lámpara maravillosa

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Ocurre algunas veces que dos seres humamos se entienden de inmediato, como si hubieran sido ambos capaces, en tan solo unos segundos, de leer los secretos del corazón del otro.

Era sábado de Biblioteca de Calle en uno de los sectores más castigados por la pobreza en la capital guatemalteca. El barrio se levanta a lo largo de una sola calle de tierra; a mano derecha, una quebrada pone a todos sobre aviso de la cercanía del abismo. La biblioteca se instala en un pequeño terreno vacío a pocos metros de la entrada del barrio. Un puñado de niños nos recibe, impacientes de historias. De inmediato comienzan algunos de los animadores a preparar el espacio y los libros; otros caminan en busca de todos los niños y todas las niñas.

David me invita a acompañarle. Calle abajo, toca las puertas, saluda a adultos y niños, platica y anuncia la llegada de la biblioteca. Algunos patojos se unen inmediatamente a esa suerte de procesión hacia los libros en la que va progresivamente convirtiéndose el caminar de David; otros explican que todavía están preparándose y se unirán a su vuelta. Sigue la bajada hasta el final de la calle. Yo estaba de visita en Guatemala y era mi primera vez en el barrio. Mientras camino, ya rodeada de niños y tomada de la mano, pienso que, aún estando en medio de la ciudad, los barrios de la pobreza siempre parecen estar al final, al límite, al margen de todo… así insiste la quebrada mientras unos y otros trabajan: preparan atole para salir a vender, apilan el cartón rescatado de la basura, peinan a los niños, lavan la ropa…

En una de las casas hay una niña de unos ocho años que asoma su cabecita a través del espacio que queda entre el techo y la puerta, ambas de lata. David habla con ella y Lucía explica que su mamá trabaja desde el día anterior y ella cuida a su hermanito de tres años; la casa estaba cerrada y no tenían permiso para salir. Su abuelita —explica Lucía— vive muy cerca y quizás pueda darle permiso. “Va pues —decimos— vemos a la vuelta si se puede”, y seguimos la bajada hacia más niños. De regreso, caminamos en el alboroto de los numerosos patojos a nuestro alrededor. Ahora está también Vivi con nosotros, otra de las animadoras de la biblioteca. Lucía sigue encaramada a la puerta de su casa. Me conmueve profundamente lo visible de sus esfuerzos de niña valiente para no romper a llorar mientras nos dice que no vio a su abuelita y no podrá venir. También yo me esfuerzo para ser valiente y seguir nuestro camino hacia la biblioteca.

Años antes, yo había participado en un grupo de trabajo durante la investigación-acción participativa La miseria es violencia en el que unas madres describían justamente esto: tener que salir a trabajar y dejar a los niños solos en casa, tener siempre miedo de que algo les pase, estar obligadas a correr tales riesgos para buscar el alimento, tener que elegir entre el peligro de dejar la casa abierta y que la violencia entre, o cerrar la casa y que algo les pase dentro, salir de casa con los niños aún dormidos y regresar por la noche con ellos dormidos de nuevo, dejar a los hijos mayores a cargo de los pequeños y ser en realidad todos pequeños… todos estos riesgos para la supervivencia, peligros que a penas se esquivan para la supervivencia que a penas se logra… Todo esto me lo había dicho de nuevo el rostro de Lucía en unos pocos minutos, y también su profundo deseo de venir con nosotros al encuentro con los libros.

Ya en el espacio de biblioteca, hablan David y Vivi sobre Lucía. David agarra unos libros y retoma el camino hacia su casa para cumplir la promesa que acabábamos de hacerle Vivi y yo: leer para ella cuentos desde fuera. Yo me quedo en la biblioteca junto al resto de animadores, y un grupito de niños se reúne a mi alrededor. Al ratito, como por arte de magia, veo llegar a Lucía junto a otros dos niños; se acerca a mí rápidamente, abre los brazos y sonríe una sonrisa inmensa sin decir una sola palabra. Yo también sonrío y abro los brazos, y nos abrazamos como si acabáramos de salir las dos victoriosas de una gran aventura, como si acabara de cumplirse para nosotras nuestro deseo común para el genio de la lámpara maravillosa, como si esos minutos de conocernos a la puerta de su casa hubieran sido suficientes para leer todos los secretos de nuestros corazones… Su abuelita había regresado y David había podido hablar con ella para traer a Lucía, a su hermanito y a su tía, también niña pequeña. Tras nuestro abrazofiesta, los tres se sientan a mi lado, junto a los otros niños que ya me acompañaban, y leemos y después cantamos y después juntos hacemos la actividad manual que se había preparado.

Durante más de diez años participé semanalmente en una Biblioteca de Calle, primero en Madrid, después en Londres. Ahora lo hago a menudo durante mis viajes con motivo de mi responsabilidad en el seno de la delegación de ATD Cuarto Mundo para América Latina y el Caribe. A lo largo de los años, he atesorado numerosos momentos que dan testimonio de lo que permanece intacto en el corazón de los niños a pesar de la dureza de la vida en la miseria, la infancia intacta en ellos a pesar de las dificultades a las que tienen que hacer frente. Nuestra suerte compartida son estos espacios en los que eso que es esencial y permanece en cada niño y cada niña puede abrirse, mostrarse, celebrarse, crecer… estar en la luz. En Guatemala, David, Vivi, Nathalie, Cristina, Miriam, Lorena, Delphine, Guillermo… animan cada semana la Biblioteca de Calle de ATD Cuarto Mundo y junto con los niños y niñas frotan y frotan la lámpara maravillosa de Aladino, logran hacer salir al genio, salir victoriosos, compartir lo que cada uno lleva en su corazón. De esta manera se suman las Bibliotecas de Calle a los esfuerzos que cada día hacen las madres y padres en situación de pobreza para construir un futuro mejor para sus hijos.

Tras el rato de lectura y el canto, llega la propuesta de actividad manual. En esta ocasión, se trata de un corazón para celebrar el día de la madre. Lucía prepara su corazón de cartulina al tiempo que ayuda a su hermanito a hacer el suyo, y después dibuja otros muchos corazones y escribe: “Mami te amo. Te amo mami. La adoro mami”.

Lucía, su hermanito y su pequeña tía aprovechan la biblioteca hasta el final. David va a acompañarles hasta su abuelita, y así compartir con ella sobre lo que los niños vivieron durante la mañana. Antes de irse, Lucía abre de nuevo los brazos y nos reúne a los cuatro en un solo abrazo. Sus bracitos de niña de ocho años son infinitos, plenos de fuerza y ternura. Agradezco conmovida a los tres niños y les digo “He sido muy feliz hoy con ustedes”. Lucía sonríe y nos abarca de nuevo a todos en un último abrazo: celebración de los cuentos compartidos y los secretos de nuestros corazones, de la Biblioteca de Calle, sus niños, los padres y los animadores, del reconocimiento y el amor para su madre que lleva entre sus manos, de toda la belleza e infancia que hay en Lucía, lámpara maravillosa.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México / Guatemala

en twitter @beatriz_monje_

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¿acto de caridad, de justicia o de humanidad? ¡Las Patronas de Veracruz!

