con admiración

Con admiración

Miro a mi gente humilde

De corazón y vestuario

Sus casas de barro

De lámina o cartón

Trabajan comprometidos

Cada día sin importarles

Inclementes dolores

De la vida dura

Compromiso de darles una mejor formación a sus hijos

Cumplir contra viento y marea

Todos sus compromisos

Para sus seres queridos

Aun si sus derechos humanos son violados

Y que únicamente la sociedad alta les grite

Que tienen que cumplir con sus obligaciones,

Sin importarle que se roban el dinero del estado

Y mi gente sigue

Con la frente en alto

Con todas sus fuerzas

Viendo con esperanzas de un nuevo cambio

En una sociedad de igualdad

Donde el rico ame al pobre y el pobre al rico

Raquel Juárez, Guatemala

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cuando los caminos se cierran

(c) ATD Cuarto Mundo

A principios de los años 60, empezó el deterioro del sistema ferroviario en Guatemala. En ese momento también dieron inicio, al lado de la linea férrea, las llamadas invasiones u ocupaciones ilegales, en realidad asentamientos humanos precarios. La cifra de hace un par de años: 800 aproximadamente en todo el país.

Si viajas al norte, al sur o al occidente del país, seguro te encontrarás en algún momento con alguno de estos asentamientos. Cada lugar tiene su particularidad. Algunos mucho más espaciosos que otros, pero casi todos catalogados como zonas rojas, es decir, áreas conflictivas o peligrosas.

En todos ellos, las personas que los habitan carecen de agua potable, energía eléctrica, desagües, asfalto y acceso a condiciones básicas para vivir dignamente. Agregado a esta realidad, las familias sufren de discriminación y de humillación. La mayoría son gente sencilla, con escasos o ningún estudio. Casi todos realizan trabajos informales.

En Escuintla, ciudad al sur del país, me encontré con uno de estos asentamientos. Más de 100 familias instaladas desde hace muchos años. A un lado, una colonia formal es la que sostiene su precariedad. De cada vivienda salen pequeños alambres que llevan la energía eléctrica desde el poste central del alumbrado público. Tres accesos son posibles para la comunidad. Uno de ellos es extremadamente peligroso, debido a la autopista construida en sus alrededores. La entrada más utilizada es la que los relaciona con la comunidad un poco más desarrollada. La escuela próxima está a un cuarto de hora aproximadamente.

Una pequeña calle de tierra es suficiente para entrar a esta realidad. Todos se conocen, todos se saludan. La vida aquí enfrenta a sus pobladores a muchos desafíos, uno de ellos la preocupación por mantener buenas relaciones con sus vecinos de la colonia próxima. Pero no siempre es posible, existen cosas grandes y pequeñas que ponen en evidencia la fragilidad de las relaciones interpersonales, y eso en la mayoría de los casos es inevitable. Uno de estos días, cuando las cosas no están bien, los rumores corren: el grupo responsable de velar por la seguridad de los vecinos de la colonia había tomado la decisión de cerrar el acceso principal a la comunidad. En los últimos meses la violencia se ha incrementado, y esto hace brotar aun más el miedo, no sólo en la colonia, sino en todo el Departamento de Escuintla. La reflexión los llevaba a pensar que bloqueándoles el paso, los problemas de violencia desaparecerían. De esa manera se estaban protegiendo.

Por el lado de las familias instaladas, había una gran preocupación: esta entrada es la que permite a los niños el paso más rápido para asistir a la escuela. De otra manera tendrían que salir por la carretera con más riesgo. Lo seguro es que esto impediría a los más frágiles su asistencia regular a la escuela. Con las personas expuestas a los peligros de atravesar la carretera principal, ¿cuántas vidas podría costar esta “solución”? Sin pasarelas para el paso de un lugar a otro, sin señalizaciones, etc. la vida está en riesgo. La decisión generaría una entrada menos en la economía de las familias, pues hay una dinámica de sobrevivencia que pasa por las ventas de frutas, de comida, entre otras cosas.

