culturalismo vs cultura de resistencia

Hace unos días escuchaba a Beatriz Aragón, médica de familia que desde hace años anda metida en el Equipo de Intervención con Población Excluida en el barrio Cañada Real (Madrid), citar a un autor que también me descubrió ella mucho antes, Didier Fassin, con una cita muy interesante sobre lo que se puede ocultar y distorsionar mediante el culturalismo, al atribuir las diferencias que encontramos con otros colectivos al ámbito cultural. Entre lo que encuentro anotado en mi cuaderno está esto:

  1. El culturalismo niega al otro la universalidad de sus aspiraciones, al encerrarlas en algo propio de una cultura, sin reconocer que pueden ser válidas más allá de ésta o tener puntos de conexión con las de otros colectivos. Por ejemplo, al quejarnos de que las familias gitanas acudan en pleno a acompañar a l@s suy@s cuando alguien está en el hospital. ¿De verdad es tan extraño que se no se quiera dejar a alguien solo en una situación difícil?
  2. El culturalismo niega al otro su derecho a la diferencia, ya que al mostrarla es enseguida apartado o encorsetado en un grupo aparte, extraño, separado. De ahí nuestro empeño en “integrar”, en que renieguen de lo que rechazamos de su cultura y acepten lo que desde el otro lado consideramos como “básico”.
  3. El culturalismo niega al otro el reconocimiento de su capacidad de razonar, de su inteligencia. Sus comportamientos terminan rodeados de un halo de misterio, como si obedecieran a motivaciones mágicas, esotéricas o aleatorias. Pero para todo hay una razón. El que no lleguemos a comprenderla no hace que ésta desaparezca.
  4. El culturalismo borra otros factores sociopolíticos que son parte importante de la realidad: la pobreza, la desigualdad, los conflictos de poder… Volviendo al ejemplo de las familias gitanas, más allá de sus pautas culturales en su forma de ser y estar inciden y mucho su situación económica, su nivel de formación, su experiencia de rechazo, etc.

Está claro, por lo menos para mí, que encerrar la diferencia y la desigualdad en una visión meramente “cultural” del tema es tremendamente peligroso. Porque además se apoya fundamentalmente en un análisis de carencias y déficits. Pero esto no es más que una visión muy sesgada del asunto.

Porque entre quienes viven en pobreza y exclusión hay también otro tipo de cultura que va más allá de lo étnico y/o racial. Existe una cultura de resistencia frente a la precariedad constante que permite que personas y familias de orígenes muy diferentes se reconozcan como parte del mismo colectivo. Al igual que se ha hablado siempre de una “cultura obrera”, existe también una “cultura de resistencia a la pobreza” entre quienes la sufren. Porque, pese a la imagen que suele dar de ést@s, sólo quienes están ya muy rot@s se rinden. Frente a la violencia de la miseria, hay una lucha constante por sobrevivir, por mantener la dignidad, por cuidar a l@s tuy@s, por sostener pese a todas las dificultades la esperanza. Y esta experiencia de lucha va construyendo un conocimiento propio y una práctica efectiva, y se intercambia y sostiene en redes que pese a que sean invisibles para quienes no viven en esas condiciones no por ello dejan de existir. Esta cultura de resistencia tiene sus propios valores y totems, aunque muchas veces se oculten por la experiencia previa de incomprensión y adoctrinamiento por parte de quienes quieren marcar las pautas de comportamiento social.

El otro día, una mujer de mi barrio me contaba: “Si te rindes un momento, si bajas la guardia y no luchas, ya no puedes luego levantarte. Tienes que estar de un lado a otro, haciendo papeles para pedir ayudas, viendo a ver qué facturas puedes pagar este mes y cuáles no, peleándote con todo el mundo. Son tantas las dificultades y tan constantes que no puedes dejar de luchar en ningún momento. Si no, estás perdida”.

Esto marca, a ella y a otras muchas personas. Por eso, cuando se encuentran y se miran a los ojos, se reconocen como parte del mismo pueblo: el pueblo que resiste, que reniega del sufrimiento al que la sociedad les condena, que busca construir una manera de estar en el mundo que permita que tod@s nos reconozcamos como iguales en dignidad y derechos a pesar de nuestras diferencias.

Dani García Blanco, Madrid

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cuesta arriba

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“No todos avanzamos en la vida de la misma manera. Algunas personas, pocas, tienen un camino llano delante de ellas, sin obstáculos. Otras tienen algunas cuestas que subir. Pero algunos tenemos que subir constantemente montañas, bien empinadas. Y no nos podemos parar. Si te paras, te caes abajo. Siempre subiendo”.

Con esta imagen tan gráfica trataba de representar un amigo que ha vivido siempre en condiciones muy difíciles lo que es la vida en la pobreza. Y al escucharle me acordaba de una mujer de mi barrio, también luchadora frente a mil y una adversidades, que me contaba como sentía que no podía permitirse el lujo de rendirse, pese a que a veces sentía que no podía más, o que la trataban injustamente cuando iba a pedir ayuda a los Servicios Sociales o a las parroquias: “En el momento en el que dejas de luchar estás acabada”.