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Hace más de veinte años, unas niñas preguntaban a sus padres, trabajadores de la tierra, por las personas que viajaban encima de los techos de ese tren carguero que atraviesa México de Sur a Norte, ese que desde siempre pasaba cerca de La Patrona, su comunidad: ¿quiénes son, de dónde vienen? No pensaban entonces que esas sus preguntas de niñas las convertirían, años más tarde, en Las Patronas de Veracruz… No eran conscientes entonces de estar siendo testigos de una de las complejidades de la sociedad actual: «la migración no como derecho sino como un privilegio para quien lo pueda pagar», según ellas mismas lo dicen ahora.

Años más tarde, estas mismas niñas, ya jóvenes muchachas, caminaban cerca de las vías del tren cargando una bolsa de pan y leche. De pronto, una de aquellos que viajaban sobre el tren pidió lo que cargaban. Ellas, haciendo caso a ese llamado, aventaron su bolsa hacia él con la sola intención de ayudar. «Habíamos entendido, sorprendidas —según lo explican ahora—, que los viajeros traían hambre». Así empieza la historia de Las Patronas.

Después de aquello, las muchachas y otras mujeres de sus familias decidieron juntarse y organizarse. Eran campesinas que vivían en una comunidad que no destacaba por su bienestar material; sin embargo, decidieron actuar a sabiendas de que no recibirían nada a cambio… más aún, a sabiendas de que esa decisión las llevaría a compartir su compra del día, la que había de alimentar a sus propias familias. «Esas personas traen hambre, ¿qué vamos hacer?». Una dijo: «yo traigo un kilo de arroz»; otra: «yo los frijoles»; la otra: «yo las tortillas»… Así, sin escatimar esfuerzo alguno y con una enorme valentía, se precipitaron a apagar el hambre.

Desde entonces, ante el silbido del tren, las patronas se paran y se colocan a lo largo de la vía del tren todos los días; junto a ellas, las carretas que transportan las bolsas de comida que han preparado: un poco de arroz, frijoles, tortillas, pan y, sobre todo, botellas de agua. ¡Cada bolsa está preparada con mucho cuidado y esmero!, ¡cada bolsa es símbolo de una solidaridad profunda!

El tren, repleto de migrantes, se aproxima a gran velocidad… el ruido es estremecedor. Una concentración máxima se instala porque el más mínimo error puede traer graves consecuencias para ellas o los viajeros. Listas, con los brazos tendidos hacia arriba y las manos llenas de bolsas de comida y botellas de agua; los migrantes, encaramados en las escaleras del tren, toman lo que pueden. A menudo, el maquinista no reduce la velocidad, pero en cuestión de segundos, la increíble agilidad y admirable determinación de las patronas trata de cubrir el mayor número de vagones posible, ofreciendo un poco de alivio a los que llevan varios días sin probar alimento.

En medio del estruendo que provoca el tren, se dejan oír multitud de gritos de migrantes: «¡Gracias!», «¡Dios la bendiga, madre!». Ellas, en un respiro de alivio, sonríen por un instante y ven alejarse a la bestia que sigue su rumbo con el mismo ruido estremecedor.

Las patronas saben que no son esos pasajeros comunes: les espera todavía lo incierto. ¿Cuántos llegaran a destino, cuántos se quedaran en el camino? Todos ellos, incluso los muy jóvenes, son portadores de una historia de vida, portadores de esperanzas y sueños… Ellas saben que, durante ese trayecto incierto, algunos serán asaltados; otros, durmiéndose por el cansancio del viaje, serán mutilados o encontraran la muerte cayendo del tren; otros secuestrados o asesinados…

Ellas, ahí bien paradas, no se dejan desanimar por el paso de esa bestia; toman nuevamente sus carretas vacías y caminan de regreso a la comunidad a preparar el día siguiente, a seguir apagando el hambre sin desfallecer… ¡Así todos los días durante casi 22 años!

Junto a dos amigas, encontré a las Patronas hace solo unas semanas en un evento en la Ciudad de México organizado por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se empezó proyectando el documental «Héroes cotidianos». Al finalizar, podía sentirse el silencio absoluto y la emoción indescriptible de ese auditorio repleto de jóvenes universitarios y profesionales. Nora Romero, una de las niñas de entonces y hoy en día responsable de Las Patronas, introdujo el diálogo todavía invadida de la emoción del instante: «Nos debe lastimar en lo más hondo de nuestra humanidad cuando vemos alguien sufrir».

Hoy en día el grupo está formado por más de quince mujeres. A lo largo del tiempo, sus bolsas de comida se han ido enriqueciendo con una lata de atún, unos dulces y algunos pasteles… Ellas no han deseado constituirse como asociación u ONG, tampoco han querido recibir ayudas gubernamentales o de partidos políticos. «Queremos —Nora explica— seguir siendo lo que somos. Queremos seguir actuando con lo que tenemos y para eso hay que echarle ¡muchas ganas!»

Un escalofrío, mezcla de admiración y esperanza, me invadía al escuchar su testimonio. Me preguntaba si su labor representaría un acto de caridad, de justicia o de humanidad. Pensaba en el sentido de estas palabras, pero, sobre todo, aprendía que cualquiera que fuesen sus sentidos, cualquier acto de rebeldía ante el sufrimiento se desata en el momento mismo en el que decidimos dar un paso, por más sencillo que sea, en el momento en el que decidimos actuar como rebeldía… mezcla de humanidad, justicia e intolerancia al sufrimiento.

Nora continuó dirigiéndose al auditorio: «No tuvimos la suerte de hacer estudios universitarios, por eso yo hablo en sencillo, sin complicaciones. Hemos actuado de manera sencilla, hemos actuado por humanidad». Uno de los participantes aumentó: «Ese acto sencillo de ofrecer tortillas o simples frijoles, responde al derecho incondicional de comer todos los días».

¿Qué podemos hacer nosotros? preguntó después un joven estudiante universitario. «¡Sean buenos profesionales —respondió Nora— humanicémonos! No basta con estudiar, hacen falta ideas nuevas y humanizadas. La mayoría de las personas que viajan en La Bestia son jóvenes como ustedes. Para mí, una de las soluciones a la complejidad de este tipo de migración parte ante todo de nuestras comunidades ahí donde vivimos, aprendamos a comprometernos creativamente en ellas mismas».

Encontremos inspiración en los numerosos documentales que ponen en relieve esta hermosa y admirable experiencia. Conozcamos y multipliquemos el testimonio vivo de Las Patronas de Veracruz. En sencillo —lo dijo Nora— ¡humanicémonos y actuemos!

María Julia Pino, Ciudad de México

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palabras para mañana, hoy

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Como suelo hacer dentro de mis labores de comunicación, buscaba entre las páginas del libro Palabras para mañana de Joseph Wresinski alguna frase para publicar por las redes sociales. Un párrafo me detuvo:

“Yo tengo tantísimos niños como él en mi recuerdo,
que murieron por culpa de la miseria.
Tal como esos dos niños que, estos mismos días,
a pocos pasos de allí,
murieron quemados vivos en una caravana.
Tantísimos niños que me hacen pensar en una madre
cuyo hijo también murió para ser testigo
de la miseria que pesa sobre los pobres,
y que, desde lo alto del cadalso, pedía perdón
para una humanidad ignorante e inconsciente”.

El miércoles 8 de marzo, un incendio provocado quemó a un grupo de niñas y adolescentes del Hogar Virgen de la Asunción en San José Pinula, Guatemala. Hoy, cuarenta de ellas murieron. A lo largo de las últimas semanas, de boca en boca o por medios de comunicación, escuchamos las historias de las chicas, una constante: la pobreza, ellas y sus familias privadas de poder acceder a sus derechos.

De mis ojos brotan de nuevo las lágrimas al leer el texto de Wresinski, publicado en 1986: “murieron quemados vivos”, “pedía perdón para una humanidad ignorante e inconsciente”. Ahora mismo, mientras escribo, otro grupo de jóvenes más de un penal para menores de edad se amotinan, dadas las precarias condiciones de vida. Ahora mientras escribo, un niño o niña muere a causa de la desnutrición; ahora, matan a un joven a punta de machete; ahora, muere una adolescente dando a luz; y me pregunto: ¿cuántos niños, niñas, adolescentes y jóvenes más veremos morir? ¿Estaremos 30 años más tarde leyendo sobre personas que mueren quemadas vivas?

En los últimos días, cientos de activistas y ciudadanos nos hemos movilizado exigiendo justicia, afirmamos que #FueElEstado, que a lo largo de la historia ha dejado a gran parte de la población viviendo en la exclusión y al margen del ejercicio de sus derechos. Además, quienes conocemos las complejidades de la vida en la pobreza, rechazamos enérgicamente que se señale a los padres y madres de las niñas o a las niñas mismas como culpables.

La vida de los más pobres no es nada sencilla de explicar, más bien pienso que se comprende mejor caminando a su lado, en estos momentos de más consternación invitamos al encuentro con los que tienen una vida más difícil, invitamos a la lucha por los derechos de la familia (de todo tipo), invitamos a la lectura de “Palabras para mañana”, invitamos a la movilización en los barrios, invitamos a la acción para que nunca vuelva a morir nadie a causa de la violencia de la miseria, #PobrezaNuncaMás.

Linda Gare, Guatemala

En twitter @lindagare

 

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buscar refugio

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Hace un par de semanas hice el trámite regular para la renovación de visa para seguir legalmente en Francia.

A mi alrededor, una cantidad grande de extranjeros también lo solicitaban. Algunos comentaban que no era la primera vez que venían para hacer la solicitud. Siempre les faltaba un documento y debían volver a la misma rutina antes de entrar a la recepción de documentos. En ese momento, sentí el privilegio que es ser una extranjera que tiene la seguridad de que todos los documentos están completos. Muchas de las personas que estaban a mi lado eran inmigrantes solicitando protección internacional, lo que los coloca en una situación muy diferente a la mía. Estas personas son solo algunas de las miles que día tras día tratan de entrar a territorio europeo y que al final tienen la suerte de solicitar asilo. Muchas más, miles, están en las calles sin ninguna protección.

Esta es la crisis migratoria que azota a este mundo. Empujados por conflictos armados o en búsqueda de mejores condiciones de vida, muchas personas salen de su país de origen aun sabiendo que se puede perder la vida en la travesía; la esperanza es más fuerte para miles de mujeres, hombres y niños quienes buscan un horizonte más prometedor. La edad no importa para hacer el viaje, cuando se trata de salvar la vida de la violencia, la pobreza, la guerra, etc. Antes se decía que la gente iba en búsqueda del “sueño”; eran migrantes económicos; ahora “se huye” literalmente, buscando acceder a un país para protegerse. Estos movimientos forzados los llevan a utilizar diferentes medios; el tren, buses o camiones para cruzar el territorio mexicano, en el caso de los latinoamericanos, o los barcos para alcanzar las costas europeas. Los peligros en todo caso, son los mismos.

El gran número de muertes se vincula a la precariedad de las embarcaciones utilizadas por los traficantes de humanos, traficantes que cobran grandes sumas de dinero para cruzar a miles de personas que sueñan con llegar a Europa. En la ruta mediterránea central, la mortalidad es provocada por naufragios masivos de embarcaciones de madera que, tras zozobrar, dejan a centenares de personas en medio del agua, a lo que se agrega aquellos que mueren en los botes sobrecargados.

En el 2016 se dijo que hubo 3,800 muertos en el Mediterráneo. Las cifras de los que arriban disminuyen en algunos países, en otros aumentan: 70.000 migrantes cruzaron el Mediterráneo hacia Italia entre enero y junio de 2016 y 9,000 se instalaron en Francia, por mencionar un dato. ¡La diáspora humana sigue cada vez!. Tradicionalmente, son los países del norte europeo los que mayor número de personas con necesidad de protección internacional acogen.

La Unión Europea ha creado la Comisión de la Agenda Europea sobre migración, por esto se escucha hablar de la creación de equipos conformados por unidades que actúan de manera conjunta con los 28 países Estados miembros. También las operaciones Tritón y Poseidón triplican fondos para actuar. Su trabajo consiste en la localización, rescate y deportación de náufragos del Mediterráneo. La redistribución de refugiados y reasentados es un tema sensible, que requiere de voluntad política para responder a los retos que cada vez se presentan en materia de política migratoria. Hasta ahora, por lo que escucho, no existen propuestas de políticas concretas, soluciones especificas y compromisos claros.

Por otro lado, está el efecto expulsión que ponen en marcha algunos países, tratando de proteger sus fronteras con el afán de parar este fenómeno. Más allá de solucionarlo provoca que las personas busquen caminos alternativos para llegar a su destino. A su vez, esto aumenta las oportunidades de traficantes que se aprovechan de estas situaciones dando lugar a desenlaces fatales, pues los inmigrantes son más vulnerables en terrenos más extremos. Y así sigue la cadena de causas, consecuencias, de búsquedas de culpables, de víctimas, etc.Pero la aventura no termina con eso. Después de pasar por todas las situaciones en el trayecto, a su llegada al país más próximo, los refugiados o inmigrantes, son vistos como una amenaza. Para algunas personas no es posible invertir grandes cantidades de dinero en ellos. Un recorrido por cualquier parte de Europa, muestra esta realidad, al encontrarse en la calle familias enteras solicitando una ayuda para sobrevivir. También es cierto que muchos están listos para acogerlos, para acompañarlos, como algunos programas que existen en pequeñas ciudades que ponen a la disposición algunos profesores para el aprendizaje del idioma local.

El debate no debería estar en cuántos refugiados pueden acoger los países europeos, sino qué acciones pueden ser más adecuadas para garantizar la seguridad de las personas y resolver las tragedias que cada día cuestan vidas en el Mediterráneo.

Del otro lado del océano, yo conocía de todos los que se arriesgaban para llegar a Estados Unidos, ahora veo con mis propios ojos que eso era solo una parte de la problemática mundial.

Elda García, Francia/Guatemala

Portada: Del libro El muro, Javier Sobrino con ilustraciones de Nathalie Novi. Editorial Juventud.

caos: una nueva oportunidad para construir humanidad

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No es de extrañarse que a través de las noticias nacionales e internacionales se conozca de hechos que atenten contra las personas, en contra de sus derechos. En estos últimos días los términos de “discriminación” y “racismo” pasaron a su plano más álgido y no solo como parte de discursos. En esta oportunidad me referiré a los Estados Unidos, la tierra de la diversidad cultural con el mayor número de personas inmigrantes en el mundo.

Cuando hablas con gente hispana sobre Estados Unidos de América surgen muchos temas de diálogo, se sabe que en dicho país se puede llegar a tener ingresos muy altos por el trabajo a realizar. Sabemos que se autonombra defensor de la paz y la democracia. Casi de manera natural viene a nuestras mentes los nombres de las mejores universidades como ser Harvard, Stanford o Berkeley. Uno de los países líderes en investigación científica y tecnológica.

¿Qué hay detrás de todas estas fortalezas y oportunidades? Las buenas noticias sobre este paraíso terrenal llegan por gentileza de los medios de comunicación, pero estos medios no nos informan que 20,8 millones de personas en este país viven en lo que denominan pobreza severa (datos de la Oficina del Censo de EE. UU – 2014). Ignoramos que es el país con mayor número de bases militares desplegadas por el resto del mundo. No sabemos sobre la gran diferencia que existe entre la educación pública y privada, no conocemos sobre las dificultades que atraviesa la mayoría de los jóvenes para poder acceder a una educación universitaria. Simplemente nunca nos informaron sobre movimientos sociales como Ocupa Wall Street o Act Up, ni el fuerte trabajo político que realizan las Panteras Negras o la Organización Nacional de Mujeres en favor de los derechos.

Por la magia del cine y la televisión imaginamos que en Estados Unidos los afroamericanos tienen las mismas oportunidades que los blancos, que las personas homosexuales no sufren violencia ni discriminación, que los transexuales son aceptados y que los inmigrantes realizan sus sueños en la tierra de las oportunidades. Naturalmente esta imagen que se tiene es fruto de la lucha por los derechos de las minorías, gracias a grupos de personas visionarias se lograron muchos avances en las leyes y derechos.

Sin embargo, con las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos la realidad llega y nos abre los ojos ¡Cual si fuera un duro golpe! la victoria de Donald Trump revela que aquel paraíso ideal no era tan real, que detrás de esa población respetuosa de su ley existía gente que reprimía su odio, su intolerancia y su falta de empatía. El resultado es que ahora estudiantes cantan a sus compañeros hispanos ¡que se construya el muro!, niños y adolescentes empiezan a amenazar a sus compañeros afroamericanos, militantes del Ku Klux Klan lanzan sus mensajes de supremacía blanca, en distintos espacios se van generando una serie de ataques racistas y para colmo de males las empresas petroleras preparan sus planes más repudiados para ponerlos en práctica.

Asimismo, en contraste a estos hechos surgen movimientos en contra del racismo, discriminación, el sexismo, la homofobia y el nacionalismo blanco. Protestas de personas que valoran la individualidad de la gente, más allá de las preferencias sexuales, color de la piel o nacionalidad, con carteles como: “Los inmigrantes han hecho América grande”. Esta valoración que nos dignifica como seres humanos, capaces de construir un mundo mejor. Ahora en Estados Unidos se organizan marchas de manifestantes en defensa del acuerdo sobre cambio climático COP22, estas personas expresan la importancia de que sus voces sean escuchadas a la hora de tomar decisiones; de manera paralela muchos grupos sociales van cuestionando su actual democracia y van proponiendo cambios que permitan mejorarla. Algo se está activando y pienso que cada uno de nosotros estamos llamados a actuar desde nuestros espacios, desde nuestros países, desde nuestros barrios, debemos generar reflexión porque aquello que sucedió en Estados Unidos es similar en mayor o menor grado a lo que vivimos en cada uno de nuestras realidades.

De manera personal pienso que la victoria de Trump es una oportunidad para que los ciudadanos estadounidenses vean la realidad social en la que viven y que pueden cambiar el curso de su historia. Esta victoria nos pone de frente ante la pobreza, y es que mientras existan millones de personas en esta situación no se puede hablar de un auténtico bienestar. Si bien es una época de riesgo para las minorías también es una oportunidad para retomar la lucha y no volver a abandonarla, para trabajar la transformación individual y colectiva por una autentica sociedad que respete la diversidad y los derechos de las personas.

Propongo que la experiencia de Estados Unidos nos permita auto-evaluarnos como sociedad. El racismo no sólo es una cuestión que se da a través de terceros… , ya hablé en un artículo anterior de ese  “mejorar la raza” a través del que desvalorizamos nuestra condición como seres humanos.Salgamos del letargo en que a veces vivimos, concretemos los cambios que necesitamos para que todas y todos podamos vivir dignamente en el ejercicio pleno de nuestros derechos humanos. Que a partir del caos reaccionemos y construyamos una nueva forma de humanidad, donde nadie sea relegado.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz

(c) ATD Cuarto Mundo

cuando los caminos se cierran

(c) ATD Cuarto Mundo

A principios de los años 60, empezó el deterioro del sistema ferroviario en Guatemala. En ese momento también dieron inicio, al lado de la linea férrea, las llamadas invasiones u ocupaciones ilegales, en realidad asentamientos humanos precarios. La cifra de hace un par de años: 800 aproximadamente en todo el país.

Si viajas al norte, al sur o al occidente del país, seguro te encontrarás en algún momento con alguno de estos asentamientos. Cada lugar tiene su particularidad. Algunos mucho más espaciosos que otros, pero casi todos catalogados como zonas rojas, es decir, áreas conflictivas o peligrosas.

En todos ellos, las personas que los habitan carecen de agua potable, energía eléctrica, desagües, asfalto y acceso a condiciones básicas para vivir dignamente. Agregado a esta realidad, las familias sufren de discriminación y de humillación. La mayoría son gente sencilla, con escasos o ningún estudio. Casi todos realizan trabajos informales.