Mas allá de todo esto, hay un tema mucho más profundo, el de la construcción de relaciones interpersonales que sobrepasen las clases sociales. Los primeros en romper estas barreras son los niños y jóvenes. Estando en la escuela es más fácil hacer amistad con unos y con otros. Al contrario de esta realidad, cerrando esta entrada se fragilizarían o se romperían los esfuerzos de muchos. Dejar a un grupo de personas encerradas para “aplacar los peligros” o encerrarnos nosotros mismos no es la solución. Pareciera que el objetivo es querer invisivilizar la vida de estas familias. No se trata de querer idealizar las relaciones entre las poblaciones que viven situaciones difíciles y las que no las viven, simplemente es que, para poder crecer en nuestra humanidad necesitamos relacionarnos, para que en medio de nuestras diferencias busquemos de entendernos y hacer esfuerzos para construir la paz. Es cierto que se dice muy fácil, pero en la cotidianidad debe haber mucha tolerancia y esfuerzo. No es fácil pero tampoco imposible. Otro mundo es posible, sí, posible cuando las barreras de la indiferencia, del miedo hacia el otro y sobre todo de los prejuicios se desvanezcan y nos hagan ver en realidad que el lugar donde vives no te hace ni menos ni mejor persona. Se trata de lo que cada uno lleva adentro y eso hay que descubrirlo.

Felizmente la idea fue abandonada semanas después, dejando a los habitantes de la linea con una preocupación más, pues a pesar de todos los esfuerzos que puedan hacer para mantener las buenas relaciones, nunca parecen suficientes para romper con los estigmas sociales, principalmente el de generalizar que todos son malos en este lugar. De un momento a otro las decisiones más radicales podrían ser tomadas, sin darse cuenta que éstas pueden ser trascendentales en la vida de una comunidad.

Elda García, Francia / Guatemala

éramos aprendices

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Revista Educación y Biblioteca. Nº 48. Junio 1994

Me cuenta al teléfono Carola Diez —promotora de lectura y colaboradora de la magnífica Biblioteca Vasconcelos de Ciudad de México— que prepara junto a otros una Biblioteca Humana que tendrá lugar el sábado 19 de noviembre. Me explica que se trata de un rato de encuentro entre personas que se convierten en libros y lectores que los toman prestados por 15 o 20 minutos. En esta ocasión buscan “libros humanos” para una sesión que titulan “Cuando las pequeñas bibliotecas tienen algo que contarte”; nos pide compartir la experiencia de Bibliotecas de Calle de ATD Cuarto Mundo… ponerme a mí misma un título, escribir una sinopsis… De inmediato, vienen a mi mente recuerdos de rostros, cuentos, manitas y ojos eligiendo historias para leer juntos… Me titulo “De Madrid a México: 20 años leyendo libros sobre un plástico” y me regocijo recordando, inevitablemente, mi primera Biblioteca de Calle cada lunes en el Pozo del Huevo en Madrid, aquel “érase una vez” de un cuento verdadero del que no he dejado de disfrutar hasta hoy, nuestro madrileño “érase una vez” de la lucha por construir juntos la belleza y los derechos humanos que había iniciado Joseph Wresinski en los años 60 en Francia.

La Biblioteca Vasconcelos nos recibe con toda su belleza y amplitud, con la energía de los lugares vivos, con pulso, con ser humano… La sensación al llegar evoca en mí el gusto que sentía siempre al entrar en la Tate Modern en Londres, la antigua central de energía que es hoy el Museo Nacional Británico de Arte Moderno. Tiene que ver, creo yo, con esa magia que se da cuando hay encuentro entre edificios extraordinarios y personas que saben provocar a otros para habitarlos. Camino por la galería central de la biblioteca celebrando interiormente esa evocación que me devuelve también los recuerdos de la Doorstep Library que inventamos en el sur de Londres, una biblioteca semanal que empezó ofreciendo lectura puerta a puerta, alcanzó después la calle y provocó finalmente el encuentro entre los vecinos de un barrio londinense verdaderamente pobre y la también vivísima Biblioteca de Peckham. Rodeada ya de otros muchos “libros humanos”, me recibe Carola y unos minutos después Ramón Salaberria, subdirector de la biblioteca. Ramón me cuenta que conoce nuestra Biblioteca de Calle desde los años 90 y promete enviarme el artículo que publicó en el 94, siendo él director de la hoy desparecida revista española “Educación y Biblioteca”. No tardo en acomodarme en mi lugar y esperar a los que deseaban escucharme. Como lo son las Bibliotecas de Calle, la mañana en la que me hago “libro prestado” y converso con los muchos que se sentaban a mi alrededor es también una celebración de la oralidad y la escucha.

