construir juntos la palabra

02Don Quijote de la Mancha / Estampa de F. Bouttats en 1697

Un hombre y una mujer, los dos bastante mayores, duermen desde hace unos meses bajo un techo en un edificio abandonado muy cerca de donde yo vivo. Allí se resguardan por la noche y resguardan también un carro de supermercado lleno de cosas, sus cosas. Suelen llegar al final del día, a menudo cargados de cables eléctricos que les veo limpiar mientras conversan. Imagino que durante el día buscan comprador para el cobre que recuperan de los cables viejos, pero en realidad nunca les encuentro durante el día sino por las noches, con frecuencia compartiendo cena con otras personas que parecen también dormir en la calle. Como vecinos, solemos saludarnos, hablar un poquito del frío o del calor o de la lluvia, desearnos una buena noche.

Hace un par de semanas, vi como alguien les insultaba por tener su carro de supermercado todavía en medio de la acera —la banqueta, según decimos en México—. Vi al hombre retirar el carro sin decir nada y al otro hombre, el que les insultaba, gritar cada vez más fuerte. Quise hacer algo e inicié una frase con la intención de detener aquello que me parecía tan violento e injusto. El hombre del carro, mi vecino, me paró a través de un gesto hecho con los ojos y yo paré las palabras que se preparaban en mí. Había entendido que mi vecino me pedía no decir nada, y continué mi rumbo llena de desasosiego, incapaz de aceptar aquel silencio.

Todos nosotros hemos sido alguna vez testigos de violencia contra personas pobres. Desde luego, yo me he visto muchas veces antes en situaciones parecidas a la del otro día, a veces en la calle o en un comercio, otras veces con personas verdaderamente cercanas. En particular, recuerdo aún con angustia lo que viví a menudo en Madrid o en Londres acompañando a personas en situación de pobreza durante sus encuentros con profesionales de los servicios sociales, y en cuántas ocasiones tuve que callarme ante la humillación a la que eran sometidos. Supongo que era natural, e incluso deseable, que yo iniciara algunas veces frases de protesta, y sin embargo aprendí a lo largo de los años que mi rebeldía no me ponía en riesgo a mí sino a ellos, no les defendía a ellos, sino que más bien terminaba defendiendo sólo mi propia imagen de mí misma —lo que es desde luego legítimo, pero inútil para los más pobres—.

Hace unos años, los trabajos de investigación que miembros de ATD Cuarto Mundo desarrollaron alrededor de la violencia en la pobreza me permitieron entender mejor el uso que los más pobres hacen del silencio y lo que es necesario para salir de él, para romperlo. A menudo he leído o escuchado que los pobres se callan por desconocimiento de sus derechos o, peor aún, porque, a fuerza de golpes, ya no son conscientes de estar recibiendo un trato injusto o violento. Sin embargo, ellos dijeron entonces de manera muy firme “nos callamos para que la situación no empeore” y lo que es todavía más importante para mí: “Aun confrontados a todo tipo de injusticias, queda en nosotros la conciencia plena de que lo que vivimos constituye una violencia”.

Habitada todavía por estas reflexiones y el desasosiego de aquel momento de silencio compartido con mi vecino de calle, llegué pocas noches después a un pasaje de Don Quijote de la Mancha que resultó absolutamente conmovedor para mí en aquel momento:

—Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondió el muchacho—; pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.

—¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—.Luego ¿no te pagó el villano?

—No sólo no me pagó —respondió el muchacho—, pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un San Bartolomé desollado; y a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa; porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito, y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y como no lo pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo, que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.

Me estremece tomar conciencia de esta larguísima historia de silencios para la supervivencia, de la larguísima historia de los que no pueden defenderse y no pueden dejarse defender, de la larguísima historia de los que no logran defender a otros. Mucho antes de don Quijote, en el mismo tiempo del caballero andante y hoy, cuatrocientos años después, siguen los pobres obligados al silencio, y en nosotros el miedo de ponerles en riesgo con nuestras valentías.

Desde luego, podemos fácilmente caer en la tentación de la desesperanza o en la trampa de concluir que debemos aceptar la violencia sin hacer nada. Hay sin embargo un camino posible y necesario que tiene que ver con crear las condiciones para romper el silencio de manera colectiva, que tiene que ver con el reconocimiento de la experiencia y el conocimiento de las personas a las que se les ha impuesto el silencio, con tomar las rutas que a ellos les parecen posibles y suficientemente seguras. No es el camino de la urgencia —aunque es urgente—, ni tampoco el que nos salva del desasosiego y la impotencia de no poder defender al hombre del carro de supermercado o al muchacho al que trató de salvar don Quijote. No es tampoco el camino que salva inmediatamente a los más pobres de la violencia —lo que sería lo único verdaderamente aceptable—. Se trata más bien de un proyecto a largo plazo —más lento, pero más seguro—, una invitación a unirnos a personas en situación de pobreza y a otros para construir juntos la palabra.

Como no dudo de la buena voluntad de don Quijote y no lo hago de mi buena voluntad al iniciar mi frase de defensa aquel día con mis vecinos de calle, no dudo tampoco de la buena voluntad de la mayoría de los académicos, los profesionales del sector social, los activistas, los intelectuales o incluso los burócratas o políticos dedicados a la defensa de los derechos de todos y la erradicación de la pobreza. Pero hay a menudo una distancia demasiado grande con la realidad. Falta, sin lugar a dudas, en sus mesas de trabajo, en esa palabra y acción que ellos construyen y difunden, la experiencia y el pensamiento de las personas en situación de pobreza, del muchacho, de mi vecino de calle y de todos los pobres que no dejan de reflexionar sobre su propia realidad y sobre cómo hacerle frente de manera segura. —El daño estuvo—dijo don Quijote—en irme yo de allí”. Falta quedarnos allí, estar a largo plazo para pensar y construir juntos la palabra y la acción que servirá para romper de una vez por todas el silencio, para construir de una vez por todas la justicia que necesitan los más pobres, y con ellos necesitamos todos.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México
en twitter @beatriz_monje_

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