¿qué es el tiempo?

Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
van por la tenebrosa vía de los juzgados:
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan”.

MIGUEL HERNÁNDEZ. El hombre acecha

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¿Qué es el tiempo? / Una bestia”. Así iniciaba uno de sus poemas Emilio, uno de los 500 jóvenes en el penal de menores cercano a mi casa en la Ciudad de México.

Era jueves. Yo visitaba el centro por primera vez. Me sorprendió la apertura de su patio interior, que a la manera de las haciendas mexicanas, nos permitía ver el cielo desde el interior del edificio. Emilio nos guiaba a Julieta y a mí a lo largo de una muestra de poemas fruto de un taller de literatura. Nos paramos largo y tendido en sus poemas, leyéndolos en voz alta, disfrutando de la frescura de los versos del poeta incipiente, de la vida afirmándose en los versos del poeta preso, de la fuerza en los versos del poeta niño. “Soy inocente”, dijo Emilio en voz alta sin añadir nada más, como una plegaría a nuestra humanidad. Miré largo rato sus ojos grandes de sueños, de joven de quince años, de vida incierta… y regresamos juntos a la lectura de sus poemas y los de otros jóvenes, todos ellos presos de ese tiempo-bestia.

Habíamos llegado hasta ese patio por invitación de Juan Manuel, maestro en la escuela de mis hijos. Juan Manuel recorre todas las tardes las pocas calles que separan nuestra escuela del penal. Allá trabaja, junto a un grupo de profesionales, para convertir ese largo tiempo en una oportunidad para cada joven. Como en la escuela de mis hijos, el maestro imparte talleres de literatura, comparte su pasión y cuenta historias… Como en la escuela de mis hijos, el maestro dice  que alberga, en el penal también, esperanza para cada joven. Nos cuenta que nunca hablan de las razones que les llevaron hasta allí, sino de literatura. Pero nos cuenta también de la injusticia y el sinsentido. Con los ojos tristes, nos habla del círculo infernal de la violencia que arrastra a jóvenes y niños… de los indecibles delitos que nos rodean. De la misma manera, nos cuenta lo que es bien sabido por las autoridades judiciales y penitenciarias: que la gran mayoría de estos 500 presos de entre 12 y 17 años no han cometido sino pequeñas faltas, el robo de unas botellas en un supermercado, un enfrentamiento verbal con un oficial de la policía… Su delito, en realidad, no es otro sino el de provenir todos ellos de colonias y familias muy pobres, sin los medios para pagar abogados, para pagar fianzas, para hacer frente a los vericuetos y corrupciones del sistema judicial. “Ni un solo chavo de nuestra escuela hubiera llegado hasta aquí por la misma falta, lo más sería pasar unas horas en la policía. A veces, estos chavos [los del penal] pasan años aquí hasta que puede celebrarse un juicio, hasta que pueden defenderse”. Una vez más, como decía el poeta Miguel Hernández desde su propio encierro, las cárceles buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,/ lo absorben, se lo tragan.

Tras la muestra de poemas, visitamos también a algunos jóvenes en el taller de pintura, en la biblioteca, en sus dormitorios… Con los ojos doloridos, les vimos caminar de un lado a otro en fila y paso militar, vestir sus uniformes, a algunos de ellos, apoyar sus manos en los barrotes de un cuarto de aislamiento. Era muy difícil mirar. Yo quería también decirles, como Emilio a nosotras, “soy inocente”. Quería, de alguna manera, desligarme de una sociedad que condena brutalmente a tantos jóvenes en situación de pobreza.

Los oficiales nos fueron abriendo las puertas a lo largo de nuestro camino de salida. Antes de alcanzar la última, recuperamos nuestras cosas. Ya en la calle, a tan poca distancia de nuestras casas, sentí que recuperaba, muy poco a poco, el sosiego que había perdido en el mismo instante de nuestra llegada, del registro, de la primera puerta con llave… de la conciencia de que nos adentrábamos en otro mundo, el mismo, en realidad,  que amanece ardiendo de injusticia cada día.

Unas semanas después, Juan Manuel, en la puerta de la escuela de mis hijos, me entregó un libro de poemas de Emilio editado en la cárcel. Lo habían preparado juntos, y Emilio le había pedido entregarme una copia. Quedé profundamente conmovida. En secreto, pensé que quizás Emilio, como yo a él, me había oído desear ser inocente, que quizás Emilio, como yo en él, había tenido fe en mí.

Sólo unos días después, Juan Manuel me contó que Emilio había salido del penal esa misma mañana, declarado inocente y libre de todos los cargos. Fueron casi dieciocho meses en la cárcel, cada uno de esos meses, de esos días, de esos minutos injusto: “¿Qué es el tiempo? / Una bestia.”

Vivir es un don divino,/ ver es como poder volar./ Oler, el poder de la alegría. / Escuchar, el regalo del alma y del viento./ sentir para poder amar./ Saborear los pigmentos naturales./ vida, misterio indescifrable.”  Valgan, Emilio, estos versos tuyos repletos de vida, tus ojos grandes de sueños de niño de quince años, tu fe en la humanidad del otro… para ayudarte en tu libertad. Valgan tus versos para acompañarnos en nuestra lucha común por un mundo más justo y fraterno, liberado de la miseria.

Beatriz Monje Barón, Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

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