Yo había conocido ATD Cuarto Mundo y la Biblioteca de Calle a través de Bruno Couder, quien escribe el artículo del que me habla Ramón. Recibo el texto prometido —pueden ahora los nostálgicos y los curiosos leerlo aquí, a partir de la página número 18— y encuentro de nuevo aquel español afrancesado con el que Bruno nos hablaba de la pedagogía y la política de nuestras Bibliotecas de Calle. Admito haber aprendido también algo de la teoría y la práctica de la promoción de los Derechos Humanos a través de algunos textos especializados; sin embargo, el recuerdo de la manera de hablar de Bruno me hace tomar conciencia y celebrar haber aprendido el oficio junto a él y a Yolaine Couder, con quienes hice mis primeras Biblioteca de Calle; tomar conciencia de la suerte que fue para mí aquel espíritu de aprendices que habitaba a los jóvenes que habíamos sido reclutados como animadores de la Biblioteca de Calle, el espíritu de observarlo todo —mirar con la nariz adentro, como los niños—, de escucharlo todo del que ya conoce el oficio, del maestro. Como lo hacen los aprendices de carpintero, observábamos las maneras de los que ya sabían hacer: la precisión, el cuidado… y Bruno y Yolaine nos contaban los porqués de cada pequeña madera que construía la Biblioteca de Calle: elegir bien los libros, conocerlos y entusiasmarse; sentarse en la calle, a la vista de todos; invitar a cada niño, pero ir personalmente a buscar a los más pobres y rechazados, decirles cuánto contábamos con ellos, hacerlo sin desfallecer, a veces durante meses antes de que se animaran a participar; acompañar a los niños de regreso a casa y hablar a sus padres de sus éxitos en la biblioteca de aquel día; no intimidarles con preguntas sobre si sabían leer o no, animarles en sus esfuerzos y celebrar sus logros; permitirles escoger sus lecturas, y leer en voz alta para ellos o acompañarles en su leer incipiente, o las dos cosas, según pareciera mejor… Y en medio de todo eso, sobre todo, ver  los esfuerzos de los adultos de aquellos barrios, tan castigados por la pobreza y la exclusión, para que sus niños tuvieran un mejor futuro; reconocer los esfuerzos y los logros de aquellos padres a menudo acusados de no escolarizar a sus hijos, de no dar importancia a la escuela, de no saber nada… Llegábamos, decían Bruno y Yolaine, para compartir nuestro saber-leer, pero sobre todo para advertir, reconocer y unirnos a los innumerables esfuerzos que los padres hacían, en medio de la supervivencia, para permitir a sus hijos aprender más allá de los saberes que ellos podían transmitirles. Se trataba de una pedagogía, pero sobre todo de una opción política, de una manera muy particular de estar en la lucha contra la pobreza y la promoción de los Derechos Humanos. Éramos aprendices, ¡y cuántisimo aprendimos!

La mañana de Biblioteca Humana en la Biblioteca Vasconcelos trajo a mí el deseo de detenerme en esta suerte de hilo conductor recorriéndome en las que han sido mis ciudades, en las bibliotecas y los lugares de la cultura que me han entusiasmado, en el encuentro con la comunidades y personas muy pobres con las que he hecho camino, en mi trabajo junto a otros voluntarios permanentes de ATD Cuarto Mundo…: ser aprendiz de quienes ya lo eran de las personas en situación de pobreza. Así, la Biblioteca Humana, como expresión de la historia compartible que hay en cada uno de nosotros, realizó en mí algo mucho más hermoso: volver al recuerdo de los que me iniciaron en esta lucha contra la pobreza y a la importancia de aprender el arte o el oficio practicádolo con quienes ya lo dominan, la inmensa suerte de ser aprendices.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

soy varón y rechazo la discriminación de las mujeres

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“No conozco mujeres que sean buenas profesionales en programación o en el área de sistemas”, “las mujeres no son eficientes ni competentes cuando están embarazadas, “las mujeres son muy hormonales e impredecibles para dirigir”. Estas son algunas frases que he escuchado en diferentes espacios laborales, reforzando prejuicios y estereotipos de género.

En muchas empresas e instituciones los cargos de poder y decisión están en manos de hombres, incluso en aquellos que promueven el empoderamiento femenino o Derechos Humanos. Esta realidad muestra que todavía es difícil reconocer a las mujeres como profesionales competentes y capaces, debido a estereotipos que la relacionan con el carácter débil, con su capacidad de cuidar exclusivamente a la familia y ser el soporte principal de otros (esposo e hijos), creyendo consciente o inconscientemente que no puede ser una buena líder. Esta realidad hace que esté en constante evaluación, valorando las características más cercanas al comportamiento masculino, por ejemplo: la cantidad de tiempo extra que le dedique al trabajo, sin tomar en cuenta que para un hombre es más sencillo quedarse más tiempo en el trabajo, pero no es así para las mujeres, porque también debe cumplir con otras responsabilidades como la maternidad o el trabajo en casa, responsabilidades que muchas veces suelen ser impuestas.

