado por más de 150 grupos y asociaciones, reunió a algunos de los más conocidos activistas de los derechos humanos y de la tierra del mundo entero. El objetivo principal de la reunión era profundizar y promover la necesidad de una Declaración Universal de los Derechos de la Tierra que habría de ser una orientación para todos los países.

El foro no trataba de abordar cuestiones medioambientales —entendido, se dijo, el medio ambiente sólo como el entorno que sirve al ser humano— sino de considerar el planeta tierra como pleno sujeto de derecho, un “otro” que tiene derecho a la existencia y a la perdurablidad. “La tierra está viva —dijo el teólogo y filósofo Leonardo Boff (Brasil)— tiene dignidad y es portadora de derecho. (…) La Declaración de los Derechos Humanos tuvo la virtud de decir que todos los seres humanos tienen derechos; tuvo sin embargo el defecto de pensar que sólo los seres humanos tienen derechos. (…) El ser humano es parte de una gran comunidad de vida, es la porción pensante de la tierra que tiene la obligación de cuidar a la madre*”. Esta concepción, largamente compartida por los diferentes participantes originarios de comunidades indígenas, rechaza cualquier visión antropocéntrica del mundo y reconoce el valor intrínseco de cada ser: la tierra entendida como un super-organismo vivo con derecho propio, dadora de bondades, pero no sólo fuente de recursos para el ser humano.

Al mismo tiempo, a lo largo de estos días de trabajo colectivo, se profundizó la necesidad de dejar de considerar contradictorios los derechos humanos y los derechos de la tierra. “El desprecio que a menudo se ha hecho desde la lucha social a la lucha medioambiental es un error histórico capital —dijo la bióloga Esperanza Martínez (Ecuador)—. (…) Es importante considerar las diferentes generaciones de derechos y unirlas. No podremos hacer avanzar los derechos de la tierra si no consideramos al mismo tiempo el derecho a la soberanía alimentaria, al agua, a habitar la tierra… de los seres humanos. Es una misma lucha*”.

Si el siglo XX, se decía, fue el siglo de los derechos humanos, el siglo XXI ha de ser el de los derechos de la tierra. Dos ejemplos latinoamericanos, Ecuador y Bolivia, pretendieron ilustrar el avance que representa incluir los derechos de la tierra en las constituciones nacionales y junto a éstos la visión, la tradición, la espiritualidad y el vínculo con la Pachamama de los pueblos indígenas, cuidadores ancestrales de la tierra. Sin embargo, una vez más, el diálogo puso de manifiesto hasta qué punto las leyes pueden volverse en contra de las personas y comunidades más pobres. En Ecuador—explicaba Esperanza Martínez a través de varios ejemplos— se han condenado solamente los agravios a la tierra perpetrados por personas pobres y nunca los que fueron cometidos por familias ricas o grandes empresas. Así, a pesar de la ilusión que provoca la existencia de una Declaración Universal de los Derechos Humanos, no es posible afirmar que éstos ya fueron conquistados en el siglo XX: entre otras numerosas violaciones, la persistencia de la pobreza extrema y la violencia que padecen los más pobres contradicen radicalmente tal optimismo. Las personas y comunidades más pobres son sistemáticamente excluidas de los procesos de desarrollo, siempre más vulnerables a los efectos devastadores del cambio climático, a menudo estigmatizadas y desconsideradas en las reflexiones sobre la protección de la tierra y finalmente el blanco de la utilización injusta de las leyes.

ATD Cuarto Mundo no ha dejado de afirmar que no será realmente posible hacer frente al desafío del cambio climático sin incluir la participación de los más pobres: su experiencia, su visión, su reflexión. Ellos, los desposeídos de todo poder, los grandes creativos de alternativas económicas, los supervivientes de la escasez, los expertos de la recuperación y el reciclaje, del trabajo de la tierra, de la regeneración de los bosques, del cuidado de la diversidad de los cultivos, de la auto-construcción, del ahorro de recursos, de la gestión del hambre y los golpes de la naturaleza… serán imprescindibles en los debates y las reflexiones que un día —tenemos esperanza— darán a luz a la Declaración Universal de los Derechos de la Tierra. Sin ellos, sufridores en carne propia del sufrimiento de la tierra, no seríamos capaces de nombrar una nueva generación de derechos verdaderamente universal. Ellos son la tierra doliente que camina; con ellos tenemos la responsabilidad de construir el futuro.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

* Las citas de Leonardo Boff y Esperanza Martínez provienen de mis notas, podrían no representar sus palabras exactas. Sus conferencias, y muchas otras, pueden encontrarse a través de la página facebook Derechos de la Madre Tierra.
[En el centro de la fotografía: la científica y filósofa Vandana Shiva (India) durante el foro.]