En Escuintla, ciudad al sur del país, me encontré con uno de estos asentamientos. Más de 100 familias instaladas desde hace muchos años. A un lado, una colonia formal es la que sostiene su precariedad. De cada vivienda salen pequeños alambres que llevan la energía eléctrica desde el poste central del alumbrado público. Tres accesos son posibles para la comunidad. Uno de ellos es extremadamente peligroso, debido a la autopista construida en sus alrededores. La entrada más utilizada es la que los relaciona con la comunidad un poco más desarrollada. La escuela próxima está a un cuarto de hora aproximadamente.

Una pequeña calle de tierra es suficiente para entrar a esta realidad. Todos se conocen, todos se saludan. La vida aquí enfrenta a sus pobladores a muchos desafíos, uno de ellos la preocupación por mantener buenas relaciones con sus vecinos de la colonia próxima. Pero no siempre es posible, existen cosas grandes y pequeñas que ponen en evidencia la fragilidad de las relaciones interpersonales, y eso en la mayoría de los casos es inevitable. Uno de estos días, cuando las cosas no están bien, los rumores corren: el grupo responsable de velar por la seguridad de los vecinos de la colonia había tomado la decisión de cerrar el acceso principal a la comunidad. En los últimos meses la violencia se ha incrementado, y esto hace brotar aun más el miedo, no sólo en la colonia, sino en todo el Departamento de Escuintla. La reflexión los llevaba a pensar que bloqueándoles el paso, los problemas de violencia desaparecerían. De esa manera se estaban protegiendo.

Por el lado de las familias instaladas, había una gran preocupación: esta entrada es la que permite a los niños el paso más rápido para asistir a la escuela. De otra manera tendrían que salir por la carretera con más riesgo. Lo seguro es que esto impediría a los más frágiles su asistencia regular a la escuela. Con las personas expuestas a los peligros de atravesar la carretera principal, ¿cuántas vidas podría costar esta “solución”? Sin pasarelas para el paso de un lugar a otro, sin señalizaciones, etc. la vida está en riesgo. La decisión generaría una entrada menos en la economía de las familias, pues hay una dinámica de sobrevivencia que pasa por las ventas de frutas, de comida, entre otras cosas.

Mas allá de todo esto, hay un tema mucho más profundo, el de la construcción de relaciones interpersonales que sobrepasen las clases sociales. Los primeros en romper estas barreras son los niños y jóvenes. Estando en la escuela es más fácil hacer amistad con unos y con otros. Al contrario de esta realidad, cerrando esta entrada se fragilizarían o se romperían los esfuerzos de muchos. Dejar a un grupo de personas encerradas para “aplacar los peligros” o encerrarnos nosotros mismos no es la solución. Pareciera que el objetivo es querer invisivilizar la vida de estas familias. No se trata de querer idealizar las relaciones entre las poblaciones que viven situaciones difíciles y las que no las viven, simplemente es que, para poder crecer en nuestra humanidad necesitamos relacionarnos, para que en medio de nuestras diferencias busquemos de entendernos y hacer esfuerzos para construir la paz. Es cierto que se dice muy fácil, pero en la cotidianidad debe haber mucha tolerancia y esfuerzo. No es fácil pero tampoco imposible. Otro mundo es posible, sí, posible cuando las barreras de la indiferencia, del miedo hacia el otro y sobre todo de los prejuicios se desvanezcan y nos hagan ver en realidad que el lugar donde vives no te hace ni menos ni mejor persona. Se trata de lo que cada uno lleva adentro y eso hay que descubrirlo.

Felizmente la idea fue abandonada semanas después, dejando a los habitantes de la linea con una preocupación más, pues a pesar de todos los esfuerzos que puedan hacer para mantener las buenas relaciones, nunca parecen suficientes para romper con los estigmas sociales, principalmente el de generalizar que todos son malos en este lugar. De un momento a otro las decisiones más radicales podrían ser tomadas, sin darse cuenta que éstas pueden ser trascendentales en la vida de una comunidad.

Elda García, Francia / Guatemala

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Revista Educación y Biblioteca. Nº 48. Junio 1994

Me cuenta al teléfono Carola Diez —promotora de lectura y colaboradora de la magnífica Biblioteca Vasconcelos de Ciudad de México— que prepara junto a otros una Biblioteca Humana que tendrá lugar el sábado 19 de noviembre. Me explica que se trata de un rato de encuentro entre personas que se convierten en libros y lectores que los toman prestados por 15 o 20 minutos. En esta ocasión buscan “libros humanos” para una sesión que titulan “Cuando las pequeñas bibliotecas tienen algo que contarte”; nos pide compartir la experiencia de Bibliotecas de Calle de ATD Cuarto Mundo… ponerme a mí misma un título, escribir una sinopsis… De inmediato, vienen a mi mente recuerdos de rostros, cuentos, manitas y ojos eligiendo historias para leer juntos… Me titulo “De Madrid a México: 20 años leyendo libros sobre un plástico” y me regocijo recordando, inevitablemente, mi primera Biblioteca de Calle cada lunes en el Pozo del Huevo en Madrid, aquel “érase una vez” de un cuento verdadero del que no he dejado de disfrutar hasta hoy, nuestro madrileño “érase una vez” de la lucha por construir juntos la belleza y los derechos humanos que había iniciado Joseph Wresinski en los años 60 en Francia.

La Biblioteca Vasconcelos nos recibe con toda su belleza y amplitud, con la energía de los lugares vivos, con pulso, con ser humano… La sensación al llegar evoca en mí el gusto que sentía siempre al entrar en la Tate Modern en Londres, la antigua central de energía que es hoy el Museo Nacional Británico de Arte Moderno. Tiene que ver, creo yo, con esa magia que se da cuando hay encuentro entre edificios extraordinarios y personas que saben provocar a otros para habitarlos. Camino por la galería central de la biblioteca celebrando interiormente esa evocación que me devuelve también los recuerdos de la Doorstep Library que inventamos en el sur de Londres, una biblioteca semanal que empezó ofreciendo lectura puerta a puerta, alcanzó después la calle y provocó finalmente el encuentro entre los vecinos de un barrio londinense verdaderamente pobre y la también vivísima Biblioteca de Peckham. Rodeada ya de otros muchos “libros humanos”, me recibe Carola y unos minutos después Ramón Salaberria, subdirector de la biblioteca. Ramón me cuenta que conoce nuestra Biblioteca de Calle desde los años 90 y promete enviarme el artículo que publicó en el 94, siendo él director de la hoy desparecida revista española “Educación y Biblioteca”. No tardo en acomodarme en mi lugar y esperar a los que deseaban escucharme. Como lo son las Bibliotecas de Calle, la mañana en la que me hago “libro prestado” y converso con los muchos que se sentaban a mi alrededor es también una celebración de la oralidad y la escucha.

Yo había conocido ATD Cuarto Mundo y la Biblioteca de Calle a través de Bruno Couder, quien escribe el artículo del que me habla Ramón. Recibo el texto prometido —pueden ahora los nostálgicos y los curiosos leerlo aquí, a partir de la página número 18— y encuentro de nuevo aquel español afrancesado con el que Bruno nos hablaba de la pedagogía y la política de nuestras Bibliotecas de Calle. Admito haber aprendido también algo de la teoría y la práctica de la promoción de los Derechos Humanos a través de algunos textos especializados; sin embargo, el recuerdo de la manera de hablar de Bruno me hace tomar conciencia y celebrar haber aprendido el oficio junto a él y a Yolaine Couder, con quienes hice mis primeras Biblioteca de Calle; tomar conciencia de la suerte que fue para mí aquel espíritu de aprendices que habitaba a los jóvenes que habíamos sido reclutados como animadores de la Biblioteca de Calle, el espíritu de observarlo todo —mirar con la nariz adentro, como los niños—, de escucharlo todo del que ya conoce el oficio, del maestro. Como lo hacen los aprendices de carpintero, observábamos las maneras de los que ya sabían hacer: la precisión, el cuidado… y Bruno y Yolaine nos contaban los porqués de cada pequeña madera que construía la Biblioteca de Calle: elegir bien los libros, conocerlos y entusiasmarse; sentarse en la calle, a la vista de todos; invitar a cada niño, pero ir personalmente a buscar a los más pobres y rechazados, decirles cuánto contábamos con ellos, hacerlo sin desfallecer, a veces durante meses antes de que se animaran a participar; acompañar a los niños de regreso a casa y hablar a sus padres de sus éxitos en la biblioteca de aquel día; no intimidarles con preguntas sobre si sabían leer o no, animarles en sus esfuerzos y celebrar sus logros; permitirles escoger sus lecturas, y leer en voz alta para ellos o acompañarles en su leer incipiente, o las dos cosas, según pareciera mejor… Y en medio de todo eso, sobre todo, ver  los esfuerzos de los adultos de aquellos barrios, tan castigados por la pobreza y la exclusión, para que sus niños tuvieran un mejor futuro; reconocer los esfuerzos y los logros de aquellos padres a menudo acusados de no escolarizar a sus hijos, de no dar importancia a la escuela, de no saber nada… Llegábamos, decían Bruno y Yolaine, para compartir nuestro saber-leer, pero sobre todo para advertir, reconocer y unirnos a los innumerables esfuerzos que los padres hacían, en medio de la supervivencia, para permitir a sus hijos aprender más allá de los saberes que ellos podían transmitirles. Se trataba de una pedagogía, pero sobre todo de una opción política, de una manera muy particular de estar en la lucha contra la pobreza y la promoción de los Derechos Humanos. Éramos aprendices, ¡y cuántisimo aprendimos!

La mañana de Biblioteca Humana en la Biblioteca Vasconcelos trajo a mí el deseo de detenerme en esta suerte de hilo conductor recorriéndome en las que han sido mis ciudades, en las bibliotecas y los lugares de la cultura que me han entusiasmado, en el encuentro con la comunidades y personas muy pobres con las que he hecho camino, en mi trabajo junto a otros voluntarios permanentes de ATD Cuarto Mundo…: ser aprendiz de quienes ya lo eran de las personas en situación de pobreza. Así, la Biblioteca Humana, como expresión de la historia compartible que hay en cada uno de nosotros, realizó en mí algo mucho más hermoso: volver al recuerdo de los que me iniciaron en esta lucha contra la pobreza y a la importancia de aprender el arte o el oficio practicádolo con quienes ya lo dominan, la inmensa suerte de ser aprendices.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

soy varón y rechazo la discriminación de las mujeres

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“No conozco mujeres que sean buenas profesionales en programación o en el área de sistemas”, “las mujeres no son eficientes ni competentes cuando están embarazadas, “las mujeres son muy hormonales e impredecibles para dirigir”. Estas son algunas frases que he escuchado en diferentes espacios laborales, reforzando prejuicios y estereotipos de género.

En muchas empresas e instituciones los cargos de poder y decisión están en manos de hombres, incluso en aquellos que promueven el empoderamiento femenino o Derechos Humanos. Esta realidad muestra que todavía es difícil reconocer a las mujeres como profesionales competentes y capaces, debido a estereotipos que la relacionan con el carácter débil, con su capacidad de cuidar exclusivamente a la familia y ser el soporte principal de otros (esposo e hijos), creyendo consciente o inconscientemente que no puede ser una buena líder. Esta realidad hace que esté en constante evaluación, valorando las características más cercanas al comportamiento masculino, por ejemplo: la cantidad de tiempo extra que le dedique al trabajo, sin tomar en cuenta que para un hombre es más sencillo quedarse más tiempo en el trabajo, pero no es así para las mujeres, porque también debe cumplir con otras responsabilidades como la maternidad o el trabajo en casa, responsabilidades que muchas veces suelen ser impuestas.

¿Qué pasa con las mujeres en situación de pobreza? Ellas se encuentran en condiciones mucho más vulnerables, no sólo por su limitada formación educativa, sino porque están expuestas a trabajos que si bien coadyuvan a su autonomía e independencia, como: personal de limpieza, cocineras, vendedoras en puestos en la calle, entre otros, son ocupaciones que siguen reafirmando los estereotipos sexistas donde se considera que la mujer sólo es útil para cierto tipo de tareas. Hoy en día muchas de ellas van incursionando en trabajos tradicionalmente considerados masculinos como la construcción, la conducción de transporte público o la mecánica, pero se desvaloriza su esfuerzo pagándoles menos de la misma manera que se ignoran y quedan impunes las situaciones de violencia a las que a menudo están expuestas.

Estas realidades visibilizan claramente desigualdades e injusticias sociales que excluyen a las mujeres en base a prejuicios que subestiman sus capacidades. Es posible que esta desigualdad se mantenga a causa de un cierto privilegio que reciben los varones, entregándoles poder y autoridad en cualquier tipo de relación. Estás diferencias marcadas por la sociedad se inician desde la niñez, situaciones en que las niñas deben quedarse en sus hogares para apoyar las tareas domésticas mientras que muchos niños pueden salir a espacios libres de recreación; ya cuando son jóvenes ellas deben velar del cuidado y seguimiento de sus hermanos, como si fueran una especie de segunda madre. Pasando por una serie de etapas podemos ver como se consolidan estos estereotipos en los espacios laborales donde el trabajo de las mujeres no es reconocido o en el peor de los casos son los jefes los que se llevan dicho reconocimiento.

Una madre compartía en la Universidad Popular de ATD Cuarto Mundo las siguientes palabras: “hay todavía papás que crían a sus hijos diciendo que los varones tiene que seguir el apellido, hasta ahora sigue haciéndolo, por ejemplo mi papa era así, decía: ‘él es varón, él va seguir el apellido, el varón tiene que trabajar, nada más, en cambio a mi hija, ella es mujer, va perder el apellido, solo sirve para cocinar, para que sufra, para que tenga hijos, para nada más’. Eso decía, pero la mujer le alcanza todo a un hombre, la mujer sufre más, el varón no lleva niños cargados, no tiene que ir a la escuela, lavar, recoger, las mujeres tenemos mucho trabajo en la casa, en cambio los hombres solo tienen un solo trabajo, y eso para mí está mal. En estas épocas que hombres tienen que aprender a cocinar y no mirar a la mamá, tienen que saber trabajar como la mujer, sufrir como la mujer”. Esta señora no sólo trabajaba en su hogar sino que a la vez innovaba diferentes formas de trabajo para generar ingresos adicionales para el bienestar de su hogar.

