conocíamos nuestros nombres

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Ciudad de México. Siete y veinte de la mañana. Como cada día, caminito que se abre de regreso a casa tras despedir a mis hijos en la puerta de la escuela. Frescor de una ciudad que amanece, todavía tranquila, a penas el olor a mandarina en las manos del frutero. Camino.

En la acera de enfrente, un joven pierde piso y se derrumba, directo a la calzada. Imagino que es el joven del puesto de periódicos y mi imaginación le ve ya levantándose, de vuelta a sus periódicos. Pero no se levanta y un coche, y un segundo coche, se ven obligados a esquivarlo. Al instante, un hombre que anda le alcanza, alza su pierna derecha como el atleta que se dispone a saltar una barda, y le salta, primero la derecha y después la pierna izquierda. Le salta, y continúa su rumbo: ¿a dónde? ¿hacia qué humanidad se dirige? ¿hacia qué humanidad nos dirigimos?

Años atrás, yo había tenido la oportunidad de conversar en Dublín (Irlanda) con Keith. Él era uno de los mil actores de la investigación participativa en la que ATD Cuarto Mundo estaba trabajando, nos preguntábamos juntos qué significa la palabra violencia en el contexto de la pobreza. Tratábamos de romper el silencio, de buscar la paz. La miseria es violencia decíamos. Decía:

“A los diez años, escapando, logré llegar hasta la estación de policía, pensando que sería un lugar seguro. No pude entrar y me quedé en las escaleras esperando poder obtener ayuda. Nadie me hizo caso, y aún peor, los policías que entraban y salían del edificio me pasaban por encima. Nadie se preguntó que hacía ahí un niño y a nadie le importó. Si alguien pasa por encima de un niño que está solo recostado en una escalera, es que no está viendo en él a un pequeño ser humano, es que no está viendo a un ser humano en absoluto”.

A lo largo de aquellos trabajos de construcción colectiva de conocimiento, cientos de personas en situación de pobreza describieron el hecho de no ser considerados seres humanos como una violencia cotidiana e inherente a la vida en la pobreza: “eso es lo que más afecta a una persona, que te traten como a un animal”; “los más pobres fueron desplazados a otra parte, como basura que se recoge”; “no había nombres para nosotros, sino números”; “no sólo yo no tenía nada, sino que había sido reducido a nada”. Animales, basura, números, nada: “Como si para ellos no fuéramos seres humanos”.

Diálogo tras diálogo, a lo largo de toda la investigación, muchos dijeron: “¡yo soy un ser humano!”. Grito y resistencia del ser humano que tiene que afirmarlo, del que que no ha sido reconocido como tal. “En la muerte, como en la vida, toda dignidad nos es negada. Y sin embargo, somos seres humanos”.

¿Cómo sería posible una humanidad que marcha mientras un hombre, tendido en la calzada, se ve obligado a afirmar en silencio ¡yo soy un ser humano!? ¿Cómo sería posible una humanidad que no reconoce la dignidad humana a cada uno?

Como Keith, Guillermo es también un hombre pobre. Aquella mañana se había roto el tobillo. Si alguien pasa por encima de un hombre tendido en la calzada, es que no está viendo en él a un ser humano. Guillermo y yo nos encontramos de nuevo esa misma tarde, casi en la misma esquina con olor a mandarina y a periódico. Ya conocíamos nuestros nombres. Caminamos.

Beatriz Monje Barón, Dublín/Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

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