 

 

el conocimiento de los más pobres

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Cuyo Grande, Cusco

Muchas son las iniciativas dirigidas hacia la población más pobre que no toman en cuenta la experiencia y el conocimiento que tiene esta población, iniciativas que se construyen sobre la sola lógica del que busca aportar la ayuda o el proyecto de desarrollo. A la larga, estas iniciativas no son sostenibles, implican casi siempre el despilfarro de recursos económicos y humanos y, lo que es peor, pueden ser contraproducentes para los más pobres de la comunidad.

Algunos ejemplos para ratificar esto:

La construcción en la comunidad de Cuyo Grande de un reservorio de agua que debía llenarse durante toda la noche para que los campesinos rieguen durante el día, sin tener en cuenta que el riego lo hacen durante la noche, como es lógico el reservorio nunca se utilizó y continúa abandonado cual elefante blanco.

En el Bosque, barrio en el que desarrollábamos la Biblioteca de Calle, las familias fueron desplazadas por vivir sobre una zona de riesgo; las familias más pobres que dependían de sus actividades en el mercado cercano al barrio fueron fuertemente afectadas en sus medios de subsistencia, ello provocó que al poco tiempo regresaran a los lugares de riesgo de los cuales las habían evacuado.

En otra ocasión en la Comunidad de Cuyo Chico, vecina a la de Cuyo Grande, el proyecto de una organización que quería contribuir a mejorar las condiciones de vida en la región desarrollo una serie de iniciativas, una de ellas era la construcción de cocinas que buscaba cambiar la forma tradicional de cocinar, para ello el proyecto construía en la casa de las familias cocinas en altura, pues consideraban que las cocinas a ras del suelo eran insalubres y peligrosas. Cuando las cocinas fueron terminadas, luego de la novedad las familias volvían a cocinar como tradicionalmente lo habían hecho ya que tener la cocina a ras del suelo les resultaba más cómodo, podían sentarse frente al fogón y colocar en torno suyo todo lo necesario para cocinar sin tener que levantarse; por otro, lado la mujer en el mundo rural es parte de la fuerza de trabajo en la chacra por lo cual está casi siempre ausente de la casa y cuando los hijos llegan del colegio es más fácil y seguro para ellos atenderse su comida si la cocina está a su alcance; finalmente existe una razón ideológica, pues está fuertemente extendida entre la población andina la creencia que el fuego esteriliza, por ello las mujeres evitan tener el fogón a la altura del vientre.

Estas experiencias ratifican una manera de actuar frente a los problemas de la pobreza y la exclusión que están anclados en una comprensión construida sobre la base de un saber, ya sea el saber académico o el saber profesional, que niega la existencia o la relevancia del saber que nace de la experiencia de vida de las personas que viven directamente la pobreza y a quienes finalmente los proyectos buscan beneficiar. Así el conocimiento de partida es un conocimiento parcial e incompleto, que a pesar del rigor que pueda tener, no llega a dar cuenta plenamente de la complejidad que encierran la pobreza y la exclusión.

Un principio fundamental de la acción del Padre Joseph Wresinski desde los inicios de ATD Cuarto Mundo fue el de reconocer que cada uno tiene capacidades reales o potenciales para reflexionar y actuar junto con otros y que todos pueden ser portadores de un punto de vista indispensable.

Estas capacidades no son puestos en duda y esto será inimaginable hacerlo para las personas que trabajan en el medio universitario o para las personas del medio profesional que tienen saberes y competencias que les permiten actuar para mejorar o resolver problemas.

Pero es más complicado de considerar que las personas en gran pobreza tienen también la capacidad de desarrollar un saber particular que tiene valor y relevancia si queremos actuar eficazmente contra la pobreza y la exclusión.

Esta intuición llevó a ATD Cuarto Mundo desde un inicio a buscar las condiciones que podían hacer posible que el conocimiento de los más pobres sea reconocido como válido y pertinente para en cruce con las otras fuentes de conocimiento, el académico y el profesional, co-construir un conocimiento nuevo de los problemas vinculados a la pobreza y la exclusión.

A partir de la segunda mitad de los años 90 dos programas fueron puestos en marcha para experimentar el proceso y las condiciones que hacen posible poner en diálogo y reciprocidad los tres tipos de saber. Estos dos programas: Cuarto Mundo Universidad (1996-1998) y Cuarto Mundo Profesional (2000-2001) puestos en marcha en el marco de una colaboración franco-belga que reunió a instituciones universitarias y profesionales junto con militantes y voluntarios de ATD Cuarto Mundo, permitió a partir de la experiencia en estos países demostrar la pertinencia y la validez de la dinámica del Cruce de Saberes.

A modo de conclusión podemos señalar que una dinámica como la del Cruce de Saberes puede también en otros contextos, teniendo en cuenta las particularidades sociales y culturales, permitir crear el marco y las condiciones a partir de las cuales el objetivo de la participación de los más pobres y excluidos sea posible y no una simple ilusión.

Alberto Ugarte Delgado, Perú/Francia

j´ai faim

elda-blog

Es una de las horas más concurridas, la hora pico. El tren y el metro están llenos.

El ir y venir de la gente hace que este lugar sea de un corre corre particular. Es el metro de París y sus pasillos reciben a miles y miles de personas todo el día.

Una rutina específica me permite hacer el recorrido casi a la misma hora, dos veces a la semana. Me tomo el tiempo para ver detalles que quizá otros pasan desapercibidos. Soy una de las pocas que camina sin tanta prisa.

En una esquina, varios músicos ponen a disposición de nuestros oídos, las hermosas notas de una melodía. Es agradable escucharlos en medio de toda la presión que una ciudad como ésta ofrece.

Al bajar las escaleras del pasillo, allí está de nuevo, justo en medio. A la misma hora y en el mismo lugar. Su presencia se pierde entre los pasos de la gente y de las notas de la melodía que ahora se escucha a lo lejos. Es un hombre relativamente joven. De rodillas, con una mano sostiene un rótulo, del que puedo leer “Tengo hambre” (J´ai faim). La otra mano permanece extendida, esperando que alguien le deje algo. Estando yo más cerca, trato de encontrarlo con la mirada, pero la suya está lejos, perdida. Cada vez que lo veo, casi las mismas preguntas están en mi cabeza: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuántos años tiene? ¿Cuánto tiempo pasa sobre sus rodillas? ¿Hasta qué hora espera? esos pensamientos pasan tan rápido como mis pasos. Lo dejo atrás. Así como yo, muchos seguimos el camino, sin detenernos.

Al otro lado, casi al salir a la calle, otro hombre me hace volver la mirada. Con la mano extendida me sale al encuentro. Como ellos, a lo largo del camino, ya sea en una calle grande, con turistas o en una más pequeña, otros nos alcanzan con su mirada o con su voz. Todos son compañeros de la sobrevivencia, de las miradas frías que los atraviesan o de los murmullos de algunos molestos por su presencia. La diversidad me sorprende. Mujeres, hombres y jóvenes, de todas las edades, están allí, en las calles de esta ciudad famosa. No es fácil imaginar esta realidad.

Hay algo que empiezo a entender, la miseria a este otro lado del mundo no es la misma que yo conozco. No es solamente una pobreza material. Eso puede notarse a través de su presentación: ropa limpia y en buen estado. Si no es eso la miseria, ¿entonces qué es?

Ese rótulo en su mano me interpela y me cuestiona.

¿Qué es lo que realmente quieres? Porque el hambre física se quita con un poco de comida.

Elda García, Guatemala/Francia

arte 2.18

Por soñar soñé que no amanecía,

por soñar soñé que no llegaba el día,

por soñar soñé que la luna se reía,

por soñar soñé que el sol era mi guía,

por soñar soñé que la tierra me acogía,

por soñar soñé

que los hombres vivirán un nuevo día.

Por soñar soñé.

Antonio Jiménez Gabarre, de su antología Av de la Gavia