¿Qué pasa con las mujeres en situación de pobreza? Ellas se encuentran en condiciones mucho más vulnerables, no sólo por su limitada formación educativa, sino porque están expuestas a trabajos que si bien coadyuvan a su autonomía e independencia, como: personal de limpieza, cocineras, vendedoras en puestos en la calle, entre otros, son ocupaciones que siguen reafirmando los estereotipos sexistas donde se considera que la mujer sólo es útil para cierto tipo de tareas. Hoy en día muchas de ellas van incursionando en trabajos tradicionalmente considerados masculinos como la construcción, la conducción de transporte público o la mecánica, pero se desvaloriza su esfuerzo pagándoles menos de la misma manera que se ignoran y quedan impunes las situaciones de violencia a las que a menudo están expuestas.

Estas realidades visibilizan claramente desigualdades e injusticias sociales que excluyen a las mujeres en base a prejuicios que subestiman sus capacidades. Es posible que esta desigualdad se mantenga a causa de un cierto privilegio que reciben los varones, entregándoles poder y autoridad en cualquier tipo de relación. Estás diferencias marcadas por la sociedad se inician desde la niñez, situaciones en que las niñas deben quedarse en sus hogares para apoyar las tareas domésticas mientras que muchos niños pueden salir a espacios libres de recreación; ya cuando son jóvenes ellas deben velar del cuidado y seguimiento de sus hermanos, como si fueran una especie de segunda madre. Pasando por una serie de etapas podemos ver como se consolidan estos estereotipos en los espacios laborales donde el trabajo de las mujeres no es reconocido o en el peor de los casos son los jefes los que se llevan dicho reconocimiento.

Una madre compartía en la Universidad Popular de ATD Cuarto Mundo las siguientes palabras: “hay todavía papás que crían a sus hijos diciendo que los varones tiene que seguir el apellido, hasta ahora sigue haciéndolo, por ejemplo mi papa era así, decía: ‘él es varón, él va seguir el apellido, el varón tiene que trabajar, nada más, en cambio a mi hija, ella es mujer, va perder el apellido, solo sirve para cocinar, para que sufra, para que tenga hijos, para nada más’. Eso decía, pero la mujer le alcanza todo a un hombre, la mujer sufre más, el varón no lleva niños cargados, no tiene que ir a la escuela, lavar, recoger, las mujeres tenemos mucho trabajo en la casa, en cambio los hombres solo tienen un solo trabajo, y eso para mí está mal. En estas épocas que hombres tienen que aprender a cocinar y no mirar a la mamá, tienen que saber trabajar como la mujer, sufrir como la mujer”. Esta señora no sólo trabajaba en su hogar sino que a la vez innovaba diferentes formas de trabajo para generar ingresos adicionales para el bienestar de su hogar.

Pero lamentablemente esta lógica de poder se consolida en todos los miembros de la sociedad, es así que a veces se puede ver a mujeres que reproducen estereotipos machistas de forma consciente e inconsciente debido a la naturalización de comportamientos, es decir que de alguna forma es visto como algo natural que sea el hombre el que tome las decisiones, o el que debe recibir un trato preferencial en muchos aspectos de la vida. No es extraño, que entre las mismas mujeres se vayan marcando más las brechas de entendimiento. Sin ir muy lejos podemos apreciar la actitud que toman algunas mujeres como jueces de la vida de otras mujeres marcado por frases como “esa mujer floja no atiende a mi hijo”, “mi hermano se merece una mejor mujer”, “pobre de su hijo con esta mujer que no sabe ni cocinar”, “seguro anda de coqueta buscando hombres”.

Se ha dicho mucho sobre el hecho de que las mujeres reproducen estas situaciones e incluso se las culpa por la educación que brindan a sus hijos e hijas, pero al realizar un análisis tan simple de esta situación estamos ignorando que los hombres somos los que nos beneficiamos de esta condición. Como varón pienso que debemos afirmar que no es justo que mujeres sean despedidas por estar embarazadas, que ganen menos por el mismo trabajo, que sean víctimas de acoso sexual por algún compañero, que en toda entrevista de trabajo se les tenga que preguntar si es soltera como requisito para obtener el empleo, que se les pida tener una buena presencia para acceder a mejores trabajos, etc. Y debemos analizar estas situaciones no sólo porque también tenemos una hija, una madre o una esposa, sino por el hecho de que todas las mujeres se merecen respeto, dignidad, pero sobre todo un trato justo y equitativo. Si superamos esta injusticia el mundo sería mejor para todos, no sólo para las mujeres.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz