cansado, cansado…

 Un compendio bien condensado de análisis y juegos de espejos en el que es difícil no sentirse reflejado, al menos para quienes andamos entrampados en esa dinámica de activismo infinito que nos atrapa y empuja hacia adelante, siempre hacia delante…

 “Hay diferentes tipos de actividad. La actividad que sigue la estupidez de la mecánica es pobre en interrupciones. La máquina no es capaz de detenerse. A pesar de su enorme capacidad de cálculo, el ordenador es estúpido en cuanto le falta la capacidad de vacilación. (…) Según Nietzsche, uno tiene que aprender a «no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas». La vileza y la infamia consisten en la «incapacidad de oponer resistencia a un impulso», de oponerle un No. Reaccionar inmediatamente y a cada impulso es, al parecer de Nietzsche, en sí ya una enfermedad, un declive, un síntoma del agotamiento. Aquí, Nietzsche no formula otra cosa que la necesidad de la revitalización de la vita contemplativa. Esta no consiste en un Abrir-Se pasivo, que diga Sí a todo lo que viene y a todo lo que sucede. Antes bien, opone resistencia a los impulsos atosigantes que se imponen. En lugar de exponer la mirada a merced de los impulsos externos, la guía con soberanía. En cuanto acción que dice No y es soberana, la vida contemplativa es más activa que cualquier hiperactividad, pues esta última representa precisamente un síntoma del agotamiento espiritual.”

Esta y otras píldoras nos ofrece Byung-Chul Han en su primera obra con repercusión internacional, La sociedad del cansancio. Su lectura me atrapa, o más bien me refleja atrapado en este juego de exigencias propias por dar más, por llegar hasta el máximo de entrega, disponibilidad y rendimiento, en todas las dimensiones de la vida. Una dinámica lanzada quién sabe hacia donde, que no sé muy bien cómo se para, que consume y agota al no permitir ser ni estar realmente en ningún lado.

La cosa está difícil. Como plantea el autor, habrá que recuperar la capacidad de aburrirse, de mirar con calma y en profundidad, de cansarse con otros y no cada vez más encerrado en la propia torre de marfil.

Habrá que aprender a decir “no”. A decirse “no” a uno mismo.

Dani García Blanco, Madrid

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