Anna ha dado a luz

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Hace días que leemos en la prensa española detalles sobre las circunstancias que han obligado a una familia pre-adoptiva a entregar a su madre biológica al pequeño que cuidaban. Al parecer, los servicios de protección de la infancia y los jueces implicados han considerado, cuatro años después del nacimiento y la retirada inmediata del niño, que hay suficiente evidencia sobre la capacidad de su madre para ofrecer una crianza en seguridad material y afectiva. Más allá de este caso concreto, la noticia ha iluminado no solamente la incompetencia institucional de la que han sido víctimas esta madre biológica, este niño y esta familia pre-adoptiva, sino también y sobre todo la violencia institucional que padecen las personas en situación de pobreza y exclusión social.

A lo largo de los días, hemos sido testigos a través de la televisión, la prensa y las redes sociales del sufrimiento, sin duda natural y terrorífico, de la familia pre-adoptiva; hemos visto sus rostros de dolor repetidamente mostrados en los medios de comunicación, y sido testigos de la compasión que ha nacido en los que de una manera u otra se sienten identificados con esta pareja. Desde luego, es difícil imaginar nada peor que el dolor que ha de provocar una separación así. Pero lo hay, hay algo peor, mucho peor, y es justamente el dolor que, en nombre de la protección de la infancia, soportan miles de padres y madres en situación de pobreza en Europa, miles de hijos también; el dolor de una brutal separación, casi siempre definitiva y demasiado a menudo sustentada sólo sobre los prejuicios de los servicios de protección de la infancia y su incapacidad para comprender las circunstancias de crianza que rodean a las familias en situación de pobreza.

A lo largo de mis ocho años de trabajo en Londres en el seno de ATD Fourth World, inventamos numerosos proyectos para desafiar esta violencia que parecía inevitable en el Reino Unido: que la mayoría de los hijos de los padres y madres jóvenes en situación de pobreza que conocíamos fueran retirados de la guardia y custodia de sus padres y entregados en adopción en contra de su voluntad. Junto a estos padres y madres, inventamos maneras de desarrollar sus habilidades de crianza a pesar de las circunstancias adversas de pobreza, maneras de hacer visibles sus iniciativas para asegurar el bienestar de sus hijos, caminos de resistencia a la violencia institucional, lenguaje para defenderse frente a los tribunales, estrategias de protección de la familia pobre… Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, vi muchas veces con mis propios ojos y mi propio corazón el rostro totalmente roto de las madres viendo partir a sus hijos, a menudo recién nacidos, o de los hijos separándose de sus padres. Aquellos rostros adoloridos e impotentes —que sólo la rabia y las lágrimas que vuelven a mí en este mismo instante podrían describir— no aparecieron nunca en los medios de comunicación, no fueron nunca objeto de compasión o empatía, no hicieron nunca a los medios o a los ciudadanos de a pie señalar la incompetencia y violencia institucional. De la misma manera, hemos visto ahora el dolor de la familia pre-adoptiva, pero no vimos hace cuatro años el rostro de dolor de la madre biológica de este niño retirado y dado en adopción en España. Es escalofriante darnos cuenta de hasta qué punto el sufrimiento de los pobres es ignorado.

Sería justo dar ahora testimonio de todo lo que vi, pero no tengo las fuerzas —y me consuelo pensando que lo hicimos a lo largo de aquellos años y lo sigue haciendo hoy el equipo en Londres —. Hay, sin embargo, una noche que no deja de palpitarme desde el mismo momento en que leí la noticia que provocó en mí escribir. Anna tenía 22 años y había sido ella misma retirada de su madre y criada en una institución. Su primera hija, Mary, ya había sido retirada por los servicios sociales años antes y sin embargo, Anna deseaba tanto criar a un hijo, ofrecer algo. Los servicios sociales, que quitaron a Anna de su madre para salvarla, no consideraron en aquel primer embarazo que ella tenía el potencial de ser buena madre, no le dieron siquiera una oportunidad. Anna volvió a quedarse embarazada, y poco después yo, de mi primera hija. Muy rápidamente Anna preguntó a los servicios sociales qué debía hacer para guardar, cuando naciera, a su bebé con ella, pero todo el mecanismo se puso en marcha y la decisión de retirada y entrega en adopción fue tomada, como en tantos otros casos, antes del nacimiento del bebé. Cada día que pasaba para Anna, era un día más cerca del parto, un día más cerca del final, no del principio. Era muy difícil para mí estar cerca de ella, muchas veces sentí ganas de abandonarla en su dolor para estar yo sólo en mi ilusión de nacimiento, de principio. Anna ya había salido de cuentas, pero el bebé no nacía. Todo parecía de una sabiduría natural más allá de nuestro entendimiento. Casi quince días después, me llamó al final de una tarde la madre de Anna para decirme que era una niña y que Anna me pedía ir a visitarla aquella misma noche, la única que estarían juntas. Por supuesto, mi corazón se resistía a pasar por aquello. Llegué al hospital ya de noche, con una cámara de fotos, un regalito para la pequeña Sarah y unas flores para Anna. Estuve con ellas unas horas y tomé muchas fotos, muchísimas. A invitación de Anna, tomé también yo a Sarah en brazos unos minutos, sobre mi vientre embarazado de mi hija Lucía. Cada segundo que la sostenía me parecía estar robándoles algo, pero Anna me lo había pedido y quiso también tomarme una foto con Sarah.

No estoy segura si fue en ese mismo momento o de camino a casa o unos días después, pero entendí que Anna quiso que yo fuera esa noche al hospital para hacerme testigo, para fijar memoria con otros de que eso había ocurrido: Anna había dado a luz a Sarah, había sido madre, había dado un nombre a su hija; Sarah había llegado al mundo. Al día siguiente, Anna salió del hospital sin su hija, bajo la custodia de los servicios sociales desde esa misma mañana. No recuerdo nada de lo que nos dijimos Anna y yo la primera vez que nos vimos después de aquello, pero no olvido el rostro de dolor y de vergüenza. A lo largo de los años siguientes, alrededor de mi hija ya nacida, Anna me pidió muchas veces hablar de aquella noche con Sarah de la que yo había sido testigo, hablar de aquella noche para que no pudieran ser ignorados ni el nacimiento, ni la maternidad, ni el dolor.

Para esto mismo escribo hoy: contra el dolor ignorado de los pobres, a favor de nuestra humanidad compartida.

Beatriz Monje Barón, Londres/Ciudad de México

en twitter @beatriz_monje_

 

La cabecera de este post es un fotograma de la extraordinaria película de Ken Loach Ladybird, Ladybird (1994). Vi la película en Madrid en el 94, seis años antes de llegar a vivir y trabajar en Londres; entonces pensé que seguramente se trataba de una exageración para servir al cineasta; después supe que la realidad podía ser mucho más cruda.

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3 comentarios sobre “Anna ha dado a luz

  1. Solamente gracias Beatriz por hacer existir y compartirnos este dolor, este sufrimiento insoportable de las madres pobres, que la sociedad ignora. Mas que una injusticia, estamos frente a une inhumanidad, a algo que rechaza nuestra humanidad comun. Tenemos que romper ese silencio. El ano que viene, ATD Cuarto Mundo organiza un coloquio sobre este tema del derecho de vivir en familia, en el seno de las instituciones europeas. Siempre se plantea esta pregunta esencial cuando estan violados los derechos fundamentales : nuestras vidas valen todas lo mismo ? Somos realmente iguales ? Donde esta nuestra humanidad comun? Hoy, y los dias que vienen, caminare con Anna en el corazon… gracias

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