Vivir en la precariedad exige un ejercicio de resistencia firme y constante. Aunque el agotamiento termina apareciendo constantemente, con consecuencias muchas veces devastadoras. De ahí que se busquen maneras y modos de aguantar, de refugiarse, agarrando muchas veces clavos  mentirosos y ardientes. Pero no queda otra: resistir, un resistir que es lo contrario de la dejadez o el inmovilismo, que es compromiso activo por no caer.

De ahí también la importancia de contar con otras personas. Pero no cualquiera. Esto me contaba otro luchador en precario comentando sobre el compromiso de quienes formamos parte de ATD Cuarto Mundo: “Estamos cansados de oír promesas. Con vosotros es diferente, porque os conocemos desde hace años y os hemos visto mancharos con el barrio de las calles. Sabemos que siempre habéis estado ahí”.

La pobreza, la miseria, encierran y aíslan empujando hacia un ejercicio autista de supervivencia. Por eso de repente aparece como fundamental la presencia de otras gentes, no solo para recibir apoyos, sino para construir algo que de verdad se sienta con sentido y que lance más allá de la montaña castigadora: “Para luchar por mí, ya lucho yo solo todos los días. Pero lo que tenemos que hacer juntos es luchar por todos, por lo colectivo”.

Pues eso. Luchemos.

Daniel García Blanco, Madrid

no te quieren libre

Lleva toda su vida viviendo luchando por salir adelante en condiciones muy difíciles. Ha vivido en chabolas y caravanas, ha ocupado pisos vacíos, le han acogido en casa de familiares cuando esto ha sido posible, pero siempre de manera temporal. Cada año, y van más de diez, vuelve a retomar el ritual de completar la solicitud de vivienda social, pero su situación es tan complicada que ni siquiera consigue cumplimentar los requisitos que le piden desde la administración pública. No hay salidas, o al menos no las encuentra, y desespera de darse siempre contra uno y mil muros. Golpes que duelen y dejan marca. Cada vez es más difícil reunir fuerzas para volver a intentar la fuga hacia un futuro donde él y su familia puedan tener unas condiciones mínimas de seguridad y bienestar.

En él pensaba cuando escuchaba el otro día la presentación del proyecto “Ciudad de los cuidados” en el pleno del Ayuntamiento de Madrid. Una vez más, se utiliza como ariete el tema de la sacrosanta “libertad individual” (min 1:20:00), pero en esta ocasión Javier Barbero, Concejal que presenta esta propuesta, rebate con claridad y precisión (1:39:40) explicando que es responsabilidad de las instituciones el asegurar las condiciones que permiten el ejercicio real de esa libertad, de la que no tod@s podemos disfrutar en igual medida: “La libertad individual de las personas que viven en el Gallinero es muy inferior a cualquiera de los que estamos aquí”.

Efectivamente, cuando vives en la pobreza el margen de decisión del que puedes disfrutar es bien escaso: “La normativa siempre se actualiza en contra del más débil. Desde la administración te ofrecen una ayuda a la que no puedes decir que no, porque no tienes otra cosa a la que agarrarte, pero que te obliga a ponerte bajo su control. Es una ayuda que no te da para vivir, es una miseria, y luego encima te andan preguntando si te buscas la vida con la chatarra para descontártelo de lo poco que te dan”.

Hace tiempo, una persona con una vida realmente difícil me contaba: “Antes no tenías, pero te podías buscar la vida. Ahora tenemos una mochila muy grande, con todos los servicios sociales detrás de nosotros, una mochila que te echan a la espalda y con la que apenas puedes moverte”.

La libertad es un bien precioso, sí. Pero para todos y todas, no sólo para quienes disfrutan de una posición privilegiada que les permite asumirla como algo dado de manera natural. Quienes viven en condiciones de pobreza y exclusión luchan día a día por generar unas condiciones que ensanchen su horizonte de libertad, y muy especialmente el de sus hijos. Sin embargo, nuestras sociedades no están dispuestas a ello por lo que parece. Porque su libertad obliga a una transformación colectiva, y antes que eso es más fácil la imposición de las normas más asentadas.

Por eso no me extraña que algunas personas rechacen los senderos de integración que se les ofrecen. Porque han experimentado de manera dura y clara que su libertad no es bien vista ni tolerada, aunque no haga daño a otras personas. Pero esta libertad, si se ejerce, puede dar la vuelta a las bases de nuestra sociedad:

“Yo si me dejaran, me iba a la chabola, fíjate lo que te digo. Aunque tuviera que pagar un alquiler, da igual. Pero ahí tendría libertad. Además, en las chabolas, cuando vivíamos allá, estábamos en comunidad. Aquí en los pisos dicen que tenemos que aprender a vivir en comunidad… Pero si en comunidad ya vivíamos antes, toda nuestra vida. Cuando hablan de vivir en comunidad, lo que quieren decir en realidad es que no molestes y no hagas ruido. ¿Eso es comunidad?”.