Pero lamentablemente esta lógica de poder se consolida en todos los miembros de la sociedad, es así que a veces se puede ver a mujeres que reproducen estereotipos machistas de forma consciente e inconsciente debido a la naturalización de comportamientos, es decir que de alguna forma es visto como algo natural que sea el hombre el que tome las decisiones, o el que debe recibir un trato preferencial en muchos aspectos de la vida. No es extraño, que entre las mismas mujeres se vayan marcando más las brechas de entendimiento. Sin ir muy lejos podemos apreciar la actitud que toman algunas mujeres como jueces de la vida de otras mujeres marcado por frases como “esa mujer floja no atiende a mi hijo”, “mi hermano se merece una mejor mujer”, “pobre de su hijo con esta mujer que no sabe ni cocinar”, “seguro anda de coqueta buscando hombres”.

Se ha dicho mucho sobre el hecho de que las mujeres reproducen estas situaciones e incluso se las culpa por la educación que brindan a sus hijos e hijas, pero al realizar un análisis tan simple de esta situación estamos ignorando que los hombres somos los que nos beneficiamos de esta condición. Como varón pienso que debemos afirmar que no es justo que mujeres sean despedidas por estar embarazadas, que ganen menos por el mismo trabajo, que sean víctimas de acoso sexual por algún compañero, que en toda entrevista de trabajo se les tenga que preguntar si es soltera como requisito para obtener el empleo, que se les pida tener una buena presencia para acceder a mejores trabajos, etc. Y debemos analizar estas situaciones no sólo porque también tenemos una hija, una madre o una esposa, sino por el hecho de que todas las mujeres se merecen respeto, dignidad, pero sobre todo un trato justo y equitativo. Si superamos esta injusticia el mundo sería mejor para todos, no sólo para las mujeres.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz

construir juntos la palabra

02Don Quijote de la Mancha / Estampa de F. Bouttats en 1697

Un hombre y una mujer, los dos bastante mayores, duermen desde hace unos meses bajo un techo en un edificio abandonado muy cerca de donde yo vivo. Allí se resguardan por la noche y resguardan también un carro de supermercado lleno de cosas, sus cosas. Suelen llegar al final del día, a menudo cargados de cables eléctricos que les veo limpiar mientras conversan. Imagino que durante el día buscan comprador para el cobre que recuperan de los cables viejos, pero en realidad nunca les encuentro durante el día sino por las noches, con frecuencia compartiendo cena con otras personas que parecen también dormir en la calle. Como vecinos, solemos saludarnos, hablar un poquito del frío o del calor o de la lluvia, desearnos una buena noche.

Hace un par de semanas, vi como alguien les insultaba por tener su carro de supermercado todavía en medio de la acera —la banqueta, según decimos en México—. Vi al hombre retirar el carro sin decir nada y al otro hombre, el que les insultaba, gritar cada vez más fuerte. Quise hacer algo e inicié una frase con la intención de detener aquello que me parecía tan violento e injusto. El hombre del carro, mi vecino, me paró a través de un gesto hecho con los ojos y yo paré las palabras que se preparaban en mí. Había entendido que mi vecino me pedía no decir nada, y continué mi rumbo llena de desasosiego, incapaz de aceptar aquel silencio.

Todos nosotros hemos sido alguna vez testigos de violencia contra personas pobres. Desde luego, yo me he visto muchas veces antes en situaciones parecidas a la del otro día, a veces en la calle o en un comercio, otras veces con personas verdaderamente cercanas. En particular, recuerdo aún con angustia lo que viví a menudo en Madrid o en Londres acompañando a personas en situación de pobreza durante sus encuentros con profesionales de los servicios sociales, y en cuántas ocasiones tuve que callarme ante la humillación a la que eran sometidos. Supongo que era natural, e incluso deseable, que yo iniciara algunas veces frases de protesta, y sin embargo aprendí a lo largo de los años que mi rebeldía no me ponía en riesgo a mí sino a ellos, no les defendía a ellos, sino que más bien terminaba defendiendo sólo mi propia imagen de mí misma —lo que es desde luego legítimo, pero inútil para los más pobres—.

Hace unos años, los trabajos de investigación que miembros de ATD Cuarto Mundo desarrollaron alrededor de la violencia en la pobreza me permitieron entender mejor el uso que los más pobres hacen del silencio y lo que es necesario para salir de él, para romperlo. A menudo he leído o escuchado que los pobres se callan por desconocimiento de sus derechos o, peor aún, porque, a fuerza de golpes, ya no son conscientes de estar recibiendo un trato injusto o violento. Sin embargo, ellos dijeron entonces de manera muy firme “nos callamos para que la situación no empeore” y lo que es todavía más importante para mí: “Aun confrontados a todo tipo de injusticias, queda en nosotros la conciencia plena de que lo que vivimos constituye una violencia”.

Habitada todavía por estas reflexiones y el desasosiego de aquel momento de silencio compartido con mi vecino de calle, llegué pocas noches después a un pasaje de Don Quijote de la Mancha que resultó absolutamente conmovedor para mí en aquel momento:

—Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondió el muchacho—; pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.

—¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—.Luego ¿no te pagó el villano?

—No sólo no me pagó —respondió el muchacho—, pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un San Bartolomé desollado; y a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa; porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito, y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y como no lo pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo, que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.

Me estremece tomar conciencia de esta larguísima historia de silencios para la supervivencia, de la larguísima historia de los que no pueden defenderse y no pueden dejarse defender, de la larguísima historia de los que no logran defender a otros. Mucho antes de don Quijote, en el mismo tiempo del caballero andante y hoy, cuatrocientos años después, siguen los pobres obligados al silencio, y en nosotros el miedo de ponerles en riesgo con nuestras valentías.

Desde luego, podemos fácilmente caer en la tentación de la desesperanza o en la trampa de concluir que debemos aceptar la violencia sin hacer nada. Hay sin embargo un camino posible y necesario que tiene que ver con crear las condiciones para romper el silencio de manera colectiva, que tiene que ver con el reconocimiento de la experiencia y el conocimiento de las personas a las que se les ha impuesto el silencio, con tomar las rutas que a ellos les parecen posibles y suficientemente seguras. No es el camino de la urgencia —aunque es urgente—, ni tampoco el que nos salva del desasosiego y la impotencia de no poder defender al hombre del carro de supermercado o al muchacho al que trató de salvar don Quijote. No es tampoco el camino que salva inmediatamente a los más pobres de la violencia —lo que sería lo único verdaderamente aceptable—. Se trata más bien de un proyecto a largo plazo —más lento, pero más seguro—, una invitación a unirnos a personas en situación de pobreza y a otros para construir juntos la palabra.