Dani García Blanco, Madrid

 

cansado, cansado…

 Un compendio bien condensado de análisis y juegos de espejos en el que es difícil no sentirse reflejado, al menos para quienes andamos entrampados en esa dinámica de activismo infinito que nos atrapa y empuja hacia adelante, siempre hacia delante…

 “Hay diferentes tipos de actividad. La actividad que sigue la estupidez de la mecánica es pobre en interrupciones. La máquina no es capaz de detenerse. A pesar de su enorme capacidad de cálculo, el ordenador es estúpido en cuanto le falta la capacidad de vacilación. (…) Según Nietzsche, uno tiene que aprender a «no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas». La vileza y la infamia consisten en la «incapacidad de oponer resistencia a un impulso», de oponerle un No. Reaccionar inmediatamente y a cada impulso es, al parecer de Nietzsche, en sí ya una enfermedad, un declive, un síntoma del agotamiento. Aquí, Nietzsche no formula otra cosa que la necesidad de la revitalización de la vita contemplativa. Esta no consiste en un Abrir-Se pasivo, que diga Sí a todo lo que viene y a todo lo que sucede. Antes bien, opone resistencia a los impulsos atosigantes que se imponen. En lugar de exponer la mirada a merced de los impulsos externos, la guía con soberanía. En cuanto acción que dice No y es soberana, la vida contemplativa es más activa que cualquier hiperactividad, pues esta última representa precisamente un síntoma del agotamiento espiritual.”

Esta y otras píldoras nos ofrece Byung-Chul Han en su primera obra con repercusión internacional, La sociedad del cansancio. Su lectura me atrapa, o más bien me refleja atrapado en este juego de exigencias propias por dar más, por llegar hasta el máximo de entrega, disponibilidad y rendimiento, en todas las dimensiones de la vida. Una dinámica lanzada quién sabe hacia donde, que no sé muy bien cómo se para, que consume y agota al no permitir ser ni estar realmente en ningún lado.

La cosa está difícil. Como plantea el autor, habrá que recuperar la capacidad de aburrirse, de mirar con calma y en profundidad, de cansarse con otros y no cada vez más encerrado en la propia torre de marfil.

Habrá que aprender a decir “no”. A decirse “no” a uno mismo.

Dani García Blanco, Madrid

la vivienda es lo primero… que dejamos atrás

Hace unos días estuve en unas Jornadas sobre Housing First (Primero Vivienda) organizadas por RAIS. El planteamiento es muy sencillo: en vez de marcar procesos para las personas sin hogar a través de diferentes recursos sanitarios y sociales, con la vivienda como un premio al final de un camino que se convierte en una carrera de obstáculos, se comienza facilitando el acceso a una vivienda como seguridad básica que permite afrontar el resto de retos a los que se enfrenta a la persona. Que no son pocos en los casos seleccionados, ya que hasta ahora el programa se ha realizado con personas con problemas de salud mental, discapacidad o toxicomanías. En estas Jornadas han presentado los resultados obtenidos hasta ahora, y son espectaculares: todas las personas siguen manteniendo su vivienda y ha mejorado en gran medida su bienestar a todos los niveles, con un coste económico similar o incluso inferior al de otros recursos tradicionales, como albergues y demás.

Pero más allá de los datos, están las vidas concretas, las miradas y la palabra de estas personas:

Todo parece apuntar a que este modelo de intervención se va a poner de moda, al menos en cuanto a atención de personas sin hogar. Muchas otras personas y colectivos apuntan a que esta filosofía de intervención debe aplicarse de manera más global, también con familias y otros colectivos.

Pero yo, cuanto más lo pienso, menos entiendo. ¿En qué momento hemos perdido el contacto con la realidad de tal manera que una propuesta que en realidad es simple sentido común se convierte en algo revolucionario? ¿De verdad estamos inventando el fuego al decir que la seguridad de una vivienda, de una estabilidad básica, es una condición fundamental para poder construir en positivo las condiciones para una vida digna? ¿Cuándo y cómo perdimos esta perspectiva?

Al comenzar la dinámica de los Talleres de Vivienda Digna para Todas las Personas (animados por Movimiento Cuarto Mundo España), un padre de familia que nunca ha podido acceder a una vivienda propia me comentaba: “¿Tú sabes lo que supondría poder tener una llave con la que abrir la puerta de mi casa? ¿Y entrar en ella sabiendo que mis hijos están durmiendo seguros, protegidos, que no les va a pasar nada? Eso es lo más importante que me puede pasar en la vida”. Por el momento sigue igual, sin haber avanzado nada en esta dirección. Porque cuando va a Servicios Sociales le insisten en que lo que tiene que hacer es encontrar trabajo, sin ofrecerle alternativa de vivienda, ya que eso se lleva en otro departamento que en la práctica constituye otro mundo con otros intereses. Como si dentro de los apoyos que necesita una persona o familia para salir de la precariedad no hubiera que considerar el tema de la vivienda. Pero claro, es que unir urbanismo y necesidades sociales obligaría a volver del revés las políticas de vivienda, enfocadas primordialmente a mercadear con ella.

Y así, de este modo, borrando y fragmentando la realidad, consiguen que nos olvidemos de las cosas esenciales y básicas para la vida.

Dani García Blanco, Madrid