Como no dudo de la buena voluntad de don Quijote y no lo hago de mi buena voluntad al iniciar mi frase de defensa aquel día con mis vecinos de calle, no dudo tampoco de la buena voluntad de la mayoría de los académicos, los profesionales del sector social, los activistas, los intelectuales o incluso los burócratas o políticos dedicados a la defensa de los derechos de todos y la erradicación de la pobreza. Pero hay a menudo una distancia demasiado grande con la realidad. Falta, sin lugar a dudas, en sus mesas de trabajo, en esa palabra y acción que ellos construyen y difunden, la experiencia y el pensamiento de las personas en situación de pobreza, del muchacho, de mi vecino de calle y de todos los pobres que no dejan de reflexionar sobre su propia realidad y sobre cómo hacerle frente de manera segura. —El daño estuvo—dijo don Quijote—en irme yo de allí”. Falta quedarnos allí, estar a largo plazo para pensar y construir juntos la palabra y la acción que servirá para romper de una vez por todas el silencio, para construir de una vez por todas la justicia que necesitan los más pobres, y con ellos necesitamos todos.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México
en twitter @beatriz_monje_

‘mejorar la raza’

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“Hay que mejorar la raza” son las palabras que usan muchas señoritas y jóvenes de Bolivia al momento de referirse a su búsqueda de pareja, personas de piel morena que quieren verse más blancos o que al menos aspiran que sus próximas generaciones sí puedan verse “mejor”.

Bolivia es el país con el mayor porcentaje de población indígena de Latinoamérica y el único con un presidente indígena, el señor Evo Morales Ayma —usamos el término indígena para referirnos a las culturas, pueblos y naciones originarias de este territorio, también conocidas como pueblos amerindios y pre coloniales— . El 22 de febrero del 2010 Bolivia es refundado como un estado plurinacional a través de su Nueva Constitución Política del Estado (NCPE), ley fundamental que reconoce 36 pueblos o naciones indígenas originarias; entre ellas, la afroboliviana, descendientes de los esclavos traídos de África en la época de la colonia que son hoy reconocidos bolivianos originarios por el dolor y sufrimiento compartido pero también por la lucha de lo que se constituye como su nueva cultura en Bolivia.

Alrededor de un 66% de la población boliviana es indígena o descendiente de indígenas, una población indígena mayoritaria que ha sido sin embargo históricamente explotada, denigrada y humillada. Previo a la aprobación de la NCPE en el año 2008, los indígenas fueron perseguidos, golpeados y desnudados en las ciudades de Santa Cruz y Sucre, e incluso fueron asesinados en la masacre de Porvenir en el departamento de Pando. A la vez, un periodista de Beni lanzaba sus gritos de amenaza por la radio: “Raza maldita, tienen 24 horas para salir de Riberalta”. Esta violación de los derechos humanos de los indígenas no es más que el reflejo del fuerte racismo que se vive en Bolivia. La fundación de un Estado Plurinacional es apenas el primer auténtico esfuerzo para luchar contra el racismo y la humillación que sin embargo se mantienen presentes en Bolivia.

Si bien la presencia de un presidente indígena contribuyó de manera simbólica a la aceptación del indígena en el imaginario de las personas, se percibe a la vez un desprecio y rechazo al indio que se va consolidando. Al mínimo error del presidente, escuchamos frases como “este indio de mierda”, o en la redes sociales leemos frases como “imilla perra”, “aunque el mono se vista de seda, mono se queda” para mencionar a la hija de presidente. El mensaje es claro: nos referimos de manera general al presidente como “el Evo”, igual que si se tratara de tu mascota “el pulgas” o “el firulais”.

Desde mi punto de vista, en Bolivia existe una relación directa entre racismo y pobreza. Si bien el colonialismo español terminó en Bolivia el año 1825 no podemos negar que las raíces coloniales y sus consecuencias siguen presentes en Bolivia. Durante todos estos años de independencia se mantuvo una estructura elitista donde unos eran preparados para dirigir y gobernar, mientras que el resto debía obediencia y respeto a los primeros. Un aspecto que marcaba esta posibilidad dentro de la sociedad era el aspecto racial de las personas. Los barrios donde viven personas con mayor poder adquisitivo son habitados, casi en su totalidad, por personas blancas; al mismo tiempo, contratan personas de piel morena para que trabajen de seguridad durante el día y la noche. En estos lujosos barrios aún escuchamos como las mujeres, hombres e incluso los jóvenes y niños se refieren a esos rostros morenos como el “doncito” o el “hombrecito”. ¡Qué desprecio! Pequeños e insignificantes seres humanos, expresiones que revelan el dominio o la superioridad de unos sobre otros; entonces sucede que es aceptable explotar a esos rostros humildes y dar oportunidades a los rostros más claros.

Al mismo tiempo, podemos ver rostros morenos discriminando otros rostros morenos, tal vez porque estos últimos son ligeramente más morenos. Una madre me compartía como entre sus mismos hijos se discriminan, uno de ellos tiene la piel un poco más oscura razón por la cual sus otros dos hermanos le llaman negro. Estas mismas formas de maltrato y humillación se repiten en las escuelas, colegios, universidades, trabajos y espacios públicos. Aquel que en su momento fue tratado de indio ignorante ahora llama indio estúpido a su vecino, a su compañero de trabajo, a su hermano.

La cara triste de la historia sucede cuando todos estos mensajes de inferioridad se reproducen dentro de las personas humilladas y menospreciadas. Una persona en situación de pobreza decía: “nos daña en lo que se llama autoestima, en nuestro sentido de valor, de cuanto valemos, nos hace pensar que no valemos nada, de que vivir a veces no vale nada porque se ha hablado incluso de casos de suicidio, cuando la vida debería ser el valor más elevado”. De alguna forma, la historia se reproduce, ahora las palabras de desprecio a tu piel surgen de tu misma mente o de tu boca, y la esperanza se manifiesta desde la negación de uno mismo, expresada en la frase “hay que mejorar la raza”, y se consolida en costosos productos de belleza que prometen aclarar tu tono de piel y se reproduce con la negación de tus raíces culturales e incluso la negación de tus propios padres.

Es así como vivimos en Bolivia: un país con mayoría indígena que se niegan a aceptarse como personas bellas e inteligentes. Nos negamos a ver al otro como un ser humano que se merece respecto y trato digno, no queremos aceptar su opinión porque son ignorantes, flojos o pobres. De manera personal puedo decir que a mí me han llamado de manera despectiva como cholo, indio o tara (palabra en lengua indígena quechua que significa cargador pero que es usada de manera despectiva), y que hoy yo sigo luchando por amar los rostros morenos de mi gente. Es a esa lucha interna, individual y social a la que llamamos descolonización.

Marcelo Vargas Valencia, La Paz